Capítulo 6

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Cuando Sergio y Martín llegaron, no sentí miedo. Esta vez la adrenalina de haber pecado y que no nos descubrieran había superado al miedo por mucho.

¿Por qué iba a seguir fingiendo que no me podía atraer sexualmente la ex de mi amigo?

Es emocionante para mi, sin duda también para ella, fallé a algunos códigos, pero realmente no me importaba. Estamos acostumbrados a fallarnos solo por complacer a otros, pero la traición está a la orden del día.

Hasta Martín podría traicionarme si las circunstancias se daban de manera ideal para hacerlo, esta vez fui yo quien se aprovechó de eso. 

—Lo siento, chicos, pero ya no más vino. Este Vodka me coqueteó en la tienda y no podía dejarlo ahí entre esos rones baratos— dijo Sergio fingiendo seriedad.

Todos reímos a carcajadas.

—Eso quiere decir que la resaca de mañana promete— opinó Abigaíl entre su risa escandalosa.

—Si el alcohol va a abusar de nosotros, que sea mientras jugamos a las cartas— agregó Martín sacando un mazo de barajas del interior de su chaqueta.

La noche transcurrió entre risas y Vodka, conversando de todo.

Martín se levantó a buscar más hielo, pero no encontraba en donde colocarlo, Abigaíl se levantó en su rescate, era su casa y la gente siempre se pierde cuando entra a una cocina que no es la suya. Es algo tan real como lo que sucede con las llaves, siempre desaparecen cuando más se necesitan.

Abi y Martín tardaban, tal vez la ebriedad hacía inútil su búsqueda en la cocina.

Me levanté del sillón y en ese momento ya estaban saliendo de la cocina entre risas, recordé cuando eran novios, se divertían mucho y esta vez salían de la cocina como en esos tiempos.

Me dije —No pueden haber celos, es solo sexo, no hay amor—.

Que absurdo y que desastroso soy, sentí esa maldita presión entre el esófago y la tráquea que nos da cuando hay alguna preocupación o los celos atacan.

Culpé al alcohol de lo que estaba sintiendo, tal vez en la mañana la sobriedad me haría sentir más calmado.

Por ahora debía mantener mi cara normal para que los celos no me delataran, pero, ¡maldita sea!, no resultaba fácil.

Los hombres nos equivocamos a menudo con respecto a las mujeres, cada vez que el sexo aparece entre amigos, la parte masculina se encariña y no entiende que una mujer también puede estar con alguien solo por sexo.

Es una conducta machista que tenemos desde el principio de nuestro uso de razón por culpa de la educación que nos dan incluso en las escuelas. Tal vez esté tratando de justificar todo esto, pero debo asumirlo, Abigaíl es diferente a mi, una chica que lo tiene todo claro y quien está confundiéndose soy yo.

Al abrir los ojos a la mañana siguiente, lo primero que vi fue a Sergio tirado en el sofá, botellas de vino y vodka vacías.

Todo daba vueltas. Desperté a Martín que se había dormido en el otro extremo del sofá donde estaba Sergio, pero aún su cuerpo no respondía como él quería. 

Caminé hacia la habitación de Abigaíl para despedirme y cargar con el costal de papas ebrio que yacía en el sillón.

Al entrar, pude ver a Abigaíl acostada boca abajo, su espalda desnuda y sus nalgas abrazando esa tanga que mis manos habían tocado. 

—¿Qué haces ahí parado como tonto?— dijo mientras se esforzaba por abrir los ojos.

—Vine a despedirme. Ya es hora de irnos y creo que debes descansar— respondí amablemente.

—Estabas mirando mis nalgas— dijo sonriendo.

—No lo hice, solo entré y no sabía si despertarte para despedirme— mentí.

¿Como podía ser tan lista?

La verdad es que era un monumento, su cuerpo era el infierno y yo estaba dispuesto a quemarme las veces que fueran necesarias.

—No mientas, sé que quieres tocarlas— me dijo en voz baja.

Martín y Sergio estaban afuera y esa adrenalina de que nos pudieran descubrir si pasaba algo, me encantaba.

—Acércate— continuó.

No dudé, me acerqué y toqué su nalga derecha, luego ella se giró un poco, me tomó por la barbilla y me plantó un beso de esos que te hacen calentarte todo el cuerpo.

Su lengua hacía círculos al rededor de la mía y mi mano derecha acariciaba su pezón izquierdo.

—Ya puedes irte— me dijo con voz de mando, sin hacer ningún gesto y volvió a la posición en que la encontré.

¡Demonios! eso me gustó, me habló como si yo fuese un objeto, su esclavo.

Sabía cómo atraparme, y esa orden que me dio me hizo salir de la habitación, pero con ganas de quedarme.

Volví a despertar a Martín y nos dirigimos cada uno a su casa.

DESNUDO (En proceso)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora