Daryl salió hecho una tormenta de furia e ira de aquella tienda directo hacia la tienda de Carol.
—Y no me importa lo que tratabas de...—Carol se detuvo cuando el cazador se adentro en la tienda.
—¿Quién debía desviar la Horda? — preguntó sin rodeos. Su voz estaba tan cargada que hasta Carol tuvo cierto miedo a la hora de apuntar con la mirada hacia el culpable.
—El Walkie talkie no estaba cargado. —se excusó Justin rápidamente.
—Es solar. —su voz salió temblorosa conforme su ira crecía cruzando los límites terrenales.—¿No se te ocurrió usarlo? —
—No es mi culpa que la radio sea una porquería. —levantó su voz al defenderse; Y Daryl lo golpeó tan brutalmente que lo expulsó fuera de la tienda. Ni siquiera le dio tiempo a levantarse, a penas lo siguió tomó una de las cacerolas que habían caído en el desastre y lo golpeó cuando lo vio intentando incorporarse. Tomó el cuello de su camisa y con su mano libre comenzó darle puñetazos sin parar, provocando la sangre propia y ajena bañe sus nudillos.
—¡Daryl!—exclamó Carol, intentando apartarlo; pero el cazador logró zafarse y continuó golpeándolo al punto de dejar a Justin semi inconsciente.—¡Daryl! ¡detente! —logró sostenerlo, oyendo su respiración fuerte y frenética. Alden y unos pocos se llevaron a Justin. Carol lo soltó solo cuando sintió que lograba calmarse un poco. —Nos ocuparemos de él. Pero no así.— prometió mientras acariciaba su espalda.—¿Cómo está ella? —
Daryl soltó un quejido cuando las lágrimas se acumularon en los costados de sus azulados ojos.
—Se desmayó del dolor. —explicó hablando por lo bajo y con su voz rota. —Fue horrible sentir que su mano dejaba de apretar la mía. —sollozó
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—Deberías controlar a tu perro. —soltó Justin, despectivo, pasando por al lado de Rick, quien volteó más que molesto.
—¿Qué dijiste? —
—Ese matón tuyo casi me mata por nada. —dramarizó señalando la sutura que tenía en su pómulo. Rick se acercó, mirándolo severo y tajante.
—Te conozco. Arrestaba a idiotas como tú todos los sábados por la noche y los tenia que escuchar parlotear en mi patrulla. Absolutamente todos culpaban a los demás de sus malditos problemas. —
—No voy a quedarme a escucharte. —bufó fastidiado, atinando a irse, pero la voz más dura de Rick lo detuvo.
—No. Vas a quedarte ahí y escucharás hasta la última maldita palabra porque se lo debes a esa mujer que casi pierde el brazo por tu culpa. Te di el beneficio de la duda. Ya no más. Ahora empaca tus cosas y te largas a primera hora de la mañana. Y si vuelvo a verte por aquí, lo que voy a hacerte no se arreglará con sutura. —
—No me quedaría ni aunque me rogaras. —
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