Un viernes 30
Solo es un mal día.
Sí, solo un maldito día.
Uno en el que quiero hacerme una bolita y desaparecer. En realidad, agradezco que mi madre sea médico y pueda conseguirme justificados para cuando cae el maldito treinta de septiembre. Porque sí, para unos solo es un número más, pero para mí, es un número negativo.
Desearía que este número fuera solo uno más para mí, de verdad, quisiera que jamás este hubiera tenido tanto impacto en mí.
Aprieto la almohada a mi cuerpo y sorbo mi nariz, es ahí cuando me doy cuenta que debo usar papel y me sueno la nariz de forma estruendosa mientras sigo quejándome mentalmente por mi estado patético.
Cooper dijo que soy muy fuerte, pero en realidad, yo me considero una gran cobarde, en especial en esta fecha. Una que para mamá es normal, e incluso Hailey y Ben continúan con su vida. Solo soy yo, la que este día parece un muñeco de trapo y que paraliza todo lo externo, aun cuando el tiempo corre, sino fuera de ese modo, sentiría que moriría.
Dios, me duele la cabeza.
Pego el hielo a mi cabeza mientras ingreso la cuchara al tarro de helado y posterior lo ingiero. El frío contra mi paladar me hace calmarme momentáneamente antes de que de nuevo esté soltando lágrimas y sonándome la nariz.
Dios, soy un desastre de mocos y melancolía.
Para este punto siento que no soy diferente a las personas que ahogan su tristeza con alcohol o comida, ya que objetivamente, yo pertenezco al segundo. Siento que en este momento soy yo y mi helado de chocolate contra el mundo. Bueno, muchos lidiamos con la tristeza de una manera diferente.
Y no los culpo, cada quien hace lo que quiere con su cuerpo, lo maneja como cree que puede hacerlo y yo... bueno yo necesito de un coma diabético para sonreír.
Por suerte mañana es sábado, de lo contrario no sabría como sobreviviría fingiendo que él día de hoy no estuve como un trapo andante. Es más, mi reflejo en el espejo me da la razón de lo terrible que me veo. Ojos irritados, labios resecos y un cabello enredado en un moño mal recogido, que seguro lamentaré cuando deba bañarme. Oh, y mi pijama de oso, sí, con su capucha cubría mi cabeza cuando volvía a lloriquear con sentimiento.
Al menos no está nadie en casa está vez, y agradezco aquello, si estuvieran aquí no podría romperme por completo. Los amo tanto, que odiaría que me vean triste, para ellos soy la Abigail feliz, que un septiembre treinta solo se esfuma y al día siguiente vuelve como si nada.
Pero...si lo admito ante el espejo, o ante la soledad, estoy cansada, muy cansada de este sentimiento.
El timbre suena y aunque quiero quejarme porque estaba en la mejor parte de la película, donde el chico le confesaba a la protagonista que se alejó de ella porque era peligroso estar a su lado y ella empieza a llorar, sí, todo un drama que no sucede en la vida real, pero también quiero agradecer porque estaba dejando de prestar atención a la película y comenzando a sobrepensar.
Dejo el cuaderno de psicología a un lado, porque sí, incluso en época depresiva hacía los deberes de Leah con más ganas que antes. Y es que negativo por negativo daba positivo, sí, positivamente cumplía con más rapidez y sinceridad las actividades que mandaba.
Bajo arrastrando los pies con las pantuflas grandes de osos que suenan cada que doy un paso, pero solo estoy yo en casa y no me importa quién demonios esté afuera, así que salgo con las mismas y abro la puerta para encontrarme con un repartidor y una caja.
—¿Buenos días? —parece desconcertado por mi apariencia, pero profesionalmente se aclara la garganta y vuelve a su expresión de póker —¿usted es la señorita Abigail Martins?
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Te enamoraré (EDITADO)
Roman pour Adolescents¿Cuál es el peor error que has cometido ebrio? Unos se casan en las Vegas, otros amanecen en la cama de alguien más, y los que corren con mucha suerte, solo terminan con resaca y siguen conservando su celular. No fue el caso de Abigail. Eso explic...
