En el sofá del salón, envueltas en la penumbra , Sara y otra chica se enredaban entre risas contenidas y ropa a medio quitar. En el aire flotaba el rastro denso del tabaco y un perfume dulzón.
Carla dio un paso atrás sin llegar a cerrar la puerta del todo.
—Avisad si vais a usar el salón —dijo con voz neutra, sin subir el tono.
Sara se incorporó despacio, apartando los mechones rubios que le cubrían los ojos. Ni se inmutó.
—Llegas pronto. Y esta es mi casa tanto como la tuya.
La chica que la acompañaba recogió la camiseta del suelo a toda prisa, murmuró un disculpad que se perdió en el pasillo y se escabulló hacia el baño. En cuanto la puerta del fondo se cerró, el salón volvió a quedarse en silencio.
Carla dejó las llaves sobre la mesa del centro, al lado de una lata de cerveza a medias. No hizo ningún comentario.
—Menuda cara traes —dijo Sara, abrochándose el pantalón—. ¿Otra bronca con Valeria?
—No.
—Pues lo parece.
Carla se apoyó contra el marco de la cocina.
—Le han ofrecido un viaje patrocinado a Menorca. Quiere que vaya con ella.
—Pues vete —dijo Sara simplemente—. Habla con el encargado.
—No me va a dar una semana libre de hoy para mañana. Sabes cómo se pone con los cuadrantes.
Sara se cruzó de brazos, observándola con una mueca calculadora.
—Dile que me ponga a mí en tu lugar. A él le viene bien porque no tiene que buscar a nadie fuera y a mí me viene de lujo las horas extra.
Carla se quedó inmóvil unos segundos, evaluando la propuesta. Era una salida limpia.
—Tiene que dar el visto bueno él.
—Lo dará —sonrió Sara—. Pídeselo mañana a primera hora.
A la mañana siguiente, Valeria se despertó pasadas las diez con la sensación de no haber pegado ojo. El lado izquierdo de la cama seguía vacío. Al desbloquear la pantalla del teléfono, encontró un mensaje corto de Carla enviado a las ocho:
«Hablamos luego. Arréglate al salir del trabajo, que voy a buscarte a tu casa».
Valeria miró la pantalla, intrigada. Carla nunca proponía planes a mediodía sin explicar el motivo.
Cuando Carla llegó dos horas después, la madre de Valeria le abrió la puerta con una sonrisa familiar.
—Hola, Carla. Pasa, pasa.
—Hola, Ana. ¿Está arriba?
—Terminando de vestirse. Lleva media hora cambiando de ropa, como si fuera a salir en la televisión.
Carla subió los escalones de dos en dos. En el dormitorio, Valeria apuraba un pincel frente al espejo del tocador. Al ver el reflejo de Carla en el cristal, dejó el maquillaje sobre la mesa, se giró y se le echó al cuello, buscándole la boca con una prisa urgente, casi desesperada.
Carla la sostuvo por la cintura para no perder el equilibrio, pero no terminó de dejarse llevar. Separó los rostros unos centímetros para mirarla a los ojos.
— ¿Qué era eso tan misterioso? —preguntó Valeria con la respiración entrecortada, acariciándole la nuca—. Me has tenido en vilo desde que me he despertado.
—Nos vamos a Menorca —dijo Carla.
Valeria se quedó paralizada. Una chispa de incredulidad le cruzó la cara antes de soltar una risa breve y volver a besarla en las mejillas y en la barbilla, atropelladamente.
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A través de nuestra mirada.
Fiksi PenggemarValeria está acostumbrada a que todos la miren. Carla, a no saber qué hacer cuando el mundo entero empieza a fijarse en ellas. Cuando se conocen, Valeria está construyendo una carrera entre cámaras, eventos y redes sociales. Carla descubre junto a e...
