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De nuevo a la sombra de los muros de la ciudad, los curelingos se asomaban curiosos a observar al ejército de humanos mientras estos les devolvían las miradas desde el campamento con misma curiosidad. Los soldados de uno y de otro mando se observaban cautelosos incapaces todavía de compartir la misma familiaridad con la que Saulum y los monarcas se movían.

            Cierta vez, un curelingo alto y esbelto se acercó a un grupo de humanos y por señas trató de comunicarse con ellos. Saulum que andaba cerca y apreció como positivo aquel acercamiento, se aproximó para servirle de traductor. El curelingo proponía iniciar un partido de baloncesto; curelingos contra humanos. Los humanos aceptaron el reto aunque no conocían en qué consistía el juego. Tras explicaciones del curelingo, traducidas por Saulum, iniciaron el partido.

            Hubo ciertos rifirrafes pero en general el juego fue bastante fluido; se instituyó un árbitro de cada raza por lo que las infracciones se pagaban y todo parecía más o menos justo. Más o menos, porque la altura de los curelingos era una gran ventaja ante la que los humanos, a pesar de que se defendían bien, nada podían hacer. Ambos bandos no obstante parecían estar pasándolo bien. Desde las almenas y los muros, los curelingos animaban al equipo local y reían ante la incompetencia de los humanos.

            Saulum notaba el desánimo de sus hombres y cuando ya la paliza era contundente, se acercó al centro y tomó la pelota. Adaverk, que presentía lo que iba a ocurrir, empezó a reírse a carcajadas. Saulum le guiñó un ojo.

- Bueno amigos, ya es suficiente. – Echó la pelota al suelo y la retuvo con un pie. - Ahora vamos a enseñaros nosotros un juego, un juego que practicamos los humanos. Se llama balón pie. Estas son las normas.

El ejército humano irrumpió en carcajadas y en vítores, ante el desconcierto y desconfianza de los curelingos que no obstante consintieron ávidos en aprender. Hay que decir en honor de los curelingos que jugaron muy dignamente. Incluso anotaron en una ocasión (en propia puerta).

Varios cientos de hombres quedaron en Curelingia; ayudarían en la reconstrucción y en todo lo que hiciera falta a las órdenes de Dreidus. En el cambio, varios curelingos, principales consejeros de Daverisa, acompañaron a Saulum de regreso para ayudarlo en la dura tarea de reordenar el país cosa que llevó su tiempo y arduo esfuerzo.

Saulum, el Sin MadreDonde viven las historias. Descúbrelo ahora