Valeria se quedó sentada en el mismo sitio donde Carla la había dejado. No se movía. Frente a ella, la taza de café se había enfriado por completo, dejando una fina capa en la superficie. Tenía la extraña sensación de que todo había ocurrido a una velocidad ridícula, sin previo aviso, como un choque en cadena. No alcanzaba a entender cómo algo que parecía tan sólido, tan real y tan construido a fuego lento se había quebrado por completo en una sola frase.
Al principio no lloró. Se quedó vacía, congelada en la silla de la cafetería, mirando un punto fijo en la pared mientras el murmullo de la gente a su alrededor se convertía en un ruido blanco e insoportable. ¿En qué momento se ha complicado todo?, se preguntaba una y otra vez.
No tenía dudas sobre lo que sentía por Carla. Ni una sola. Lo que tenía era miedo. Un pánico atroz a la intensidad, a no saber cómo gestionar algo tan grande, a perder el control de su propia vida cuando apenas estaba empezando a entender su nueva realidad. Pero Carla no lo había leído así. Para Carla, ese miedo no era más que una excusa elegante, un rechazo en toda regla, la confirmación de sus peores temores.
Valeria lo sabía bien: Carla era testaruda como ella sola. Cuando se sentía herida, levantaba un muro y se cerraba en banda. Pero también conocía el miedo que había detrás de aquella reacción. Carla temía que algún día Valeria mirara atrás y descubriera que lo suyo solo había sido una etapa, una forma de descubrir una parte de sí misma que hasta entonces desconocía. Valeria apretó los puños sobre la mesa, sintiendo un nudo en la garganta. Quería creer que podría hacérselo entender. Quería volver a sumar momentos con ella; lo deseaba más que nada en este mundo.
Al otro lado de la ciudad, Carla caminaba sin rumbo por Barcelona. Necesitaba moverse, sentir el asfalto bajo sus botas, notar el aire frío en la cara para convencerse de que no se estaba ahogando. Caminó rápido al principio, esquivando a los peatones con zancadas largas, y luego más despacio, con las manos hundidas hasta el fondo de los bolsillos de la chaqueta.
Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron por el mapa de sus propios recuerdos. Calles estrechas del Born, la esquina donde esperaron juntas bajo la lluvia, el banco del parque donde se rieron hasta que les dolió la tripa. Cada rincón le devolvía un reflejo de Valeria. Rabia y pena se peleaban en su pecho. No pudo evitar que se le escapara alguna lágrima, pero se la limpió rápido con el dorso de la manga. No quería dramatizar ni romperse allí en medio, pero dolía.
Los días siguientes fueron un goteo constante de ausencia. Valeria llamaba. Escribía. El teléfono sobre la mesita de noche de Carla vibraba una y otra vez iluminando la habitación en la penumbra. No obtuvo respuesta.
Carla intentó atrincherarse en su rutina: el trabajo en el bar, los turnos dobles, las carreras en el metro. No se aisló por completo del mundo, pero tampoco estaba dispuesta a airear su miseria con cualquiera. Sara y Marta eran su único refugio seguro.
Una tarde de domingo, las tres estaban en el piso compartido, sentadas en el sofá frente al televisor encendido. Nadie prestaba la más mínima atención a lo que salía en la pantalla.
—Últimamente estás rarísima —soltó Marta rompiendo el silencio, sin quitar los ojos de Carla—. Más apagada, como si estuvieras en otro sitio.
—Sí —añadió Sara desde el otro extremo—. ¿Qué te pasa exactamente?
—Nada —respondió Carla con tono neutro, mirando fijamente la lata de refresco que sostenía entre las manos—. Días tontos. Sin más.
—A mí no me cuela, Carla —insistió Marta.
—Ni a mí tampoco —remató Sara—. Suelta ya lo que tengas.
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A través de nuestra mirada.
FanfictionValeria está acostumbrada a que todos la miren. Carla, a no saber qué hacer cuando el mundo entero empieza a fijarse en ellas. Cuando se conocen, Valeria está construyendo una carrera entre cámaras, eventos y redes sociales. Carla descubre junto a e...
