Capítulo XIV

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– A todos no pasa que a medida que nos vamos haciendo mayores, callamos más. La coraza se hace más grande, pero seguimos echando de menos.

En ese instante no pude retener las lágrimas agolpadas en mis ojos que cayeron por mi rostro como una gota fluyendo al manantial. Apreté mis labios con fuerza, la misma que acababa de desagarrar mi interior por completo. La visualizaba allí, enfrente mía, cogiéndome la mano y mirándome como nadie nunca lo había hecho. Esa mirada de orgullo pleno, orgullo de hermana mayor. El mismo que yo profesaba por ella. La echaba tanto de menos. Más de lo que imaginaba. Más de lo que simplemente me permitía pensar.

Las palabras de Ivan fueron un tiro a bocajarro directo a mi corazón. Un tiro que abrió aquel órgano que tanto miedo me daba hacerlo presente en mi día a día. Los recuerdos no tardaron en inundar mi mente de una felicidad lejana, una felicidad resumida en aquellos días en los que Cristina venía a despertarme a la habitación, en las veces que irrumpía en la misma para enseñarme una nueva canción, en las conversaciones sinsentido de los mediodías de verano. Resumida en su risa. Esa que llevaba sin escuchar desde hacía meses. Últimamente solo podía oírla a través de una pantalla. Una pantalla fría. Apática. Distante. Una que manifestaba, cada vez que se apagaba, lo mucho que me dolía no tenerla a mi lado. Lo mucho que me costaba mantener el papel de perfección que yo misma había decidido adquirir. Lo mucho que me costaba caer rendida en la cama y volverme a levantar sin sus brazos.

La clase de interpretación abrió aquella grieta que luchaba por cerrar desde hacía tantos años. Me definía como una mujer fuerte. Una definición que me había llevado a aceptar cargos en mi vida que no me correspondían y que, aunque creía que podía con ellos, en realidad, me vencían por momentos. Momentos como aquel, en el cual estaba descubriendo una de mis debilidades frente a dos anónimos que acababa de conocer apenas hacía varias semanas: mi compañero de canción Javy y mi profesor de interpretación Ivan. Momentos que desestabilizaban mi ordenado mundo. Momentos que me aterraban.

Seguía apretando fuertemente mi mandíbula cuando noté la presión del brazo de mi profesor sobre mi hombro.

– Anaju, no pienses tanto. Tenéis mucha tendencia a pensar en lugar de hacer. Y se trata de hacer, equivocarse. – otra vez sus sabias palabras hondaban en la herida.

Pensar.

Era lo único que parecía saber hacer. Pensar, pensar, pensar y volver a pensar. ¿En qué? Pues en todo. Todo aquello que transitase por mi vida, todo aquello que vibrase por mi cuerpo. Todo pasaba por un filtro. El filtro de mi pensamiento. De mi corrección. De mi orden mental. Todo se reducía allí en aquel espacio en el que decidía mi cabeza y no mi corazón, este no lo hacía porque demasiado daño había ya sufrido. Y recuperarlo no fue tarea fácil. Nada fácil de hecho. Por ello, huía de lo que pudiese volver a dañarlo e, inconscientemente, de lo que no a su vez. Predecía amenazas en aquello que no lograba controlar, obligándolo a salir de mi vida. Y es que, alguna vez, también lo hice con ella. Con Cristina, mi hermana. La aparté intentando buscar por ella su felicidad. Sin embargo, ella nunca huyó. Siempre se mantuvo detrás, consciente de mi miedo y de mis fallos. No se fue. Permaneció conmigo a pesar de que yo no lo apreciase. Y aunque aquello fue una cosa transitoria, seguía doliendo, a veces. Había tratado de olvidarlo, pero ella volvió a estar ahí para hacerme ver que el sufrimiento es parte de la vida y que no había que apartarlo. Solo había que aprender a vivir con él. De ahí, Catalina. Mi carta de presentación.

El timbre sacudió de golpe mis abstracciones y me regresó a aquel lugar, dejándome observar los ojos castaños cristalizos de mi compañero. Ojos que consiguieron llenar aquel vacío que se había instalado en mi pecho. Ojos que me tendían esa mano que necesitaba para levantarme en ese momento. Ojos que me prometían apoyo, comprensión, familia. Así que me aferré a sus ojos en un tenaz abrazo. Javy se limitó a devolverme aquel gesto con la misma intensidad y dejar un beso en mi frente.

– Gracias. – añadió Ivan con una mirada emotiva – Gracias por vuestro compromiso, por vuestra entrega y por vuestra verdad. Sois maravillosos. 



La cena había transcurrido de manera imperceptible para mí y es que mi mente seguía zambullida en el ambiente creado en aquella sala. Oía, de fondo, la charla animada de mis compañeros; observaba, superficialmente, sus expresiones; asentía, con los labios fruncidos, ante sus cuestiones. Y aunque, físicamente, mi cuerpo residía en aquella silla, yo no lo estaba. Por ello, terminé lo más rápido que pude, dejando atrás el hueco vano que estaba ocupando. Me dirigía al lavabo cuando Javy me detuvo para volver a propiciarme ese abrazo que tanto necesitaba. Aferrada a su cuerpo volví a darme cuenta de que de nada servía esconderlo. Aunque, por el momento, y con los demás, iba a hacerlo.

– Estoy bien. – le tranquilicé deshaciéndome de su agarre, obteniendo una caricia sobre mi mejilla como respuesta.

– Lo que necesites.

– Lo sé. Y lo mismo te digo. – pues con una sonrisa terminé alejándome para soltar.

Soltar aquello que llevaba dentro y, a pesar de que no me encontrase con fuerzas de hacerlo verbalmente, iba a intentarlo por escrito.

Me desvestí para estar más cómoda con el pijama y, recogiendo el pelo en un moño, tomé la libreta y el estuche que estaban en mi armario. En ese momento, llegó a mi olfato un aroma conocido, un aroma que descifré cuando se coló por mi espalda. Era el cordobés. Y sabía que venía a buscarme. No obstante, fui incapaz de voltearme y dejar que me descubriera de aquel modo, así que opté por dibujar una media sonrisa en mis labios y dedicársela para, posteriormente, huir.



La luz tenue de una lámpara alumbraba mi libreta que, a pesar de mis esfuerzos, seguía vacía. Ni una palabra había conseguido plasmar en ella. Pues la desesperación comenzaba a apoderarse de mí. Únicamente un par de rallas rellenaban la hoja, rallas que esbozaban el ansia de querer encontrar respuestas rápidas. Con el soplido que escapó de mi boca y la agitación que brotaba de mis manos, logré tirar al suelo el cuaderno, quedando doblado por unas páginas que tenían varias frases escritas. Me estiré para recogerlo y poder observar detenidamente los tres enunciados que presidían la página. 

"Ha pasado poco, pero ha pasado.

El nítido de ayer, ahora es nublado

y se quién eres, aunque te haya olvidado."

Era el principio de alguna de mis pocas composiciones. Solo eran letras, no tenían melodía. Pero algo me pidió continuar con ellas.

Miradas furtivas  fue la continuación. Besos robados  una posibilidad de enlace.

"Guarda las distancias, ten cuidado,

tranquilo, solo estoy de paso.

Y me iré, me iré, me iré,

to' mi tiempo fue pa' ti.

Y me iré, pero tal vez

hace tiempo que me fui."

Con el ukelele pude sacar un par de delicadas notas que acompañasen a aquellas palabras. Me gustó el resultado. Por una vez, parecía gustarme alguna cosa de la que escribía. Dispuesta a seguir escribiendo y, sin ser consciente de nada de lo que ocurría a mi alrededor, lancé por el aire el cuaderno por el sonido procedente de la puerta, el cual consiguió asustarme.

– Perdón. – pude percibir su aroma a medida que se acercaba y, sin ver su rostro, a través de aquel detalle pude conocer a la persona que había interrumpido en la habitación.

– No pasa nada, pero me tendrás que pagar un seguro de vida ya que con los sustos que me das algún día voy a acabar sufriendo un infarto. – y la sonrisa del rubio resplandeció sobre la obscura penumbra que llenaba el lugar.

 

inmarcesible | anahugStories to obsess over. Discover now