Abigaíl se acercó al clóset, apartó la ropa y abrió la puerta de hierro que se escondía ahí. Me ordenó que me acercara y entramos. Era una habitación negra, y como me lo imaginé había cualquier tipo de látigos, dildos, trajes, una cama también de color negro, el piso era de alfombra y habían siete ganchos con rollos de cuerdas colgados en la pared.
-Cierra los ojos- me ordenó.
Con una cuerda del grosor de un dedo índice promedio, dió dos vueltas alrededor de mis ojos, me apretó un poco.
-¿Objeto?- preguntó.
No me molestaba la cuerda en mis ojos, -pluma-, le dije muy tranquilo.
Estaba muy intrigado, quería saber que venía después. Abigaíl me hablaba con tanta dulzura que me confundía.
Sobre la cuerda puso una cinta de aproximadamente cinco centímetros de ancho y la amarró con un poco más de fuerza que la cuerda.
Acto seguido desabotonó mi camisa y me despojó de ella, lamió mis pezones. Esa sensación que me ponía la piel de gallina me empezaba a gustar.
Hizo lo propio con mis zapatos y pantalones.
Estaba completamente desnudo y con los ojos vendados.
-Tus brazos hacia atrás- otra orden.
Entrelacé mis brazos por detrás de mi torso y de inmediato llegó otra cuerda, comencé a ponerme nervioso.
Cuatro vueltas al rededor de las muñecas, ya no me podía soltar, tampoco tenía intenciones de hacerlo. Con la misma cuerda siguió dando vueltas alrededor de mis brazos, al terminarse tomó otra y la unió a mi atadura, esta vez bajó y pasó la cuerda entre mis piernas, la subió hasta mi hombro derecho, volvió a hacerlo pasándola igual entre mis piernas y esta vez poniéndola por encima de mi hombro izquierdo, y así tres vueltas en forma de arnés.
-Supongo que en este punto empieza todo-. Pensé preparándome mentalmente.
Abigaíl tenía aún mucho por hacer antes de todo.
-¿Ahora qué harás?- pregunté.
-No te he pedido que hables, creo que para que eso no suceda tendré que hacer algo al respecto-. Dijo en tono intimidante.
-Lo siento-- retracté.
-Lo siento, señora- gritó, -ahora si que lo vas a sentir, Lauti.-
-Lo siento, señora- obedecí.
Tomó una mordaza y la puso en mi boca. Siempre vi mordazas con una bola que iba dentro de la boca, pero esta tenía un aro que me hacía abrir un poco los labios, por donde supongo saldría mi lengua.
Era su momento. Abigaíl me tenía frente a ella como lo que deseó desde el principio, un objeto.
¿En que momento ella se convirtió en esto?
¿Lo hacía con Martín?
No preguntaría eso ahora.
Pasó una fusta por mi cuello, fue bajándola rozando el pecho y mi abdomen hasta llegar al miembro dormido, lo acarició con ese pedazo de cuero y enseguida se llenó de sangre, ya estaba como ella lo demandaba, firme, y haciendo gala de sus gruesas venas.
Pasó su lengua, lo introdujo en su boca siete veces muy lento, haciendo pausas para escupirlo, lo sacó dándole un beso final al glande.
-Siete por siete- dijo casi susurrando. -Siete azotes por provocarme con eso y hacer que lo disfrute tanto-. Agregó.
Yo seguía sin hablar, pero sabía lo que venía, nunca nadie me azotó, si decidí venir sabía a lo que me enfrentaba.
-Cuéntalos- me ordenó.
Pasó la fusta por mis piernas y azotó mi miembro en erección.
Fue suave, pero firme.
-Uno... Dos... Tres...- Un lametón.
Comenzaba a dolerme un poco pero no tanto como para una "hoja".
-Cuatro... Cinco... Seis...-
Llevó nuevamente sus labios al altar, lo lamió dejando mucha saliva.
-Siete-.
El séptimo fue en los testículos.
Un azote más fuerte que los anteriores, de abajo hacia arriba. De inmediato los acarició, puso saliva en sus dedos y calmó el dolor.
A pesar de lo fuerte del séptimo, no usé ningún código.
-No está mal, jovencito- me dijo levantándose.
Quitó lo que cubría mis ojos.
Dos besos húmedos en mi cuello y se alejó.
Se acercó con un collar de cuero, como para un perro, pero la víctima era yo.
Lo colocó en mi cuello y me haló.
Ahora tenía más poder sobre mi.
Me llevó hasta la cama halándome por mi collar de perro, se tiró en ella boca abajo dejando sus piernas afuera y bien abiertas.
-Ponlo lo más profundo que puedas y no te detengas hasta que te lo ordene- me dijo con una voz tan excitada como estaba yo.
Cuando entré, su gemido me dio confianza y cumpliendo la orden de mi señora entraba y salía de ella, su humedad me hacía entrar con más fuerza que la anterior, sus gritos de placer llenaban toda la habitación, mientras ella se azotaba sus nalgas con la fusta. Hasta que tocó el cielo con un orgasmo.
-Detente- dijo gimiendo.
Me detuve. Me ordenó acostarme en la cama boca abajo, mis brazos seguían atados hacia atrás, con la cadena que me halaba el collar me amarró a la cama, abrió mis piernas y con cuerdas ató mis piernas a cada extremo.
Ya no podía hacer nada por mi cuenta, estaba a su disposición.
-Fueron siete azotes por provocar una felación, imagina que haré por provocarme un orgasmo, remedo de inútil, solo un orgasmo, yo siempre quiero más de uno- dijo furiosa.
No entendía por qué estaba furiosa si ella me pidió parar, pero no podía refutar, el castigo que venía podía ser peor.
En una pequeña mesa reposaban catorce velas aromáticas, me gustaba su olor a canela.
-Vas a probar una gota de cada vela- dijo tomándola en su mano.
-Definitivamente no debí haber venido- pensé.
Antes de hacer nada -¿estás de acuerdo?- preguntó.
¿Que podía hacer?
Si decía "roca" tal vez lo haría de igual manera.
-Pluma, señora- dije dando permiso a la tortura.
Con sus dedos me acarició, y dejó caer la primera gota caliente en mi espalda.
El segundo y el tercero fueron seguidos, podía soportar.
Así transcurrieron las gotas calientes en mi espalda con un dolor soportable y con mi masoquismo y mis ganas de no defraudar a mi señora por las nubes.
Las gotas fueron dispersas, catorce gotas alrededor de mi espalda.
-¡Uno!- Gritó, mientras azotaba una de las gotas con una fina tabla. No sé en qué momento se deshizo de la fusta para tomar ese pedazo de madera.
Azotó cada una de las gotas, creo que ya mi espalda estaba tan sensible que era más soportable el dolor, estaba mi piel dormida, tensa.
Al terminar su rutina de azotes, lamió mi espalda mientras se masturbaba y dejaba que otro orgasmo la relajara por completo.
Comenzó a desatarme y me ordenó arrodillarme frente a ella.
Hizo que lamiera su clítoris mojado.
-Agradece y despidete- ordenó.
Ni las gotas de vela caliente, ni los azotes, nada me hizo sentir tan humillado como tener que agradecerle por amordazarme y usarme.
-Gracias por el placer, señora- dije agachando la cabeza.
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DESNUDO (En proceso)
RomanceLautaro, es un chico moralista que tiene un sueño erótico con Abigaíl, la ex de su mejor amigo. El universo conspira para que se encuentre con ella en una situación que lo hará dudar de la lealtad hacia su amigo Martín, y hará que deje su moralismo...
