Las 04:22.
Ahogué el centésimo suspiro contra la almohada derrotada ante la imposibilidad de dormir aquella noche. Mi cabeza se había convertido en una máquina que no paraba de urdir y echar humo. Agotada por el millón de pensamientos que corrían por mi mente y sofocada por la cantidad de lágrimas que habían brotado de mis ojos, decidí que lo mejor sería salir de aquel lugar para respirar, aunque fuese por unos segundos, un poco de aire fresco.
Todos dormían o, al menos, parecían hacerlo. Y, en contraste con la tranquilidad que reinaba en aquel espacio, me fui alejando de él, no sin observar por última vez la cama. La cama que había acogido a sus pies el principio de una historia.
Llegué a la terraza sin detenerme y un golpe de viento impactó contra mi cara haciéndome presente de que mi ropa no era la adecuada para esa época del año. Pero aquella era una cosa menor de la cual me debía de preocupar en comparación con todo aquello que rondaba por mi cuerpo.
No entendía cómo había podido cometer el mismo error. Cómo me había vuelto a dejar llevar por mis sensaciones previas e incontroladas. Cómo la Anaju tan ordenada que conocía, había podido permitir que todo volviese a pasar.
Nominada.
Y aquella parecía ser la palabra menos dolorosa de la noche. Aunque sí fue el detonante del dolor.
Intentaba repasar la gala en mi memoria, recreando la actuación y prestando atención a las notas que no había conseguido alcanzar. Ni a las notas, ni a la conexión con la canción.
Ansiaba encontrar un por qué. Derive en varias opciones, a pesar de no tener clara ninguna. Echar de menos a mi hermana era una. Mi inexperiencia ante actos de espectáculo y técnica vocal era otra. Y los días posteriores al viernes noche era la última.
¿Qué cojones me había pasado?
Mi estabilidad emocional empezaba a depender de la gente que me rodeaba y, más concretamente, de mi contacto con él.
Me asusté. Tanto, que recogida en aquel sofá en el cual él había hecho acto de presencia semanas anteriores, me arropé contra mi propio cuerpo, esta vez, yo sola.
Las lágrimas volvieron a nublar mi vista y me odié porque lo hicieran. Ya no era capaz ni de controlar mis actos. Todo era oscuro. Y parecía ir en consonancia con el cielo, ya que ciertas nubes aparecieron en él para, posteriormente, empezar a derramar gotas de agua. Gotas que mojaban las plantas artificiales que adornaban aquel espacio. Gotas que reflejaban el frío que se hallaba en mi organismo vacío.
Entonces, me arrolló un estremecimiento de pánico. Pánico a abandonar aquella oportunidad que iniciaba un cambio, todavía sin rumbo, en mi camino. Pánico a perder la conexión con los compañeros tan maravillosos que habitaban allí. Pánico a que mi apuesta hubiese sido perdedora. Pánico por enfrentarme a las consecuencias de ella. Pánico de haber desaprovechado el que parecía ser mi lugar.
Todo estaba en manos del azar. Yo ya había jugado casi todas mis cartas, solo esa semana debía jugar la última. Y no tenía ni la menor idea de cual debía mostrar. No obstante, esa parte que estaba floreciendo en mí no era una opción. Era una ecuación que debía resolver del problema, aunque por ahora solo la iba a dejar apartada. No sería lógico seguir machacándome por ella ya que en aquel momento no iba a sacar nada en claro.
Seguía con la vista agachada entre mis piernas cuando un soplo de aire hizo erizar mi piel. No me detuve a descifrar qué había sido. No me importaba. Así que continué inmersa en mí. Solo cuando escuché unos pasos alejándose del lugar, tuve la necesidad de elevar mi cabeza.
Una figura masculina se había disipado por la puerta de la cocina. Su pelo era claro y su complexión estrecha. Pues solo había dos posibilidades: Nick o Hugo, y, teniendo en cuenta que el primero había abandonado la academia hacía apenas unas horas, la respuesta me sacudió el estómago.
Aún así, no me moví. Me quedé allí. Sentada. Esperando, como el jodido título de la canción que había cantado. Esperándolo. No tuve fuerzas para ir a buscarlo, que no significa que no tuviese ganas. Pero, por mí bien, no lo hice. Nuestra separación se había hecho notoria desde que se despidió con un beso de buenas noches en mi cabello aquella madrugada. Aquella en la que estuve a punto de enseñarle uno de mis mayores miedos. Uno de mis demonios, como la composición que me había mostrado la misma. Y puede ser que su letra se pareciese a aquello que me ocurría, pues un nuevo demonio se había instalado en mi mente y llevaba su nombre.
No recuerdo cuando me dormí, solo que, al despertar, una manta cubría mis piernas. Me levanté por la intromisión de los primeros rayos radiantes de sol que contrastaban con las nubes oscuras que lo cubrían horas antes. Un dolor de espalda fuerte se agudizó cuando mis pies descalzos rozaron el gélido suelo. Pero decidí ignorarlo, aquello y todo lo que había pasado esa noche. Ya nada importaba, podía ser la última semana que disfrutase de aquel regalo y no iba a desaprovecharla. Por mí únicamente, porque me lo merecía.
– Podría haber sido muy bonito. – inquirió Manu cuando terminamos de ver la actuación de la noche pasada.
Asentía ante el discurso de mi profesor dándole la razón absoluta a todo aquello que decía. Fatal era la única palabra que repetía mi mente. Mal, mal y mal. Pero me había prometido a mi misma que solo podía pensarlo hasta aquella mañana y que, después del reparto de temas, mi actitud debía cambiar. Igualmente, la ayuda de Javy me sirvió para hacerlo.
Necesitaba un sostén durante aquellas horas y él, consciente de ello y de que otra persona no iba a actuar, me lo proporcionó con una ternura sincera.
– No quieres hablar, ¿verdad? – me preguntó en tono bajo sobre mi oído para que nadie pudiese escucharnos.
– Por ahora no, estoy bien Javy. – arrullé con una voz rasgada que denotaba la mentira en mi expresión.
– Sí, como la otra noche. – replicó sarcástico alejándose de mí para observarme.
– A medias. – le respondí francamente mientras agachaba mi rostro.
– Pues te quiero entera, Ana Julieta. – dijo en tono burlón arrancándome una sonrisa a la par que acunaba mis mejillas para dejar un suave beso en ellas.
– Lo estaré. – y volví a abrazarme a su pecho, buscando energía.
Buscando refuerzos.
Buscando un flotador para emerger.
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inmarcesible | anahug
FanfictionSe entiende por inmarcesible aquello que no se puede marchitar. Pues inmarcesible es la intensidad con la que vive la protagonista de esta historia, matiz que la caracteriza y provoca que se suma en una vorágine de emociones cada vez que conecta co...
