32- Reencuentros

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EEl tiempo pasa y llega el inicio de la primavera. Valeria sigue inmersa en su trabajo, intentando cuadrar unos días libres para preparar la sorpresa que lleva semanas pensando. No va con prisas, pero tampoco ha soltado la idea.

Carla, mientras tanto, está en Girona pasando unos días con su familia. El ritmo es otro: paseos cortos, comidas largas, silencios cómodos. Se siente en paz. Hacía tiempo que no estaba así.

Una tarde se queda a solas con Leticia, su hermana mayor. Se parecen muchísimo: los mismos gestos al hablar, la misma forma de entornar los ojos cuando se quedan pensando. Están en la terraza, con la luz dorada del atardecer cayendo sobre la mesa, y la conversación surge sin buscarla.

—Carla... ¿qué tal estás con Valeria? —pregunta Leticia, lanzando la frase con suavidad pero irrumpiendo en el silencio.

Carla no responde de inmediato. Contempla el vapor que sale de su taza, procesando la pregunta antes de poner la voz en marcha.

—Nos hemos dado un tiempo —dice al fin, despacio—. Bueno... en realidad fui yo la que decidió parar.

Leticia se detiene con la taza a medio camino de la boca.

— ¿Os habéis peleado?

—No. Ojalá fuera solo un desencuentro puntual —responde Carla, mirando hacia el jardín—. Tuvimos una conversación... y yo interpreté mal las cosas. Me precipité.

Leticia frunce el ceño ligeramente, apoyando los codos en la mesa.

—A ver, explícame, porque me pierdo.

Carla duda un instante. Se pasa los dedos por la sien, buscando la manera exacta de expresarlo sin guardarse nada, pero sin sonar melodramática.

—Me cuesta un poco hablar de esto... Ya sabes que siempre me ha llevado tiempo abrirme con lo que me pasa dentro, incluso aquí en casa.

—Lo sé —sonríe Leticia con ternura—. Pero somos hermanas. Y si algo he aprendido de estos años es que guardártelo todo sola no siempre te protege.

Carla esboza una sonrisa cansada y se echa un poco hacia atrás en la silla.

—Tienes razón —suspira—. A ver... ¿alguna vez has sentido una conexión tan fuerte con alguien que te desarma? No hablo solo de atracción o de estar a gusto. Hablo de una sensación casi física de entrega, de esas que no se buscan, simplemente ocurren. A mí me pasó con Valeria.

Leticia la escucha en silencio, impresionada por la firmeza y la sensibilidad con la que habla.

—No sé si hasta ese punto —admite Leticia—. He tenido relaciones muy bonitas, pero por cómo lo dices... suena a algo distinto.

—Lo es —continúa Carla, bajando la voz pero manteniendo la claridad en cada palabra—. El problema es que, cuando te expones de esa manera, te quedas al descubierto. Muestras tus zonas oscuras, tus miedos. Valeria lo hizo conmigo, pero al verse tan vulnerable, se asustó. Retrocedió un paso.

—Y tú pensaste que se estaba arrepintiendo.

—Pensé que dudaba de lo que sentía. O que para ella esto era solo una etapa más —admite Carla, dejando entrever la culpa que lleva masticando estos días—. Me dolieron las dudas y me encerré. Mi primer impulso fue distanciarme antes de que fuera más difícil. Ahora entiendo que su miedo no significaba falta de amor, solo significaba eso: miedo.

— ¿Y por qué no la llamas ahora que lo ves claro? —pregunta Leticia suavemente.

—Porque el espacio nos hace falta a las dos —explica Carla, convencida—. Si vuelvo corriendo, lo haré desde la culpa, no desde la certeza. Necesito que ella resuelva sus miedos sin que yo la presione, y yo necesito aprender a no ponerme el escudo a la primera de cambio.

A través de nuestra mirada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora