Capítulo IV: La Ley Neferet
Rick cargó al pequeño Hershel en brazos, sonriendo al encontrar en él algunos rasgos asiáticos, despertando recuerdos que traía algo dormidos debido a su constante ocupación.
Se encontraban en el despacho de Maggie que, según observó Rick, también funcionaba como habitación debido a la cama al fondo del lugar. Decidió ignorar las dudas que le surgieron ante esto, distrayéndose con la risita que el niño en brazos había soltado.
Maggie sonrió al oir a su hijo.
—Es gracioso y lo sabe. Es un desgraciadito.—acotó la castaña.
—Es perfecto. En serio.— sonrió Rick.
—Si. Creo que lo conservaré.— bromea a la hora de acercarse para tomar a su hijo en brazos y llevarlo de vuelta a su cuna. — Bien, quédate ahí. No te escapes.—le habló suavemente mientras acomodaba su ropa.
—Ahora que Hershel creció y tu sales a explorar, me gustaría que fueras a visitar Alexandría, si tu quieres.—comentó Rick, haciendo que la sonrisa de Maggie se esfumara mientras caminaba hacia el escritorio, tomando lugar en el sillón frente al mismo. —Judith se la pasa hablando de su tía Maggie de la Cumbre. Me asombra que aún te recuerde, pero es así. —agregó, sentándose también, frente a ella
La castaña emitió un enorme suspiro antes de contestar.
—Rick no puedo, sabes que no puedo. Pero no viniste por esa razón. —
—Puede esperar. —aseguró, sintiéndose un poco mal por tocar el tema que bien sabía le hacía bastante mal.
—Estoy bien. Habla de otra cosa, por favor. —pidió cansada.
—De acuerdo.—suspiró sin ninguna otra opción.—Bueno... necesito de tu ayuda para reparar el puente.— confesó, viendo que la castaña fruncia el entrecejo, arrugado su nariz y frente en una mueca confusa. —La Cumbre prospera gracias a tí. A este lugar le va mejor que a todos. Y tú fuiste generosa...—agregó mirándola con seguridad. —La Cumbre ya dio mucho... pero le pido aún más. —
—¿Qué? —soltó completamente confundida y ajena a lo que le era comunicado.
—El Santuario necesita comida y un proyecto como este requiere de mucha gente y provisiones...—explicó detenidamente, con bastante temor a ser rechazado. —Te pedimos más generosidad si es posible. —
—Espera... —alzó sus manos, deteniéndolo antes de que continuara hablando. —¿Por qué me lo dices a mi? —
—Alexandría tiene sus propios problemas, El Reino igual y Oceanside prefiere no tener tanto contacto con... —
—No. Es decir, ¿por qué yo? —reformuló.
Rick fue quien, esta vez, arrugó su entrecejo.
—Me dirijo a tí como líder de la comunidad. —
—Rick... Yo dejé de ser la líder de Hilltop hace más de un año. —
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Sentía su corazón revolucionado de formas que no se habría imaginado ni aunque rencarnase en diez mil vidas.
Y no exageraba.
Soltaba suspiros a cada rato; podía sentir sus palmas resbalosas cada vez que abría sus manos y secaba el sudor que se acumulaba allí contra el pañuelo que llevaba como de costumbre en su cinto; su pulso temblaba como si un terremoto arremetiera contra su interior;y aunque ni siquiera pensaba que podría ser posible, estaba tan nervioso que hasta sentía que su estómago se revolvía violentamente, provocándole ganas de vomitar.
