29 - Sentimientos Encontrados

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La luz de la mañana entraba despacio por los ventanales del hotel. No deslumbraba todavía; se posaba tibia sobre la moqueta. Desde la habitación se distinguía el perfil de Barcelona, la línea dorada de la playa y el mar, azul y quieto a esa hora.

Carla abrió los ojos. El cuerpo le pesaba un poco, señal de que el descanso había sido profundo. Estaba cansada, sí, pero con una sensación de paz desconocida. Levantó la mirada y se quedó observando a Valeria, desnuda, dormida a su lado, sin una sola línea de tensión en el rostro. Mirarla así, cuando la máquina de su día a día no estaba en marcha, se había convertido en su pasatiempo favorito. No lo hacía con prisa ni con intención; era simplemente uno de esos gestos pequeños que repetía sin darse cuenta.

Valeria seguía abrazada a ella. Dormía de verdad. Su respiración era lenta, regular, y en la cara se le notaba una calma poco habitual, como si su cuerpo hubiera decidido regalarse un rato más en ese refugio.

Carla se movió lo justo para no despertarla de golpe y fue buscando la forma de desperezarla. Le rozó el brazo con la yema de los dedos, le acercó la cara al cuello y le habló en un susurro:

—Ahhh... ¿Qué hora es? —murmuró Valeria sin abrir los ojos.

—Cariño —dijo Carla en voz baja—, tenemos que levantarnos. Hay que dejar la habitación.

—Uf... qué pereza. Anda, dame los buenos días como toca.

Carla se inclinó y la besó despacio. No había nada que a Valeria le gustara más que eso: un gesto sencillo, sin artificios. Valeria sonrió, relajándose en las sábanas, y aprovechando un descuido de Carla, le buscó los costados para hacerle cosquillas. Carla se retorció en la cama, riéndose sin poder evitarlo. Esa risa abierta y franca que siempre la delataba.

—Para... —pedía entre risas—. Para ya.

—No —contestó Valeria con malicia—. Hasta que me canse.

—Que pares, de verdad...

Valeria se detuvo al fin sobre ella, despeinada y sonriente. Carla respiró hondo para recuperar el aliento y cambió suavemente el tono de voz.

—Oye... ¿Te puedo preguntar algo?

—Claro.

—La nota que escribiste ayer, cuando estabas sentada frente a la Sagrada Familia... La que me dijiste que guardabas en el bolso.

Valeria se quedó un segundo pensativa, recordando.

—Ah... sí. Dame un momento.

Se levantó de la cama sin reparos, buscó en el bolso y volvió a la sábana con el papel doblado. Lo desplegó y lo leyó en voz alta, con voz tranquila:

«Estoy sentada en un banco. He venido muchas veces aquí y nunca había visto este lugar así. Hace unos días me trajiste de tu mano y lo descubrí contigo. La vida son momentos, y quiero seguir sumando momentos.»

Carla la miró en silencio, escuchando el eco de las palabras.

—¿Eso sentiste de verdad?

—Sí —respondió Valeria, mirándola a los ojos—. Ese sitio ya me recuerda a ti. A lo que vivimos ese día.

—La belleza —dijo Carla con suavidad— está en los ojos que miran.

Valeria sonrió, acariciándole la mejilla.

—Totalmente. Lo que para uno no significa nada, para otro puede serlo todo.

—¿Te puedo decir algo más?

—Claro.

—Para el mundo eres alguien. Para alguien, eres el mundo.

Valeria resopló, medio riéndose por la declaración inesperada.

A través de nuestra mirada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora