34 Viaje inesperado II

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Carla apaga el motor justo al borde del mirador, cerca de la ermita de San Frutos. Al bajar de la furgoneta, el impacto del paisaje las frena en seco.

Ante ellas se abre el cañón de las Hoces del Río Duratón: una brecha monumental de más de cien metros de profundidad donde el agua verde serpentea en curvas imposibles entre paredes de roca caliza. El cielo está atravesado por el vuelo majestuoso de los buitres leonados, recortándose contra la luz dorada de la tarde.

Valeria se apoya en el hombro de Carla, con los ojos muy abiertos, incapaz de asimilar la inmensidad del lugar.

—Madre mía... —murmura Valeria, dejando escapar un aliento largo—. Parece de película. ¿De verdad estamos en Segovia?

Carla sonríe de lado, pasa un brazo por encima de sus hombros y la atrae hacia sí para protegerla del viento fresco que sube del abismo.

—Sepúlveda, concretamente —dice Carla, dándole un beso corto en la sien

—. Tus amigas han dado en el clavo. Dijeron que este era el rincón mágico para ver el atardecer y dormir bajo las estrellas... y creo que se han quedado cortas.

Valeria se gira en sus brazos, rodeándole la cintura y mirando el río reflejar los tonos violetas del cielo.

—Pues no me pienso mover de aquí en toda la noche —susurra Valeria, apoyando la barbilla en su pecho—. Contigo, este sitio es perfecto.

Tras una cena tranquila en un asador de la villa medieval de Sepúlveda, regresan a las Hoces para pasar la noche rodeadas de naturaleza. El silencio es profundo, interrumpido solo por el rumor lejano del agua.

Ya acomodadas en la cama de la furgoneta, Valeria acaricia distraídamente la pierna de Carla.

— ¿Cómo te hiciste esta cicatriz? —pregunta con curiosidad.

—Tenía dieciocho años. Corriendo y haciendo el tonto, me di con un raíl y acabé con puntos —responde Carla—. Y lo del dedo pequeño fue una tontería con una botella.

—Eres una pupas —bromea Valeria, recorriendo la marca con la yema del dedo.

—Un poco —admite Carla—. ¿Y qué te está pareciendo el viaje?

—Maravilloso. Estar aquí contigo lo hace todo diferente.

—A mí me encanta viajar así —dice Carla—. Sin prisas, con los cinco sentidos. Y hacerlo contigo lo hace todo espectacular.

Conversan un poco más sobre lo que les espera al día siguiente en Segovia, compartiendo risas flojas hasta que el cansancio cede su lugar a una complicidad diferente en el ambiente.

Al amanecer, la primera luz entra suave y dorada por las ventanillas de la furgoneta. Carla se despierta antes y se gira para mirar a Valeria. La penumbra matutina dibuja con precisión el contorno de sus hombros y la curva de su cadera bajo la sábana.

Carla se busca un hueco bajo la manta y se acerca despacio, apoyando la barbilla en la curva del cuello de Valeria. Le deja un beso ahí, pequeñito, y luego otro un poco más arriba, buscando la piel suave detrás de la oreja.

Valeria entreabre los ojos, todavía con esa cara de dormida que a Carla le encanta. Sonríe a ciegas al sentir las cosquillas de su aliento.

—Mmm... qué manera de despertar a alguien —murmura Valeria con la voz ronca.

Sin decir nada más, pasa un brazo por la cintura de Carla y la pega a su cuerpo.

El primer beso sabe a mañana y a ganas contenidas. No hay prisa alguna. Las manos de Carla se cuelan por debajo de la camiseta de Valeria, buscando el calor de su espalda. Valeria suelta un suspiro bajito contra sus labios al sentir la yema de sus dedos fríos acariciándole las costillas.

A través de nuestra mirada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora