Capítulo XII

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La vuelta a la realidad del día siguiente fue dura, más todavía cuando desperté sofocada debido al recuerdo del tímido y escaso contacto de los labios de Hugo sobre los míos.

La forma en la que ambos nos desenvolvimos en aquel espacio fue mágica, causando que aquel remolino instalado a final de la actuación en mi vientre me persiguiese hasta esa misma mañana.

Jamás Hugo se había mostrado de aquella manera. Tan feroz. Tan desinhibido. Apasionado. Impulsivo. Tanto que se había atrevido a rozar mi boca. Incluso estuvo dispuesto a devorarla. No sé si aquello fue fruto del ambiente creado con la escenografía o de los aplausos fervorosos del público. No obstante, mi cabeza no dejaba de revivirlo: cómo sus manos expresaban su deseo por arrancarme la ropa, cómo sus ojos se morían por atacar mis labios, cómo su voz rondaba mi cuerpo impregnándome de la fogosidad que residía en el suyo, cómo eliminaba cada centímetro que nos alejaba velozmente como si le quemase nuestra lejanía. Todo ello podía ser fruto de mi imaginación o ejemplo de lo que yo también había sentido.

Mis pensamientos se mezclaron con el amargo aroma del café disolviéndose a la par que lo hacía la cucharada de miel que acababa de introducir en él. Terminé la gala cruzando la pasarela con una valoración reconfortante de Nina, cosa en la que me tenía que enfocar y agradecer. Por ello, y con el nuevo reto de la semana, recapacité afirmando que la tensión sexual no resuelta que se había apoderado de mí era una cuestión transitoria.

Focalizada en las vueltas del líquido, ni siquiera percibí cómo Samantha se sentaba a mi lado.

– Buenos días. – me substrajo de mi ensimismamiento con un golpecito en el brazo.

– Eh. Buenos días Sam. – respondí torpemente, provocando una sonrisa en el rostro de la valenciana.

– ¿Qué no dormiste bien anoche? – preguntó inmediatamente con un tono de preocupación desmedido. Y es que ella era así. Intensidad pura. Todos los sentimientos que corrían por su cuerpo los llevaba al extremo, tanto por dentro de sí como por fuera. Adoraba a aquella chica rubia, pero en algunos momentos me desesperaba con su desenfreno.

– Sí, bueno, todo lo que he podido. – aclaré rápidamente para disipar sus dudas.

La verdad es que en aquella academia no había quien pudiese descansar ya que nuestros compañeros aprovechaban al máximo las horas sin cámaras para hablar, reír, hacer bromas, o cualquier otra cosa parecida. Y si a aquello le sumábamos mis problemas de insomnio debido a mis nervios e inseguridades, la mayoría de las noches cabeceaba apenas cinco horas.

– No, si al final nos echaran a todos por no dormir. – concluyó firmemente con una frase en la cual volvía a hacer acto de presencia su extremismo. Aunque, ella en sí, también era la positividad personificada. Me costaba entender cómo dos aspectos tan diferentes podían configurar una personalidad tan potente y firme. No obstante, era uno de los pocos misterios que escondía Sam, quien era como un libro abierto.

De un momento a otro, la cocina se había llenado de gente que lucía unas ojeras notorias y, a su vez, unas sonrisas amplias las cuales eran correspondidas con otra de mi parte. Ambas mesas lucían rebosantes y la energía que se respiraba aquella mañana era tranquila. Apenas surgían conversaciones y, si lo hacían, eran acompasadas por el leve sonido de las cucharas impactando contra las tazas.



Vi a Hugo acercarse por el pasillo de los lavabos mientras yo estaba de pie esperando a la merienda. Venía directo hacia mí con los brazos abiertos y una cara tristona.

– Te echo de menos. – dijo envolviéndome en sus brazos.

– No. Oy, bebé. Pero si la tuya es muy guay. – le respondí acariciando su espalda. De su boca escapó un murmullo de deleite ante mi tacto – A mí me encanta. De hecho, estaba en mi lista.

Esta semana al rubio le habían asignado como dúo la canción Esperando de Nil Moliner y Bely Basarte, y como compañera Eva. Aquella canción era una preciosa balada pop, en la cual, la conexión entre melodía y letra me transportaba al verano de dos años atrás. Sin dudarlo, cuando me propusieron crear una lista con dúos que deseaba hacer en la academia escogí esta. Y, al escucharla en el reparto, tuve la esperanza de que fuese para mí, aunque se truncó nada más escuchar el nombre de Hugo.

– Jura. – acuñó el rubio incrédulo.

– No haces más que robarme canciones de la lista. – le acusé apuntándole con el dedo y una sonrisa dulce.

Él rió eliminando la mueca de pena que traía consigo hacia menos de un minuto.

– ¿Qué tal la tuya?

– Genial, con mi Javy. – le expliqué con una voz regalada.

– ¿Cómo que "tu Javy"? – me increpó él de forma descarada remarcando las dos últimas palabras.

– Pues que esta semana es mi compañero.

– Ah... Él tu Javy, y yo la semana pasa' na'. – se giró haciéndose el ofendido largándose hasta la mesa con su vaso de leche y sus tostadas.

Empecé a reírme por lo bajo para que no me oyese. Luego, decidí ir tras él y sentarme a su lado. No me dispuse a hablar hasta que pasaron varios minutos y noté cómo me miraba de reojo.

– No te enfades, Huguito. – le expresé con una voz melosa acompañada de una caricia sobre el dorso de su mano – Si tu fuiste mi pantera, más que eso no puedes pedir.

– ¿Tu pantera? – escupió aquellas palabras totalmente indignado para posteriormente volver a mirar su vaso de leche, consiguiendo hacerme estallar en carcajadas – No te rías, que a mi no me hace ninguna gracia. – añadió con su particular acento remarcando las 's' de forma todavía más intensa ya que estaba enfadado.

– Panterita, anda. Perdóname. – seguía molestándolo, pero es que verlo así me causaba gran ternura.

– No, ni panterita ni Huguito ni na'. Ahora quieres arreglarlo, pero ya la has fastidiao'. – él, que no quería quedarse fuera, entró a la acción – Pues que sepas que a ser pantera te gano y eso te lo puede corroborar Ivan.

– ¡Uy si! No te lo crees ni tú. – arremetí con actitud chulesca para avivar el fuego – La única pantera que habita en esta selva soy yo, además te gané la partida en clase de interpretación.

– Sí, pero ayer bien que te cortaste. – me fulminó con una mirada juguetona a la par que levantaba su ceja y una sonrisa ladeada, la cual dejaba entrever su posición de superioridad ante su comentario. Mirada que me trasladó a la actuación de la noche anterior y consiguió dejarme sin aire igual que había hecho en aquel momento.

Reí poniendo los ojos en blanco en señal de derrota. Me había dejado en K.O. y ya no tenía nada con qué rebatirle.

– Has ganado. – aporté con los brazos en alto y la cabeza gacha – Aunque solo ha sido la batalla, todavía queda la guerra. – no me iba a dar por vencida tan fácilmente y eso él lo sabía.

Su rostro se iluminó acogiendo una gran sonrisa que fue reflejada en el mío instantáneamente. Ambos volvimos a quedar unidos en un abrazo. Uno de esos sinceros y agridulces. Esos que te dejan con ganas de más.


inmarcesible | anahugStories to obsess over. Discover now