Capítulo 18

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Maratón 01/03 "Corazón de oro".

Un olor agradable desprende de las ollas que Kortian revisa, él tiene una sonrisa pequeña en su rostro mientras agrega condimentos y los revuelve. Cocinar siempre ha sido su pasión, magia en sus venas o no, Kort es el mejor cocinero que conozco, sus comidas te llevan al cielo y si te atreves a probar sus salsas picantes, las puertas del infierno se abrirán también.

Su comida me lleva a un lugar agradable de mi memoria, me aleja de todo lo malo del presente. Recuerdo la calidez envolvente en nuestro apartamento en L.A., en ese entonces resulto pequeño para tantas personas en él. Estaban mis padres, Eddy, Evan, Kortian y yo, como justo lo estamos ahora, pero en aquel entonces reíamos de algún comentario de mamá y la contestación ingeniosa de Kort. Ahora solo tenemos silencio, papá ha vuelto a su piel humana, pero no ha abierto su boca, solo me abrazó con fuerza y ha permanecido cerca de mí desde entonces.

— Ten —Kort le tiende un vaso de líquido negro a papá, se ve absolutamente asqueroso—. Parece que el lobo te comió la lengua pero esto te la devolverá.

— ¿Qué es? —cuestiona Eddy.

— No quieres saberlo —le responde Evan mirando con cierto rencor al vaso.

La risa de mamá inunda la cocina, mi giro al momento exacto para verla venir hacia papá. Ella acaricia su espalda mientras que su otra mano descansa sobre su brazo desnudo.

— Ya extraño mucho tus quejas y gruñidos —le dice, un sonrojo florece en las mejillas de mi padre. Mamá toma el vaso con el líquido extraño de las manos de Kort y lo deposita en la de papá.

Observo a papá llevar el vaso a sus labios lentamente, Kort inicia una conversación sobre una de sus aventuras en el desierto. No presto atención, solo veo a mi padre. Su rostro no hace mueca alguna al beber eso que parece petróleo.

Me levanto y siento como todos guardan silencio, con mi corazón acelerado salgo de la cocina y me dirijo a mi habitación. La idea de tener que escuchar a papá hacerme preguntas o diciéndome cuan preocupado estaba hacen que mis ojos vuelvan a estar llenos de lágrimas.

Tener que soportar el dolor rodeada de mi familia aligeraba el peso, el nudo en mi garganta no quemaba tanto y ya no tenía la necesidad de rodearme a mí misma. Pero ahora que estoy sola, por primera vez desde que me fui en mi habitación, se siente tan...frío.

Los colores no brillan y mis posters de L.A. solo parecen una estúpida burla, son un recordatorio.

No estoy allá.

Estoy aquí.

Y Boyd no me quiere.

Toco la cama y mis el llanto sale. No puedo evitarlo, odio esta situación, deseo que sea diferente. Quiero que me corresponda, que me deje conocerlo y cuidarlo...Quiero que me acepte.

Me duele pensar en que tengo que alejarme, no quiero hacerlo, todo mi ser me pide estar con él, saber qué es lo que anda mal, pero mi lado racional me dice que tal vez eso que anda mal soy yo.

Me enseñaron lo que es el respeto.

Tengo que aceptarlo.

Soy consciente de los suaves pero firmes pasos de papá en el pasillo. Limpio mi rostro todo lo que puedo al escucharlo tocar mi puerta.

— ¿Puedo pasar, bebé?

— Sí.

La puerta se abre con lentitud, cuando se percata del estado en que estoy no duda en venir hacia mí. Sus brazos me envuelven y actúa como lobo olfateándome.

— ¿Qué pasa, bebé? Me duele verte así —me acurruco más hacia él—. ¿Es por lo que dijo Eddy?

— Ya no —sorbo por la nariz—. Pero me duele decepcionarlos.

Sus brazos me presionan más cerca.

— Tú no nos decepcionas, Ariel —murmura—. Sí, nos asustaste...Me asustaste como el infierno, pero jamás me decepcionarías —deposita un beso en mi frente—. Eres la chica más inteligente y fuerte que conozco, aceptaste venir aquí aunque no te hiciera feliz, lo hiciste por tu familia —vuelve a depositar un beso—. Lo hiciste sabiendo que nada sería igual, pero lo aceptaste.

— Sí, acepté venir, pero no he podido con lo demás.

— En este mundo te tienes que caer, una y mil veces, pero eso no es lo importante —asegura—. Caerse es fácil, el verdadero reto está en levantarse —cierro mis ojos cuando comienza a acariciar mi cabello—. Tú te levantas, Ariel. Cada vez —lo siento limpiar algunas lágrimas perdidas por mi rostro—. ¿Sabes por qué tu segundo nombre es Ivy? —niego—. Un vez, hace muchísimo tiempo —se ríe—, llegué a una manada que acaba de pasar por una especie de lucha, todos estaban recuperándose...Conocí personas increíbles allí —suspira—. Había una chica, humana, ella era la mitad del alfa —esa palabra hace que me encoja—. Lo había perdido todo, a su familia, su hogar, pero allí estaba, ayudando a los enfermos y enfrentándome sin ninguna pizca de miedo —imaginarme a una chica que no sea mamá enfrentando a mi padre se me es sumamente difícil—. Pensó que venía como carroñero, después de un tiempo, cuando se aseguró de que no lo era se hizo mi amiga —su voz adquiere un tono triste—. Sus cercanos me revelaron que ella no estaba bien, había algo mal con su corazón...Ella murió un año después de mi llegada —abro los ojos para ver el abatimiento en el rostro de mi padre—. Pero nunca dejó de ayudar, nunca dejó que nada apagara su propia luz, incluso al final enfrentó con valentía eso a lo que muchos temen.

La muerte.

Papá luce a millones de kilómetros.

— Papá...

— Su nombre era Ivy —parpadea y vuelve a mirarme.

Esa historia me parece que la he escuchado antes...No, escuchado no, leído. Mamá escribió una historia corta llamada "Corazón de oro" y es totalmente similar a lo que papá acaba de contarme.

Igual de desgarradora e injusta.

— ¿La historia de mamá...? —él asiente antes de que pueda terminar.

— Su historia merecía conocerse, ella merecía nunca ser olvidada.

Asiento en completa razón.

Recuerdo la historia, pero la pregunta que siempre me persiguió...

— ¿Qué pasó con el alfa?

Perder a una pareja no es fácil, sobre todo habiendo vivido con ella cierto periodo de tiempo. Conocer su risa, el cómo come, sus hábitos, sus mañas, su corazón...Imagínate saber que esa persona que amas en algún momento se escurrirá de tus manos y no podrás hacer nada para detenerlo.

— Aceptó la corta vida que le había ofrecido y cuando llegó el final...Desapareció, no supe de él nunca más, ni un solo susurro.

Vivir con esa pérdida debió ser tan malditamente desgarrador.

— Es tan triste, papá.

— Lo sé, no es mi intención hacerte sentir triste, quería que supieras que llevas el nombre de una mujer que fue admirablemente fuerte, aunque ante los ojos del mundo no lo fuera.

— Te amo.

— Yo te amo mucho más, mi pequeña cachorra.

Papá acaricia mi cabello hasta que me quedo dormida.

Estoy rota, papá. No puedo decírtelo pero te necesito, necesito que permanezcas a mi lado y que solo me sostengas.

En los brazos de mispadres me siento invencible. 

 

Los Mestizos IIDonde viven las historias. Descúbrelo ahora