24.

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Maratón 1/3.

Cole.

—Maldito dolor de cabeza —masculla mi abue en cuanto entro a la cocina.

Se mueve de un lado a otro aferrándose a su bata de dormir.

— ¿Estás bien? —Inquiero preocupado acercándome a ella.

—Sí, cariño. Solo tengo muchísimo malestar —responde suspirando—. Ya me he tomado todo el analgésico y aún no se me quita el dolor de cabeza.

Se sienta sobre una de las sillas de la cocina suspirando.

La miro preocupado. La abuela no es de sentirse enferma solo porque sí, aunque últimamente ha sufrido muchos malestares.

De todos modos, hago caso de lo que dice.

— ¿Mamá ya se fue? —Pregunto. No la he visto desde la cena. No sé si ha estado evitándome o realmente tiene mucho trabajo.

—Ya se fue —responde mirándome—. No vayas a decirle nada.

La abuela ya está al tanto de lo que pasó con Heather en la cena.

—La humilló, abuela.

—Lo sé, pero tu madre suele ser así.

—Eso no es ningún justificativo —arrugo el entrecejo.

—Sé que es difícil de entender, Cole.

—No es difícil de entender. Mamá se comportó como una mierda con Heather —me mira mal al escucharme decir una mala palabra, pero no presto atención—. No puedes pretender que actúe como si nada.

—Cole, tu madre no la ha pasado bien, lo sabes.

—Eso no es mi culpa, ni mucho menos de Heather.

—Lo sé, cariño. Pero es que ella solo quiere lo mejor para ti.

—Ya deja de decir eso —mascullo.

Cierra sus ojos asintiendo. Vuelve a llevarse una mano a la cabeza e imagino que el malestar continúa. Olvido lo de mamá acercándome a ella con preocupación.

— ¿Quieres que me quede? —Sugiero.

Voy saliendo a clases. Ya estoy vestido y con las llaves en mano. Se supone que venía a despedirme.

—No, cariño. Está es la semana de presentar los exámenes finales. No puedes faltar.

—Podría hablar con el director y...

— ¿Qué? No —me corta—. Ya de por sí está enfadado por la última vez. No queremos más problemas con ese señor y que nos siga sacando dinero.

—Bien —suspiro—. Al menos déjame llamar al doctor.

Nuevamente, vuelve a negarse.

—Solo es un malestar, Cole. Anda a clases.

La observo no muy convencido. Está pálida y se nota débil. Pero la abuela es terca y aunque insista, no va a prestarme atención.

—De acuerdo, pero llámame cualquier cosa.

—Lo haré, cariño.

Me sonríe.

Me acerco a ella para besar su cabeza y dejar que me dé un sonoro beso en la mejilla.

Finalmente, me despido con la mano aunque sé que debería insistir un poco más y quedarme a cuidarla, pero de todos modos, no hago y termino marchándome.

Perdiendo el control | Andy Roth MarieHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora