Todavía nos quedaban instrumentos y noche, mis ganas aún no estaban saciadas, así que con un pequeño esfuerzo acosté a Julieta boca arriba en la cama.
Bajé al altar entre sus piernas y lamí sus jugos, todo lo que había salido de ella, introducía dos dedos y los chupaba, quería saborearlo todo.
Ese altar, el mismo que mojó el piso de la habitación merecía un castigo por tal atrevimiento. Puse con cuidado la pinza en su clítoris y gimió muy fuerte.
-No se atreva a quitar la maldita pinza de mi clítoris, por lo que más quiera-. Dijo blanqueando los ojos.
Azoté dos veces su clítoris con la fusta larga.
-La palabra "maldita" es inaceptable, por eso tus nalgas sufrirán el castigo, pequeña maleducada-. Dije sintiendo mi boca hacerse agua.
Le ordené colocarse boca abajo con las rodillas apoyadas en la cama. En forma de rampa quedó ante mí, con su ofrenda esperando los cuarenta azotes, veinte en cada nalga. Eran redondas, blancas y no era justo que quedaran intactas después de haber faltado de esa manera.
Azoté con mucha furia sus monumentos, el cuero de la fusta lo hizo esta vez. Sangre.
Terminado el castigo, lamí el líquido rojo mientras introducía el enorme dildo hasta lo más profundo.
Preparé mi miembro que hacía gala de su tamaño considerable y sus venas, para entrar por el pequeño hoyo de la lujuria.
Puse lubricante desde su espalda hasta sus piernas y entré de a poco en ella.
Julieta gritaba de placer y dolor, pero yo no escuchaba ningún código, así que no paré, entraba y salía de ella azotando con la palma de mi mano sus nalgas que aún tenían hilos de sangre, hasta que llegó otro orgasmo, esta vez más fuerte.
Me separé y le pedí acostarse por completo boca abajo. Coloqué la mordaza de bola en su boca y la puse de pié. Solté su atadura de cuerdas y besé sus marcas.
Le di un vaso de agua, me miraba y sonreía de gusto.
Al haber retirado el dildo en el momento que me separé de Sodoma, su interior quedó vacío y su cuerpo sin el placer inicial, después de todo volver a introducir la bala, era una justa recompensa, así que la encendí y volví a ponerla dentro de Julieta.
Volvieron los gemidos, sus piernas no aguantaban, tomé las cadenas y dando dos vueltas alrededor de sus muñecas hice un nudo parecido al que le había hecho con las cuerdas, aseguré con los dos pequeños candados y la encadené a una anilla que había colgado en la pared, podía girarla y tenerla tanto de frente como de espalda, con las manos por encima de su cabeza, como la letra "I".
La bala hacía su trabajo, yo todavía no había llegado a explotar los placeres que me regalaba la habitación y el cuerpo de este girasol que obedecía a cabalidad mis deseos.
Julieta me miraba esperando el próximo paso, su cara era de agotamiento, pero también de no querer parar hasta no haber probado todo de mí.
Tomé los anzuelos y me acerqué a ella, la besé y su lengua se incorporó a lo más profundo de mi boca. Mientras besaba su cuello tocaba sus pezones que eran como piedras y casi sin mirar atravesé el primero con el anzuelo.
Con un cubo de hielo lo acaricié para calmar el dolor, la miré a los ojos esperando un código.
-Es casi una hoja, señor-.
Su capacidad de soportar el dolor era impresionante, esta vez pasé el cubo de hielo por el siguiente pezón y perforé mientras mordía su cuello y dos orgasmos seguidos se hacían presentes. Ensartada.
Teniéndola de espalda, me acerqué e introduje mi miembro nuevamente por detrás, con su espalda provocándome tomé el látigo de seis puntas y la azoté quince veces en sus costillas hasta que sangró, Julieta gritaba de dolor y mis jugos la llenaron al mismo tiempo que nuevamente mis piernas eran bañadas por su enorme orgasmo a chorros.
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DESNUDO (En proceso)
RomanceLautaro, es un chico moralista que tiene un sueño erótico con Abigaíl, la ex de su mejor amigo. El universo conspira para que se encuentre con ella en una situación que lo hará dudar de la lealtad hacia su amigo Martín, y hará que deje su moralismo...
