26.

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Maratón 3/3.

Heather.

Nunca le había dicho a nadie que lo quería. Es decir, se lo he dicho a mamá, a papá, e incluso a Anne, pero jamás en este sentido. Nunca había querido a nadie de esta forma.

Y ahora... se lo he dicho a él. Y lo peor es que no me ha respondido.

Todo se ha sumido en un silencio casi que insoportable. Lo único que hemos hecho ha sido mirarnos mutuamente como si ninguna pudiera creer la palabra que ha salido de mis labios.

Siento cada latido feroz que me desgarra lentamente por dentro en cuanto me doy cuenta de cómo su expresión va cambiando. Primero, parece sorprendido, incluso algo confuso... pero después parece ¿decepcionado?

Aprieto los puños a mis costados dando un paso lejos de él. No debí decir lo que dije. ¡No debí hacerlo!

—Lo siento. Lo lamento. Sé qué no es momento. Sé que no debí decirlo. Perdón.

Dios.

Estoy diciendo puras incoherencias. Parezco una idiota. Soy una idiota.

Cole sigue en silencio. No dice ni una sola palabra y eso comienza a carcomerme por dentro.

— ¿Por qué te quedas callado? —Susurro—. Di algo, Cole, lo que sea... esto es jodidamente incómodo, ¿lo sabes, no?

Sus labios parecen sellados. Es casi un silencio infernal. Quema. Duele.

—De acuerdo, lo siento —murmuro—. Me pediste que te dejará solo. Debí cumplirlo. Perdón, yo...

—No puedes quererme —me corta de tajo, mirándome con total seriedad.

Parpadeo por el impacto de sus palabras.

Creo que está bromeando. Pero me mira totalmente serio. No bromea.

— ¿Qué?

—No puedes quererme —repite lentamente, como si quisiera que cada palabra se grabara en mi cabeza.

—No, es decir —frunzo el ceño—. Tú también los dijiste, ese día en mi habitación... dijiste que me querías.

—Heather...

—No tiene sentido —murmuro, negando con la cabeza.

—No puedes quererme, Heather, no así —repite. Maldición. Eso duele. Que lo diga duele.

No lo digas nuevamente, por favor.

—Entiendo si no sientes lo mismo, pero no... no me digas que no puedo... no entiendo... Dios, no sé cómo reaccionar a esto.

Me froto la cara con frustración. No sé porque de pronto quiero echarme a llorar. ¿Qué he dicho? Maldición.

Debí mantener la boca cerrada. No debí decirle nada. Él no quería escucharlo y yo no tenía que decírselo.

Entonces, la puerta de su habitación es abierta y la figura de su padre aparece por el umbral. Se sorprende en cuanto nos ve.

—Lamento interrumpir, chicos, pero ya es hora.

Miro durante un momento a Cole, quien aparta la mirada en cuanto mis ojos encuentran los suyos. La fija en algún punto detrás de mí pero no me mira en lo absoluto, ni siquiera de reojo. Está tenso, con la mandíbula comprimida y los puños apretados.

No necesito más que eso para saber lo que significa.

—Vale —murmuro, aunque dudo que alguna me haya escuchado.

Perdiendo el control | Andy Roth MarieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora