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3.

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Heather.

Un olor penetrante a antiséptico y medicamentos me asalta, forzándome a despertar. Mis ojos se abren en un intento de levantarme, pero una luz cegadora me obliga a cerrarlos de nuevo.

La cabeza me late con dolor y una sed intensa me reseca la garganta. A pesar de que no podía moverme, mi mente no puede evitar buscar respuestas sobre mi paradero y situación actual.

Intento levantarme nuevamente, parpadeando varias veces para acostumbrarme a la luz. Cuando finalmente lo logro, me encuentro con una mirada de ojos color miel que me observan fijamente.

Una niña, no mayor de ocho años, está de pie ante mí. Su cabello suelto enmarca su rostro y su sonrisa, que en otro contexto sería encantadora, ahora me resulta inquietante.

— ¿Qué demonios...? —balbuceo, pero mi voz sale débil y apenas audible.

La niña abre los ojos sorprendida al oírme.

—No deberías decir groserías —me reprende con autoridad, como si ella fuera la adulta y yo la niña—. Santa Claus no te traerá regalos en Navidad.

Frunzo el ceño, más confundida ahora que hace unos segundos. Vale. ¿Quién es esta niña?

Con esfuerzo, ignorando el ardor en mis músculos, me siento en la cama, observándola.

—Niña, ¿podrías...?

—Me llamo Cassandra, no "niña" —me corta mirándome indignada.

Aprieto los labios. Estaba demasiado adolorida para discutir con ella.

—De acuerdo, lo siento, Cassandra...

—Prefiero que me digan Cassie —vuelve a interrumpir.

Inhalo profundamente, en un intento por mantener la calma. La pequeña luce demasiado relajada, observándome expectante. Me recuerdo que es una niña y que no debería discutir con ella.

—Lo siento —digo. Ella parece complacida con mi disculpa y sonríe—. ¿Dónde estoy?

—Mi hermano te atropelló —responde con una naturalidad desconcertante, sentándose a mi lado.

Sus palabras me toman por sorpresa. La miro, buscando alguna explicación.

— ¿Tu hermano hizo qué?

¿Quién diablos es su hermano, por qué esta niña acaba de decir que me atropelló y qué hago aquí?

Trato de unir los puntos, pero el dolor de cabeza es abrumador. Mis extremidades están adoloridas y cualquier movimiento es una tortura.

—No te preocupes, el doctor dijo que no vas a morir —comenta ella con una sonrisa que pretende ser reconfortante.

Ella no comprende la gravedad de la situación.

—Escucha, Cassie, ¿puedes buscar a alguien que me ayude?

Ella parece considerarlo por un momento antes de asentir y bajar de la cama.

—No te muevas —ordena antes de salir corriendo de la habitación.

Aprovecho la soledad para observar el lugar. Estoy en una habitación amplia con paredes color crema y una ventana que inunda de luz el espacio. Hay una cama grande, que es donde estoy, y una mesita de noche con mi bolso. Al fondo, un armario vacío completa la escena.

Extiendo mi brazo para alcanzar mi bolso y buscar mi teléfono, pero antes de que pueda hacerlo, la puerta se abre y aparece un rostro familiar.

Es mi madre.

Perdiendo el control | Andy Roth MarieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora