Apenas hacía unas horas que me había despertado, y me encontraba instalada en el sillón de la terraza intentando descansar mi mente. Los primeros rayos de sol se alzaban por el horizonte permitiendo que la luz alumbrara el monte que había a lo lejos de mi vista. La verdad es que echaba de menos el contacto con la naturaleza que tenía al alcance en Alcañiz, mi pequeño pueblo. Allí disfrutaba del impacto de la suave brisa que mecía las calurosas noches de verano, así como de la extensa gama de colores que ofrecía el campo en primavera. Aquel espacio era mi vía de escape. El momento de conexión con el mundo. El punto de encuentro con mi ser. Andaba desde hacía varios días dispersa, el desorden reinaba en mi cabeza y, por más que intentase encontrar respuesta a aquel problema, una barrera se había alzado alrededor de mi raciocinio.
Noto mi pecho subir y bajar al son de mi respiración, al mismo tiempo que la calidez de los rayos de sol penetra en mi piel. El viento característico de invierno acaricia mi piel, y mis ojos se cierran buscando palabras que moldeen las sensaciones que recorren mi cuerpo. Que sean capaces de explicar mi anomalía. Pero la inspiración no está de mi parte, los sentimientos tropiezan con bocetos de aquellas letras que pueden formar la solución. Y caigo rendida contra la butaca.
Una corriente de electricidad invade mi cuerpo cuando notó el contacto de una mano tímida en mi muslo.
– Buenos días.
Sonrío. No me hacen falta más palabras para saber quién es. Abro mis brazos invitándolo a acurrucarse, petición que no tarda en aceptar.
– Buenos días – respondo entre sus brazos.
– Mmh... – murmura Hugo hundiendo su rostro en mi cuello a la par que deja un rastro de besos en él, causando que mi bello se erice – ¡Qué calentita que estás! – añade haciendo más intenso su agarre en mi espalda.
Asiento levemente inspirando el aroma de su cabellera rubia despeinada, muestra me indica que se ha acabado de levantar.
– ¿Qué haces aquí? – dice mientras vuelve a retomar su posición.
– Tomar un poco el sol y relajarme antes del día tan duro que vamos a tener hoy. – y, en parte es verdad.
Aquella tarde nos esperaban unas largas horas de ensayos en el plató como cada sábado y el cansancio acumulado por las pocas horas de sueño que dormíamos se hacía cada vez más intenso.
La conversación no dio para más ya que la cabeza de Samantha se asomó por la puerta para avisarnos de que el desayuno estaba listo. Entramos a la cocina haciendo caso a la valenciana y yo decidí prepararme un café bien cargado.
Ya estaba sentada cuando Hugo apareció frente a mí con un zumo de naranja.
– Toma señorita, pa' que cojas energía. – con su gesto seguido de un guiño de ojos y un breve beso en mi mejilla, consiguió apaciguar el tormento que aquella mañana me había nublado la mente.
– Gracias. – le contesté con una amplia sonrisa a la par que observaba sus pasos, cuales navegaron hasta llegar a mi lado.
La tarde cayó sobre nosotros mientras disfrutábamos de los últimos minutos de descanso tumbados en el sofá. Podía escuchar ligeramente a Rafa contando alguno que otro de sus chistes pésimos y cómo varios de mis compañeros se reían más de sus gestos que de la gracia de aquellos. Pero mi cabeza seguía repasando los mínimos comentarios de Manu después del segundo pase de micros, el cual había ido mucho mejor que el primero. En cuanto a interpretación, Ivan no nos añadió ninguna objeción, aunque su rostro mostrase la necesidad de más ferocidad e intensidad en cuanto a movimientos. No llegó a verbalizarlo porque era consciente del freno que llevaba a cuestas Hugo y es que temía que su novia sufriese con nuestra actuación. Yo tampoco era capaz de pedirle tal requerimiento, ya que también estaría poniéndolo en un compromiso. A pesar de ello, estaba contenta con el resultado en el transcurso de la semana, sin embargo, no iba a suavizar la intensidad, sino que estaba decidida a verificar que merecía estar en aquel lugar para enmendar el error que había cometido la semana anterior.
– Vamos a plató. – la mano del rubio se estiró cediéndome su agarre.
Cuando quedé de pie frente a él, deslizó su brazo por mi hombro para emprender rumbo a las instalaciones. El mío, en cambio, envolvió su cintura.
Desde aquella mañana había percibido la necesidad de Hugo por hacerme sentir bien, desde el improvisado karaoke que me montó en el box hasta las caricias que me proporcionó durante toda la comida. Aquellos gestos los agradecía enormemente y también me manifestaban que no únicamente yo podía percibir sus inquietudes, sino que él también lo hacía con las mías y procuraba abstraerme de ellas.
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inmarcesible | anahug
Fiksi PenggemarSe entiende por inmarcesible aquello que no se puede marchitar. Pues inmarcesible es la intensidad con la que vive la protagonista de esta historia, matiz que la caracteriza y provoca que se suma en una vorágine de emociones cada vez que conecta co...
