El viaje continúa de forma casi improvisada. Se adentran hacia Peñalara, en plena Sierra de Guadarrama, buscando el deshielo de primavera. El paisaje se abre majestuoso: agua que corre entre las rocas, restos de nieve que resisten al sol y un aire frío y limpio que llena los pulmones.
— ¿Has estado alguna vez aquí? —pregunta Valeria, observando el entorno.
—No —responde Carla—, pero quiero volver. Sin duda.
Permanecen un rato en silencio, dejando que el lugar se les quede dentro. No hacen muchas fotos; prefieren mirar.
Más tarde retoman la marcha por la M-607, rumbo a Toledo. El día empieza a caer y el cielo se va tiñendo de tonos cálidos. Llegan justo a tiempo.
Desde el Mirador del Valle, la ciudad se despliega ante ellas. El río Tajo rodea Toledo como un abrazo lento mientras las torres y tejados se recortan contra el cielo anaranjado. El sol se despide sin prisa.
Carla abre la parte trasera de la furgo y saca dos copas y una botella pequeña de vino espumoso Yllera 5.5. Valeria la mira, sorprendida:
— ¿Esto?
—Para celebrar —dice Carla—. A nosotras. A este viaje.
Sirve el vino y chocan suavemente las copas. No dicen nada más. El paisaje, el silencio y ese instante lo dicen todo.
— ¿Te acuerdas del día que quedamos todos a cenar en tu casa? —Dice Valeria—. Era la segunda vez que nos veíamos.
Carla sonríe al instante.
—Claro que me acuerdo. Te ofrecí una Coca-Cola y te llamé princesita de castillo... o algo parecido. —Se queda pensativa un segundo—. Estaba en la cocina y tú te acercaste. Nuestras manos se rozaron sin querer y sentí un escalofrío. Fue la primera vez que me pasó algo así solo con un gesto tan pequeño.
Valeria se acerca, la coge del brazo y aproxima los labios.
— ¿Como este? —susurra antes de besarla.
—Sí —responde Carla—. Pero ahora siento mucho más. Es una suma que no sé hasta dónde puede llegar.
—A mí me pasó igual —admite Valeria—. Y la verdad... fui yo la que empezó a tontear contigo.
—Puede ser —ríe Carla—, pero yo fui la primera en comerte la boca.
—En eso tienes razón. —Valeria la mira con curiosidad—. ¿Y cómo estás viviendo este viaje con los cinco sentidos?
—No puedo creer que esté disfrutando tanto de todo... y encima de tu mano. ¿Qué nos ofrece esta ciudad, señorita de letras?
Carla se anima:
—Toledo nos ofrece lo que estemos dispuestas a dar. Es una ciudad que mezcla culturas, leyendas y tiempo. Puedes perderte por su casco antiguo y sentir que viajas siglos atrás sin moverte. Aquí vivió El Greco y cada rincón tiene algo que contar.
La noche toledana las envuelve. Es mayo, el aire es tibio y la ciudad empieza a prepararse para sus fiestas. Llegan al Círculo de Arte, una antigua iglesia reconvertida en bar. El espacio impresiona: bóvedas altas, un antiguo altar convertido en escenario y luces cálidas. Piden una copa y se sientan sin prisa. Caminan por las callejuelas empedradas y se besan con naturalidad. El tiempo parece ir más despacio.
Al día siguiente retoman la ruta. Cruzan La Mancha, campos abiertos salpicados por los mismos molinos que imaginó Cervantes. Más al sur, Jaén se extiende entre olivares infinitos. El día es largo, pero ilusionante. El destino está claro.
— ¿Dónde vamos hoy? —pregunta Valeria.
—A Granada —responde Carla—. Te va a encantar.
— ¿Qué veremos?
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A través de nuestra mirada.
FanfictionValeria está acostumbrada a que todos la miren. Carla, a no saber qué hacer cuando el mundo entero empieza a fijarse en ellas. Cuando se conocen, Valeria está construyendo una carrera entre cámaras, eventos y redes sociales. Carla descubre junto a e...
