28.

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Heather.

Han pasado tres semanas desde la última vez que vi a Cole.

Todo ha sido un desafío desde entonces. Mi vida se sumió en no hacer más que estudiar para los exámenes y acompañar a Anne en todos los preparativos para el día del baile, aunque a mí eso no me importaba en lo absoluto.

Llegue a un punto en el que parecía moverme por inercia, de manera robótica y automática.

Ahora soy tan diferente a la Heather que era meses atrás y me pregunto que fue exactamente lo que cambió y cómo permití que pasara, pero ya no hay marcha atrás. Así son las cosas ahora.

En este momento me encuentro con Anne en mi habitación preparándonos para el dichoso baile de graduación. Insistí en no ir, pero Anne casi me apuñala cuando se lo sugerí.

Mi mejor amiga no deja de moverse de un lado a otro con un zapato diferente en cada mano, mirándolos como si fuesen la cosa más horrenda del mundo.

—Decídete por uno —la apresuro porque comienza a hacerse tarde y ella aún no sabe cuál ponerse.

Esta entre un zapato de tacón altísimo totalmente azul con perlas brillantes en la parte de adelante y uno un poco más casual, es totalmente negro y posee un tacón bajito.

—Con este me veo como una señora —señala el negro.

—Entonces no te lo pongas —le digo mientras termino de retocar mi maquillaje.

— ¡Pero con este me veo como ramera! ¡Y no sé caminar con tacones tan altos!

Dios. Ella parece a punto de echarse a llorar y yo voy por el mismo camino si sigue así.

—Cualquiera de los dos lucen bien —digo, porque es verdad.

— ¡Lo dices porque tú te ves perfecta! —Chilla de nuevo.

La verdad es que no me veo tan mal. Me visualizo en el espejo de cuerpo completo y sonrío ante mi reflejo.

Mamá me ha regalado un vestido negro justo para esta ocasión, es bastante casual pero al mismo tiempo elegante. Me queda ajustado hasta la cintura y de allí desprende la falda con pequeños pliegues hasta un poco más debajo de mi muslo. Llevo unas botas de plataforma negra que me regalan varios centímetros más de altura y el cabello lo he dejado suelto y rizado, permitiendo que los rulos dorados que me tomaron tres horas en hacer, se deslicen por mi espalda.

Y mi maquillaje, a pesar de ser sencillo, me luce muy bien. He resaltado mis ojos con delineador y rímel, he aplicado rubor e iluminador en las áreas correspondientes y finalmente eche rojo sobre mis labios.

Sí, luzco bien.

—Anne —mamá aparece tras el umbral de la puerta de mi habitación con una caja en manos.

— ¿Qué? —Espeta la morena irritada.

—Llevas una hora quejándote de tus zapatos, así que ten estos —le tiende la caja—. Espero sean de tu agrado.

Mi mejor amiga toma la caja esperanzada. La abre casi que a la velocidad de la luz sacado unas zapatillas del mismo color de su vestido —azul oscuro— con leves adornos dorados que combinan con el cintillo que ella se ha colocado y el color de su sombra de sus ojos.

Mi amiga abre los parpados ante lo que tiene enfrente. Mamá y yo aguardamos ansiosas para saber qué tal parecen.

—Oh, Dios...—murmura—. ¡Son perfectos!

— ¿Si te gustan? —Mamá sonríe.

Anne apresura a colocárselo asintiendo con la cabeza.

— ¡Son lo más bonitos que he visto en mi vida!

Perdiendo el control | Andy Roth MarieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora