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20.

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Heather.

Cuando desperté la mañana siguiente, tardé un instante en procesar lo que había pasado.

De reojo, vislumbro como Cole sigue durmiendo sobre sitio con comodidad. Sus músculos están relajados, sus labios entreabiertos y su respiración es pausada y tranquila.

Con las mejillas rojas, me levanto en puntillas cuidando no hacer ruido. No tengo el teléfono conmigo pero debido a la escasa iluminación tras la ventana supongo que aún debe ser de madrugada.

Cuidando de no hacer ruido, salgo de su habitación y voy a la mía, con el corazón ligeramente acelerado y los recuerdos de la noche anterior revolucionando lentamente mi interior.

Mi pijama huele a él. Mi cabello, mis brazos, cada sitio que tocó tiene impregnado su olor y eso está lejos de desagradarme. Ni siquiera se siente incorrecto. Es como si esto debiera ser así.

Me dejo caer sobre la cama mirando el techo. Aprovecho para buscar mi celular y dejarle un mensaje a mamá preguntando cómo está y si ya se ha ido a trabajar. Responde a los pocos minutos diciéndome que sí, y deseándome un buen día.

Quiero contarle lo que ha pasado, pero el absurdo temor a decirlo en voz alta y que la magia se acabe me recorre cada centímetro del cuerpo, así que prefiero no hacerlo y solo me limito a mirar el techo, como si estuviese reflexionando mentalmente mis actos, aunque la verdad no estoy pensando en nada en concreto solo en Cole.

¿Por qué pienso demasiado en Cole?

Se torna frustrante no saber que está sucediéndome. Es aterrador, también. Nunca había experimentado algo parecido. Se siente como si no tuviera ni una sola idea de cuáles son mis emociones. Es como si fuese otra Heather. Una completa desconocida.

Me asusta y me gusta en partes iguales.

Una hora más tarde, el sol ya ha salido en su totalidad. Me estiro sobre la cama antes de ponerme de pie y dirigirme a mi bolso dónde llevo mi ropa.

Saco un vestido blanco con estampado de flores color azul y lo dejo sobre la cama. Hay un solo baño, el que está al final del pasillo. Me quedo un instante mirando mi ropa, ¿está bien ese vestido? ¿O lo cambio por otro más bonito? ¿O mejor busco un short?

Aprieto los labios. ¿Desde cuándo me importa tanto mi apariencia, por Dios?

Niego con la cabeza apartando mis estúpidos pensamientos. Sin darle tantas vueltas, tomo el vestido y mi ropa interior, más mi jabón y shampoo.

Ojalá las habitaciones incluyeran baño y así no tendría que caminar hasta el pasillo a riesgo de que cualquiera me viera con mi apariencia de espantapájaros.

Asomo la cabeza tras el umbral. No hay moros en la costa. Me aproximo rápidamente y en puntillas a la puerta del final del pasillo, estirando el brazo hasta que mis dedos rozan la perilla.

Casi canto victoria, cuando la puerta es abierta desde el otro lado y me encuentro frente a frente con bonito abdomen levemente marcado, aunque con una pequeña pancita que se me hace adorable al instante.

Levanto la mirada, aunque sé de antemano quien está frente a mí. Cole me mira desde su lugar con una pequeña sonrisa en los labios.

Paso saliva ignorando como mi corazón se altera con emoción y mis mejillas se tornan rojas, como siempre que estoy a su lado.

No dice nada, así que tomo la primera palabra.

—Uhm, eh... disculpa. No sabía que estaba ocupado.

—Ya terminé —dice, saliendo de la habitación. Camino dos pasos hacia atrás sin poder quitarle los ojos de encima. Eso parece gustarle.

—Buenos días, por cierto —añade luego de un instante.

Perdiendo el control | Andy Roth MarieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora