10.

343 44 4
                                        

Cole.

Le doy un último retoque a la pintura frente a mí, quedando conforme con el resultado. He intentado pintar un campo repleto de flores con un cielo nocturno de fondo. No ha quedado mal y casi me dan ganas de fotografiarlo y subirlo a mis redes. Obviamente, desecho esa idea y dejo las pinturas a un lado, levantándome del escritorio con las manos manchadas.

Intento llegar hacia mi armario por una toalla para darme una ducha, pero la puerta de mi habitación se abre dándole paso a mamá que entra sin tocar.

La fulmino con la mirada.

— ¿Podrías tocar la puerta antes de entrar? —espeto en un gruñido.

—Cariño, yo limpié tu trasero cuando eras bebé —dice como si eso fuese a darle algún derecho sobre mí.

Ruedo con los ojos con fastidio.

—Vale, ¿qué necesitas? —Pregunto de mala gana.

Ella me echa una mirada de pies a cabezas, y luego recorre la habitación con los ojos. Vuelve a centrarse en mí y los entrecierra, examinándome.

— ¿Qué hacías?

Sé a dónde quiere llegar. Suspiro con pesadez.

—Nada importante, solo pintaba.

—Has hecho un desastre —señala mirándome con algo de desdén.

—Iba a ducharme justo cuando entraste. ¿A qué has venido?

—Ah, sí. Venía a decirte que tenemos una cena importante con un inversionista esta noche.

La miro sin entender.

—Ajá, ¿y?

Ahora es ella quién suspira, como si fuese demasiado obvio pero yo no me diera cuenta.

—Iremos toda la familia —me explica—. Sobre todo tú, Cole. Es importante que asistas.

Frunzo el ceño.

— ¿Para qué?

—Te recuerdo que ese restaurante también te pertenece y un día tú vas a manejarlo, desde ya debes comenzar a familiarizarte con él.

Aprieto los labios. Realmente comienzo a odiar ese discurso. No digo nada más, solo voy a mi armario y saco la toalla, el jabón y el champú. Mamá me observa en silencio desde la entrada y luego de un incómodo y silencioso rato, ella dice:

—Te traeré tu traje. A las ocho llega la limusina, más te vale estar listo —avisa.

Asiento con la cabeza sin responderle. Le paso por un lado y me voy directo al cuarto de baño con un humor terrible.

Ahí adentro, me deshago de toda mi ropa y entro en la ducha mojándome el cuerpo entero. Tengo el ceño fruncido y no desaparece durante todo el rato que estoy allí. Odio cuando este tipo de situaciones pasan, y odio aún más no ser capaz de decirlo.

Lanzo una maldición silenciosa cuando salgo del baño y llego a mi habitación, en donde un traje elegante perfectamente planchado y limpio se encuentra sobre la cama. Ruedo los ojos con molestia, deshaciéndome de la toalla y acercándome a la estúpida ropa que tengo que colocarme.

De mala gana, me meto en el traje organizando todo en su lugar, procurando no arrugarlo o probablemente a mamá le dé un infarto.

Media hora más tarde, estoy bajando los escalones, con el traje ajustado a mi cuerpo, el cabello peinado hacia atrás y unos zapatos malditamente incómodos. Me dejarán un dolor de pie por días, eso es seguro.

Perdiendo el control | Andy Roth MarieDonde viven las historias. Descúbrelo ahora