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Maratón 2/3.

Cole.

Mamá quedó embarazada de mí a los diecinueve. Era hija única y fue criada por el abuelo, un hombre estricto y riguroso. La abuela siempre viajaba, casi no la veía, hasta que se enteró que vine al mundo.

El abuelo la obligó a contraer matrimonio con mi padre. No podía permitir que su hija tuviera un embarazo sin estar casada ni mucho menos le parecía correcto la idea de que su primer nieto fuera un bastardo.

Mi madre no quería tenerme, lo he sabido siempre, pero aún así, me tuvo pero nunca ha estado realmente. Se concentró en el trabajo y en hacerse una vida digna. En el proceso, arrastró a mi padre con ella, dejándome a cargo de la abuela.

Cuando se enteraron que Cassandra vendría al mundo, todo pasó de una manera similar. Mamá no quería tenerla, pero ya todos estaban enterados de su embarazo y así nació la mejor de los Anderson. De nuevo, mi madre se refugió en su trabajo y arrastró a papá con ella, dejándonos a cargo de la abuela.

Así, mi abue se convirtió en una madre, en un padre, en una amiga y en nuestra protección del mundo. Éramos ella y yo. Luego fuimos los tres.

Hasta ahora.

Puedo escuchar al doctor pronunciar cada palabra con voz lenta y marcada, como si supiera que no podíamos entenderle. Pero aún así, yo no escuchaba.

Parecía intentar explicarnos algo, pero no soy consciente de nada más que de una sola palabra:

Falleció.

La recuerdo está mañana. Dijo que se sentía mal. Insistí en quedarme, en buscar un doctor. Se negó. Debí insistir más.

Entonces, el recuerdo cambia.

Soy yo, de pequeño. A mi lado está ella, sujetando mi bicicleta mientras conduzco por la calle vacía. Le pedía que no me soltará porque podía caer, sin embargo, ella insistió en que ya estaba listo.

¿Es lo mismo ahora?

No me sueltes, digo en mi mente, por favor, no me sueltes.

Pero, estoy seguro, ella ya no puede escucharme. No oye mis súplicas, ni mis lamentos. Ni siquiera yo mismo soy consciente de que he comenzado a llorar hasta que mis rodillas caen al suelo y siento una mano sobre mis hombros, frotándolos con fuerza.

—Llamaré a tu madre —escucho a alguien decir. Supongo es papá, pero no estoy seguro.

No estoy seguro de nada.

Heather me sostiene con fuerza mientras las lágrimas caen de mis ojos con intensidad. Miro a la pared del frente mientras lloro, aunque no soy del todo consciente que lo hago.

Mi cuerpo se mueve a voluntad propia mientras mi mente sigue divagando en lo mismo.

Falleció.

Cuando Cassie nació, me enojé porque sabía que tendría que compartir a la abuela y no quería. Le dije que odiaría a mi hermana por quitarme lo único que quería. Mi abuela sonrío. Dijo que su amor era infinito y que siempre iba a pertenecerme.

¿Ha dejado de pertenecerme ahora que ya no está?

Nunca creí que algo podría doler tanto. Imaginé muchos sucesos alrededor de mi vida donde yo saliera lastimado, herido. Pero esto... esto no tiene comparación con nada.

Estoy en un bucle. En un sentimiento eterno de ahogamiento. No parece acabarse.

Falleció.

Cuando era niño, solía sufrir de ataques de pánico. El psicólogo que mi abuela contrató decía que se debía a la poca atención de mis padres. Me recomendó ejercicios para cuando tuviera crisis y diferentes actividades para superarlo.

Perdiendo el control | Andy Roth MarieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora