Capítulo 11

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Dos años han pasado desde que abigaíl hizo conmigo lo que quiso, nunca más supe de ella desde ese día, nunca más una llamada, algo era cierto, me usó y se fue. No iba a regresar, y yo con mi orgullo no la iba a buscar. Tampoco me motivaba nada a hacerlo.

Siete meses después conocí a Julieta.

Recuerdo que ese día la lluvia me golpeaba la cara y yo luchaba con mi paraguas para encajar sus varillas en una batalla que perdí.

Me refugié en la visera de una parada donde estaba Julieta, esperaba como yo, que la tempestad se calmara un poco.

-Lluvia en agosto- soltó ella mientras yo sacudía las gotas de mi chaqueta.

Yo como siempre en las nubes.

-¿Eh?- pregunté. -Si, si, tenemos hecho un quilombo el planeta- agregué.

Así fue como me habló y yo le hablé.

Después de varios encuentros, de varios cafés y varias historias que me contaba sonriendo, a veces llorando, otras veces con su cabeza apoyada en mis piernas, pero siempre en el mismo parque, me di cuenta que Julieta era paz, la paz que yo necesitaba desde que pasó lo último con Abigaíl.

Ella con sus vestidos que eran arte, o tal vez Julieta con sus caderas hacía que yo la mirara como una venus, mi venus.

Ahora estaba en su mundo, caminábamos largos tramos hablando de comedias románticas, de Hitler y la segunda guerra mundial. Ella tenía siempre un tema de conversación que no combinaba con su cara de niña tranquila, menos con sus pecas que eran como trocitos de café guardados en sus mejillas.

Yo con mi barba, rozando los treinta años y ella con una flor en su mano.

Las amaba, lo noté desde siempre.

Pasábamos frente a una floristería y yo tenía que aguardar lo que fuera, mientras ella disfrutaba y olía cada flor.

-Girasoles, no hay una flor más hermosa que esta- dijo pasando sus dedos por los pétalos.

Casi treinta minutos, yo nunca serví para esperar. Cuando salió de su atracción, me entregó una pulsera.

-Era de Santiago- dijo mientras me la colocaba en la mano derecha.

-¿Quién es Santiago?- pregunté confuso.

Y en ese momento me contó un pedazo de su pasado, que como yo aún no le revelaba. Estuvo viviendo tres años en Montevideo, donde conoció al hombre que le quitó la inocencia y puso su semilla en ella, nació Santiago, no tenía techo, tampoco tenía vergüenza, la había perdido en un club nocturno donde trabajaba cuatro días a la semana para tratar de mantener con vida a su pequeño. Estela, el nombre de la salvadora anciana que cuidaba de él mientras ella trabajaba.

Un día llegó a buscar a su hijo y no lo encontró, Estela no pudo hacer nada cuando el hombre que le había quitado la inocencia a Julieta también le quitó lo que más amaba.

Ella había comprado para él la pulsera que ahora me había colocado a mí.

-Cuídala, Lautaro.- te estoy dando un trozo de mi.

Yo sabía que no era fácil para ella contar algo tan lamentable como eso, pero yo aún no estaba preparado para contarle mi pasado, porque sería desatar las ganas de volver a hacerlo, pero esta vez siendo yo quien de las órdenes.

DESNUDO (En proceso)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora