Capítulo XVII: Búsqueda
—¿Qué fue ese beso de mierda de despedida? —reprochó indignada y de brazos cruzados, luego del casto beso que Daryl le había dejado junto a un mísero "adiós".
—Hay mucha gente. —se justificó cohibido, toqueteando el manubrio de la motocicleta. Ante esto, la pelinaranja rodeó su cuello y capturó sus labios en un beso fogoso y largo. El cazador se abstuvo de apretarla contra si como tanto quería, así que solo palmeó el costado de su muslo, cerca de su trasero.
—Cuídate.—pidió dejando un beso más corto sobre sus labios antes de apartarse. El cazador revolvió sus cabellos antes de chiflarle a su perro para que lo acompañase.
Las puertas de Hilltop se abrieron y Aaron, Eduardo y Jesús a caballo marcharon primero, para luego ser seguidos por el Ballestero y su perro.
Neferet cruzó sus brazos mientras los veía marcharse y sintió de reojo que su hijo se situaba a su lado.
—Yo debería haber ido. —bufó Nilo.
—Aun eres pequeño para eso. —lo miró, divertida.
—Quiero proteger a papá. —
—No todos los héroes pueden usar la capa, cachorro. —reflexionó, revolviendo sus cabellos para fastidiarlo.
—Ya lo sé, el mío ni siquiera se baña. —dijo antes de marcharse, provocando que Neferet esbozara un puchero al estar repleta de ternura.
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—Son unos ciento treinta o ciento cuarenta.— calculó Daryl, observando detrás de un árbol la gran Horda de caminantes en el prado a varios metros, que extrañamente se mantenían caminando en el lugar, sin avanzar a ningún lado en específico.
—¿No les parece extraño que rodeen el lugar y no avancen hacia una dirección? —cuestionó Aaron, bajando sus binoculares.
—¿Nunca los vieron hacer algo así?—indagó Jesús viendo a sus amigos y pareja.
—No. —negó Aaron, moviendo su cabeza.
—Nunca. — añadió Eduardo.
—La huella que dejó Rosita pasa justo por el medio de la horda.— indicó el cazador. —-Deberiamos ir por los caballos, dar la vuelta y seguir a pie. —
—¿Y ellos? —señaló Aaron, en dirección a la horda.
—¿Qué hay con ellos? —lo miró.
—Están dando vueltas. Eso no es normal.— recalcó Jesús con obviedad.
—No. No lo es.— confirmó, sin embargo no pudo darle importancia ya que necesitaba mantenerse enfocado para encontrar al científico. —Debemos irnos. Habrá una tormenta.—advirtió.— ¡Perro! —
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—Estás aquí. Consiente de tí mismo...—habló Gabriel con parsimonia, recreando con un cáliz de metal un suave sonido de viento, mientras veía a Negan, escuchándolo sobre un cajón de madera bajo la ventana de su celda y con los ojos cerrados. —Relájate. No juzgues la distracción. Acéptala. Analízala. Y luego déjala ir. Deja que siga su camino. Está todo... —
