Capítulo XI: Segunda parte, Desapariciones
—¡Sueltala! No. —ordenó Rick, con su arma en alto. Apuntándole a D. J y Jed, quien sostenía a Carol por detrás, con un cuchillo apoyado sobre su garganta.
—Buen consejo, deberías seguirlo. —aconsejó, cínico.— No podrás darme antes de que la mate, ¿verdad, jefa? —
—¿Has matado a los demás? — indagó Rick, mirando al Salvador con amenaza bajo la oscuridad de aquella noche.
—¿Eso crees? Mierda hombre, no tienes ni puta idea. No matamos a nadie si no nos vemos obligados. Esto es por las armas.— explicó, afirmando el cuchillo en un claro signo de amenaza y extorsión, haciendo sisear a Carol debido a la presión. —Ya que nos están cazando, quizás no te sorprenda mucho que nos larguemos de tu bonito proyecto. No necesitamos que nos cuiden. Sólo queremos protección para volver a casa. —
—No tiene porqué ser así.— insistió Rick.
—Todo tiene un limite. —sentenció.— Dale tu arma a D. J y la dejo ir. Todos felices.—extorsionó, ajeno a que Carol muy lentamente tomaba un pequeño cuchillo guardado en su manga. — Una y otra vez dices que todas las vidas cuentan, y debo decir que en eso estoy contigo. Pero si no me das el arma, su vida no contará por mucho tiempo.—
—Si haces eso...no habrá vuelta atrás. Todo lo que estamos haciendo, se acabó. —sentenció el sheriff.
—Acabó con Justin, no hay manera de arreglar eso, no para nosotros.— presionó aun más el cuchillo, provocando que por inercia Carol echara la cabeza para atrás.
—Se acabó.— logró articular.
—Se acabó.— asintió Rick, girando la colt pilton entre sus dedos, entregándola como ofrenda de paz. Al ver que accedía, Jed le sonrió cínico mientras le apuntaba con su cuchillo. Fue ahí cuando Carol logró zafarse y en un ágil y muy rápido movimiento, giró sobre sus pies para enterrar su cuchillo sobre el pecho del Salvador.
—¡Al suelo! — ordena Rick, apuntándole a D. J. El Salvador caminó rendido hacia donde estaba su compañero y Rick pateó la zona trasera de sus rodillas, haciéndolo caer a su lado.
—Sigue apretando. —sugirió Carol, mirando la sangre que caía del pecho de Jed. —Te llevaremos al campamento a curarte. —
—¿Y por qué no me matan ahora mismo? —escupió enojado.
—Porque cada vida cuenta.— repitió la peliplateada.
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—¿cómo sabes de este sitio? —cuestionó Frankie, alumbrando con su linterna unos carteles de señalización.
—Creo que es donde vivían antes. Es lo que haría yo. —
—Suplica.—
Aquella voz femenina obligó a Maggie y a Frankie a ocultarse, siguiendo su sonido. Tal y como la castaña lo dedujo, observó a las mujeres de Oceanside en la puerta de la que antes era su antiguo hogar con Arat,arrodillada ante ellas, de espalda, siendo un mar de desesperación,temblores y lágrimas.—¡Suplica como lo hicieron ellos! —
—¡Suéltala! —ordenó Maggiecon su arma en alto, provocando que las mujeres le apunten.
—No pasa nada.— expresó Cindye, calmando a sus seguidoras. Posterior a eso, asintió con su cabeza mirando a ambas mujeres. Maggie sintió que el seguro del arma de Frankie era quitado tras su nuca. Obligada, dejó su arma lentamente sobre el suelo, incorporándose con sus manos en alto.
