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17.

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Este capítulo no está revisado.

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Heather.

— ¡Feliz cumpleaños! —Alguien grita.

Entreabro los ojos, somnolienta, intentando adaptarme a la luz que se cuela a mi habitación.

Distingo a mamá mirarme sonriente a un lado de la cama, con un pastel enorme perfectamente decorado con crema rosada. Dos velas sobresalen formando un bonito "18" brillante y es entonces cuando me doy cuenta que día es hoy.

Quince de mayo.

Mi cumpleaños.

Me incorporo sobre mi cama elevando la comisura de mis labios en una sonrisa al notar que mamá ha preparado mi pastel favorito: de fresa. Las velas están encendidas y ella las señala sonriendo.

—Sopla y pide un deseo —insiste, acercándome al pastel. Soplo sobre las velas que se apagan al instante.

—Gracias —le digo finalmente, sin dejar de sonreírle.

—No puedo creer que ya tengas dieciocho años —murmura—. ¡Sí parece que fue ayer cuando me destrozaste la vagina porque eras muy cabezona!

— ¡Mamá! —Chillo avergonzada. Menos mal no hay más oyéndola.

—No me reproches, yo aguante veinticuatro horas de parto y te amamanté hasta los dos años, más bien deberías ser tú quién me preparé el pastel...—parece meditarlo y luego niega con la cabeza—... mejor no, no quiero que me envenenes.

—Gracias por toda esa fe que tienes en mí —mascullo.

—Te lo he dicho muchas veces, tú y la cocina son un desastre.

—He mejorado.

—Mejor déjame lo de ser chef a mí —se ríe—, tú eres igual que tu padr...

Se calla de golpe aunque ya es tarde. Ya sé lo que va a decirme. Y sé que ella sabe cuánto odio esa frase. No me gusta recordar que me parezco a él, porque no quiero serlo. No quiero parecerme al sujeto que me abandonó luego de haber jodido a nuestra familia por meses. Me hace sentir asqueada.

—Lo siento —susurra ella luego de un largo minuto de silencio.

—No te preocupes, sé que mi escaso talento culinario no lo heredé de ti —le sonrío para que se tranquilice, no es necesario discutir hoy. Ella lo nota y relaja sus hombros.

Dos golpecitos en la puerta de mi habitación llama nuestra atención. Anne aparece en el umbral con un enorme oso de peluche que debe medir como un metro y una caja gigante de lo que parece ser chocolates.

— ¿¡Dónde está la cumpleañera y mi mejor amiga en el mundo entero!? —Grita caminando dentro de la habitación.

Como el peluche es enorme y también lleva la caja, se tambalea y de vez en cuando parece que va a perder el equilibrio. Pero logra llegar sana y salva a mi cama, donde tira todo lo que trajo sonriéndome abiertamente.

— ¿De dónde has sacado todo eso? —Inquiero arrugando la nariz al ver el enorme oso de peluche.  Debe medir un par de metros y no estoy exagerando.

Mamá trata de ayudarla a estabilizar el oso sobre la cama.

—Es un regalo, no debo decir como lo obtuve.

—Pero ese oso debe costar como mil dólares —expresa mi progenitora.

—Ni que fuera real —espeta Anne rodando los ojos—. Vale lo justo y necesario y mi mejor amiga se merece esto y mucho más.

Perdiendo el control | Andy Roth MarieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora