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Altero supo todo este tiempo de los encuentros entre Saulum y el curelingo. Saulum le mantenía al tanto de casi todo lo que ocurría en estas reuniones y de este modo Altero quedaba tranquilo y no había necesidad de que nadie más supiera sobre estos encuentros. Altero no encontraba esto más extraño que otras rarezas de su amigo así que prefirió confiar en él. Además encontraba en extremo interesantes las cosas que Saulum le contaba a veces aunque no podía dejar de prevenirle de que si esto se supiera, los generales no lo verían con ojos tan permisivos como los suyos.

Pero nunca había ocurrido nada.

Saulum discutió con él la posibilidad de que el curelingo pudiera hacer llegar una carta a su familia. Altero se opuso de todas las maneras pero Saulum actuó por su cuenta y Altero se limpió las manos y seriamente fue entonces cuando se planteó denunciar este comportamiento a sus superiores y así amenazó a Saulum pero este, una vez más, le convenció de que nada ocurriría, que él asumiría toda la responsabilidad y que él jamás se vería implicado. Altero, a regañadientes, permaneció en silencio, pero avisó de que no permitiría ningún otro comportamiento que pusiera en peligro la seguridad de sus hombres. Saulum le aseguró de que era la última vez.

Fue Altero el primero en recibir la noticia de boca de uno de sus hombres, junto con una caja de madera de palisandro sellada; un pequeño grupo de curelingos ataviados con exquisitas vestiduras habían levantado una gran carpa justo en el límite de la frontera en un pequeño claro en la falda de la montaña arbolada. Habían situado banderas blancas por todo el perímetro y en general el aspecto del conjunto era amistoso, nada belicoso. Situaron al frente pajes con banderas blancas que enunciaban a viva voz y haciendo uso del dialecto humano, que venían en son de paz portando un mensaje para ser entregado a los grandes señores humanos.

La Lanza de Fedalar, que era la más adelantada, fue la que se encontró este extraño escenario. Tan inusual era que Fedalar no supo que hacer o cómo reaccionar en un principio. Algo receloso, envió a dos hombres al encuentro de uno de estos pajes. Todos estaban preparados para una trampa que nunca estuvo planeada. El paje entregó una caja sellada a los dos hombres - la misma que ahora tenía Altero mientras escuchaba, comprendiendo a la perfección todo lo que estaba ocurriendo - y sin más, se alejó en dirección de la gran carpa. En el interior de la cajita había dos rollos de pergamino lacrado que al ser desenrollado contenía un texto de letras de trazos góticos en color escarlata, uno de ellos escrito claramente en legibles vocablos del dialecto humano común y, el otro, en curelingo. En el primero se leía la cabecera: A la atención del Señor de la Guerra de la Frontera Noroeste. Para Saulum.

Altero despachó al hombre y mandó llamar a Saulum. Este acudió una hora después. Justo acababa de llegar de una ronda de vigilancia. Cerraron la puerta con llave detrás de ellos y juntos abrieron la caja sellada con ávida curiosidad. Tenía el sello roto. Había sido investigada diligentemente por Fedalar y luego por el jefe de llaves de Puerta de Entrada, aunque ninguno de los dos tenía ni la más mínima idea de lo que ponían pues no sabían leer. El otro pergamino tenía como destinatario, como bien pudo atestiguar después Saulum, a Adaverk.

Leyeron primero el destinado a Adaverk. Saulum tradujo todo lo bien que pudo. En todo caso era una carta sencilla y bien escrita; líneas que expresaban alegría y congoja, esperanza y ansias de reencuentro. Lo demás eran noticias de cosas que habían cambiado en cinco años. No había nada que hiciera pensar en algo extraño. Ambos estuvieron de acuerdo tras una hora de minuciosa exploración del documento.

Luego leyeron juntos la misiva dirigida a Saulum; primero agradecía la bondad de permitir que su esposo se pusiera en contacto con ella. Lo calificaba como un acto de paz que jamás sería olvidado. No olvidaba, no obstante, las formalidades; eran dos dirigentes de bandos opuestos y estaba segura de que juntos podrían llegar, tras pacíficas negociaciones, a un acuerdo por el cual ella reclamaba la repatriación de su marido. Refería que estaba dispuesta a ceder tierras o bienes hasta llegar a una justa transacción. Invitaba al joven señor a reunirse con ella para discutir los términos de la negociación. Ella la esperaría en la carpa dispuesta en la misma frontera al abrigo del Kirierne, la montaña.

Saulum, el Sin MadreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora