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Katniss estaba sentada, arrebujada en el manto y con la espalda apoyada en el muro de la capilla, mientras contemplaba la caída del frío crepúsculo. Tenía la cabeza embotada tras aquellas lágrimas tan poco habituales y los ojos pesados, pero no se sentía melancólica.

Su caballero yacía ante la puerta, la cabeza apoyada en el brazo, con la capa como almohada. El rítmico sonido de su respiración era lo único que se oía, aparte del ruido que hacía el corcel al comer la hierba al otro lado del portal abierto, y del ocasional tintineo de los cascabeles de Gryngolet. Cada vez que sonaban suavemente, Peeta respiraba con fuerza, para después quedarse en suspenso, como si incluso dormido estuviese alerta ante cualquier señal de peligro; a continuación cambiaba la postura del cuerpo y exhalaba una larga y profunda bocanada de aire que sonaba como un suspiro.

Katniss debía despertarlo antes de que la oscuridad fuera completa, para que de nuevo estuviese toda la noche sentado de guardia. Se había quedado dormido de espaldas a ella, pero muy pronto se había girado, de manera que ahora su rostro era apenas visible con las últimas luces. Su aspecto era exactamente el que cabía esperar: el de un hombre de armas cansado, mal vestido y apuesto, resignado a dormir sobre la piedra. Los marcados rasgos de su rostro no se habían suavizado con el sueño, pero los labios ligeramente entreabiertos, y haber relajado el gesto severo de las cejas y los ojos al dormir, le daban un aire más juvenil, más parecido al de aquel muchacho que la había mirado y con intenso ardor tantas estaciones atrás en el palacio del Papa.

Le había divertido, y además le resultó muy halagador, que la mirase de aquella forma, tratándose de un muchacho que ni siquiera tenía nada que ganar al hacerlo. Y cuando ella vio la tropelía que los obispos y clérigos estaban a punto de cometer con él, lo salvó, aunque él pareciese no saberlo ni se lo agradeciese.

En aquel momento se sintió cien años mayor que él, pese a que ella no tenía más de diecisiete años. Ahora tenía la impresión de contar mil, y sin embargo se sentía renovada y, por alguna extraña razón, más joven y temeraria de lo que lo había sido nunca. Estaba, por vez primera en la vida, enamorada de un hombre.

A Ligurio lo había respetado, lo había amado con el alma y la mente: maestro, padre, compañero y tabla de salvación. Y antes de tener tiempo para asimilarlo, había descubierto la amistad y una atracción creciente en la figura de aquel danés sonriente que le había regalado a Gryngolet; pero su recuerdo no era apacible precisamente.

Contempló los largos dientes, ahora en penumbra, del dragón de piedra, al tiempo que hundía la fría nariz en las pieles de armiño. Aquel hombre nórdico la había iniciado en el arte de la caza, le había enseñado la disciplina necesaria para adiestrar a un ave de paso atrapada tras su primera muda de plumas, le había descubierto las horas de libertad de las que podía gozar el halcón. No le había sido infiel a Ligurio con él, ni siquiera se lo había planteado. No había sido más que un enamoramiento juvenil. Todavía no había tenido tiempo para nada más cuando Katniss descubrió al danés asesinado en su propio lecho. La dama que dormía junto a él dio un auténtico espectáculo con todos aquellos alaridos al ver que el hombre que tenía a su lado había sido asesinado, cómo si no hubiese sido ella la que le había clavado el cuchillo con sus propias manos. En aquel momento, Katniss contaba quince años y era la joven esposa todavía virgen del príncipe Ligurio, no solo física sino también mentalmente. Por ello su esposo tuvo que explicárselo.

Aquella fue la primera vez que entendió de verdad la pasión fría y demente que sentía Gian Hawthorne hacia todo lo que Everdeen poseía. Hacia ella. Antes de aquello, ella solo lo conocía porque era un hombre inteligente y cortés que cenaba a veces con su esposo, y que en cierta ocasión le había enseñado un truco lleno de astucia para hacer aparecer una flor viva dentro de un jarrón de cristal.

Por ellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora