Habían vuelto. El viaje en furgoneta había cumplido su función: diez días a solas, dos mil setecientos kilómetros y el tiempo justo para ordenar lo que había quedado a medias antes de que la rutina las reclamara de nuevo.
Carla dejó caer la mochila junto al umbral y se apartó para dejar pasar a Valeria. En el salón, Sara, Marta, Alicia y Miriam habían desplazado la mesa baja junto al sofá, entre botellas a medio vaciar y un cuenco con patatas rancias.
—Hola a todas —saludó Carla, apoyándose en el cerco de la puerta.
Sara bajó el volumen de la televisión.
—Míralas. Ya estáis aquí. ¿Qué tal el camino?
—Cansadas —respondió Carla, notando la piel de la cara tirante por las horas de carretera.
Marta se levantó para mirar la furgoneta desde la ventana.
— ¿Qué tal la máquina? ¿Ha aguantado?
—Ni un chasquido —dijo Carla—. Pero la próxima vez te ajustas un poco con el mapa. Menuda paliza de kilómetros.
—Os pasé la ruta para que escogierais, Carla —protestó Marta sin girarse—. No hacía falta hacerlo todo.
Valeria soltó su bolsa en el recibidor.
—Eso mismo le decía yo —apuntó con una sonrisa tenue.
—Tú también querías parar en cada cala —replicó Carla.
—En todas no —dijo Valeria, demasiado rendida para discutir. Se hizo un hueco en el sofá y dejó el teléfono sobre las rodillas.
— ¿Queréis unas birras? —ofreció Sara.
—Yo sí, por favor.
Mientras Sara iba a la cocina, Marta volvió a su asiento.
—Venga, soltad. ¿Qué os ha gustado más?
—A mí, la costa de Almería —dijo Carla—. Cabo de Gata, sobre todo. Me habría quedado allí una semana más.
—En la cala de San Pedro casi echamos raíces —añadió Valeria—. Cada vez que le decía de recoger, se metía otra vez al agua.
—Después de la caminata, no pensaba salirme en cinco minutos.
Sara volvió con un vaso de agua. Carla lo cogió, bebió a tragos largos y se apretó el cristal frío contra la muñeca.
— ¿Había mucha gente? —preguntó Miriam.
—Al principio estaba desierto —dijo Carla—. Encontramos un rincón entre las rocas y se estaba de gloria.
—Hasta que a esta le entró hambre —puntualizó Valeria.
—Habíamos desayunado a las ocho de la mañana.
—Ya, ya. Me lo dijiste cuatro veces.
Carla soltó una risa breve. Valeria la miró un momento antes de responder a Alicia, que le preguntaba por Segovia.
—Una maravilla —respondió Valeria, iluminando la pantalla del móvil—. Y el Monasterio de Piedra también. Espera, que tengo fotos.
Desbloqueó el teléfono y se lo tendió. Miriam se inclinó para mirar; Marta, en cambio, se quedó observando a Carla.
— ¿Se dormía bien ahí dentro? —preguntó Marta.
—De espacio sobra si sabes organizarte —respondió Carla—. Lo pesado era desmontarlo todo cada mañana.
—Porque dejábamos las cosas por el suelo —admitió Valeria.
—Dejabas.
—Bueno, dejaba.
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A través de nuestra mirada.
Fiksi PenggemarValeria está acostumbrada a que todos la miren. Carla, a no saber qué hacer cuando el mundo entero empieza a fijarse en ellas. Cuando se conocen, Valeria está construyendo una carrera entre cámaras, eventos y redes sociales. Carla descubre junto a e...
