Capítulo 22

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Ya Abigaíl se asomaba por la calle que da a la casa de Martín, sonó el timbre y nos miramos. El plan ya comenzaba a ponerse en marcha.

Yo estaría en la habitación de Martín esperando, desde ahí podía escuchar todo, y diez minutos después de que él me diera la señal que consistía en dejar caer el vaso de whisky y hacer que se rompiera, debía bajar al sótano, donde ya Martín tendría todo preparado para que yo hiciera acto de presencia.

—Hola, Lissa— escuché a Martín decirle abriendo la puerta, supuse que era el nombre que le daba a Abigaíl cuando estaba en su modo señor.

—Señor, aquí me tiene, para que me use como sus deseos lo demanden— respondió tomando la mano de él para besarla.

—Siéntate, ¿un Martini?— preguntó él.

—Estaría perfecto, señor—.

Después de unos minutos de charla entre la pareja, Martín se acordó que yo estaba esperando su señal en la habitación.

—Prepárate para tu pasarela hasta el santuario— continuó —quítate la ropa y comienza a caminar, quiero ver tus nalgas guiarme detrás de tí—.

De pronto la señal se hacía presente en el silencio, se escuchó caer el vaso rompiéndose al primer contacto con el piso de mármol.

Pasados los diez minutos abrí con cuidado la puerta de la habitación y me aseguré de que la sala estuviera despejada, pude ver el vaso roto con el líquido y dos cubos de hielo en el piso.

Continué caminando casi de puntillas hacia la puerta del sótano, abrí y comencé mi descenso por las escaleras mientras se encendía la intensa luz roja del santuario.

Antes de entrar en escena por completo, tiré un vistazo desde la esquina para ver con qué me encontraría.

Abigaíl estaba atada de manos, semejante a estar esposada,
del nudo salía una cuerda que iba desde sus manos hasta una barra de metal en el techo, los ojos vendados, sus piernas estaban abiertas y aseguradas con un amarre que rodeaba cada tobillo y los condenaba a una especie de estaca clavada en el piso.

Me erguí de pecho y di mi primer paso hacia la Vendetta, Abigaíl movió su cabeza para tratar de escuchar bien, sospechando que no estaba sola con su señor al oír mis pasos. Martín me miró y me guío con la mirada para que tomara una fusta de la pequeña mesa, la cual no tenía un trozo de cuero en la punta sino uno de aluminio y sin pensarlo azoté dos veces seguidas su espalda baja, gimió de dolor.

—¿Dolió?— preguntó Martín.

—No, señor—.

Yo sabía que sí había dolido, el movimiento que hizo cuando la azoté, la delató. Aunque si no le dolió, eso quería decir que podía soporta dos más, ésta vez más arriba, en sus omóplatos.

—¡Uno! ¡Dos!— contó Martín en voz alta.

Martín me miró y levantando las dos manos con sus dedos abiertos, dijo mostrando los dientes y solo moviendo los labios, "díez".

Yo elegiría donde dar los díez azotes siguientes para completar catorce.

Pasé mi lengua por su espalda baja, sobre el rojo que dejó el aluminio de la fusta. Gimió.

—¡Cinco, seis!— contó él.

En el mismo lugar, ¡otro!

Abigaíl gritaba y confundía sus gritos con gemidos. Mi sed aún no se calmaba, faltaban siete y había mucho espacio sin sangre en su piel.

Seguí la tarea que me dictó mi compañero con dos fustazos en cada nalga, podía ver cómo aparecía ese color que me enloquecía acompañado de dos gritos que se ahogaban en su garganta, y me daban ganas de más.

Los últimos dos de la tanda debían ser los mejores, me acerqué a la mesa y tomé un látigo de cinco puntas y azoté su espalda muy fuerte en forma de "X".

—¡Trece, catorce!—. Gritó Martín que estaba junto a mí, para no levantar sospechas todavía.

Abigaíl comenzaba a sollozar y yo quería más, quería ver su sangre y probarla. Aún no consumaba lo que quería.

DESNUDO (En proceso)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora