Capíulo 27

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—Yo estoy de acuerdo — acepto sin darle muchas vueltas al asunto, cosa por la que Alaia se voltea a mirarme y dejar escapar un "¿Qué?"

—Bien, vistos los votos, la decisión ha sido tomada — menciona Gabriel.

—Esto no puede ser — brama Alaia poniéndose de pie y golpeando la mesa —, no estoy de acuerdo, es algo estúpido, ¿sólo estamos diciendo que un ángel no puede enamorarse de un humano? ¿Ya es un pecado amar? Y solo van a... a... ¿a hacer un miserable suero que impida eso?

—Sólo es para impedir que procreen con los humanos — corrige Miguel —, es todo, es la forma de mantener el orden.

—Eso no es orden, ¡es una estupidez! Deberían de tener más control todos los ángeles, eso solucionaría demasiadas cosas.

—No es sólo para evitar procrear con humanos — intervengo —, es para evitar que procreemos en todo aspecto, con cualquier ser.

—Para evitar claros errores — inquiere Uriel mirándola directamente.

—Te recuerdo que el primer error fuiste tú — bramo al instante —, además, Alaia no es un ningún error, ni mucho menos es como tú, bastardo. Te recuerdo que su padre conserva su puesto de arcángel... y de tu padre no sabemos ni el nombre.

—Ya basta — interrumpe Miguel antes de que haya una tercera respuesta —, no estamos hablando de ello, dejemos nuestros problemas por un segundo, les recuerdo que esto es serio.

—Estoy en total desacuerdo — confirma Alaia su punto —, no lo acepto.

—La decisión ha sido tomada — respondo —, entendemos tu inconformidad, pero la mayoría votó diferente a ti.

Alaia me mira con tal intensidad que estoy a punto de retractarme y cambiar de opinión.

Sin embargo la ángel se levanta enfurecida de su asiento y sale del lugar sin decir más.

Me pongo de pie para seguirla, pues sé que es muy probable que no vuelva a dirigirme la palabra.

—Corre por tu bestia enfurecida — aporta Uriel su tan valioso comentario. Tomo la copa de metal de la mesa y de la aviento con la fuerza suficiente para que no logre quitarse.

Sin embargo alcanza a esquivarla y la copa pasa a escasos centímetros de su rostro.

Corro fuera del salón en busca de Alaia, tengo que apaciguar su furia ahora.

Corro en dirección a la salida, seguramente ya está en vuelo y se irá a un lugar desconocido para que no la encuentre.

Justo cuando despego los pies del suelo soy derribado violentamente.

Caigo a varios metros, y aunque estuve a punto de atacar, termino recibiendo golpes sin cesar por parte de Alaia.

—Detente ya — le ordeno intentando tenerla, sin embargo no me hace caso y no puedo sostenerle los brazos.

—¡Te odio! — grita parando por fin —, eres un estúpido — termina de insultarme mientras la miro desde el piso.

—Alaia...

—Cállate — ordena —, en verdad eres terrible, Luzbel, no puedo creer lo qué haces, ¡no puedo creer el odio que le tienes a todo! No puedo creer el odio que le tienes a los humanos como para aceptar cosas tan drásticas hacia ellos. No son como crees, y tampoco son como les has hecho cree a los demás, ¡porque así eres tú! Eres... eres tan... ni siquiera sé cómo llamarte, eres tan venenoso que vas y convences a quien quieras de lo que quieres. No vuelvas a buscarme, porque te juro que te cortaré la maldita cabeza si vuelvo a verte cerca de mí.

Da la vuelta y se va sin agregar nada, aunque realmente agradezco eso, dijo suficiente como para querer más.

—¿Y Ala...? ¿Qué haces en el piso? — pregunta Raziel mirándome.

—Alaia — respondo.

—Déjame ver si entiendo — comienza poniéndose frente a mí, mientras Gabriel sale junto a Miguel y Sariel —, ¿Alaia logró derribarte, golpearte y huir en menos de dos minutos?

—Sonaría vergonzoso de no ser porque no quise defenderme — contesto parándome de donde estoy —, ya vi esas sonrisas, así que no se atrevan a reírse que sólo estoy buscando con quien desquitarme — amenazo a los tres.

—Para nada — contesta Gabriel aún sonriendo —, oh, espera, ¿no lastimaste tus delicadas alas?

—Cállate — me quejo golpeándole el brazo.

—¿Luego de esa humillación irás tras ella?

—¿Humillación? Y eso que sólo dije como me tiró y no lo que me dijo.

—Tal vez deberías dejarla un rato, está bastante molesta — opina Raziel —, Alaia es un poco... agresiva cuando se molesta.

—No sé si preguntar un poco, o sólo cuando se molesta... en fin, supongo que valdrá la pena perder literalmente la cabeza por ella.

—No creo que debas ir — insiste ahora Gabriel —, en verdad, Luzbel, si aprecias esas alas deberías darle su espacio.

—Te voy a explicar cómo funcionan las cosas con Alaia. En efecto, está muy molesta, y no le gusta que la molestes cuando está así, pero si no vas a buscarla siente que no le interesas y se molestará más. Así que con ella todo es un riesgo, hablar o quedarse callado, vivir o morir. Da igual, el destino decidirá.

—No está en sus aposentos — informa Raziel antes de que me vaya.

—¿Crees que no lo sé? Voy a buscarla. De aquí a que la encuentro tengo el tiempo suficiente para que se relaje un poco y vea que hice un esfuerzo por encontrarla y por eso demoré.

Almas perdidasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora