Stellina
Violett
Mis huesos se escuecen, y un dolor indescriptible recorre mi espina dorsal. No lo puedo creer, aquí estamos otra vez.
Siento mi estómago contraerse, provocando una arcada asquerosa que saca todo mi interior, haciendo que vomite sangre sin contenerme.
—Aquí estamos otra vez, ángel —su asquerosa y repugnante voz llena mis oídos mientras termino de limpiarme los labios con el dorso de la mano.
—Cuánto tiempo sin verte —me burlo con ironía.
Casi cantaba victoria al no haber tenido una sola pesadilla desde que llegué al campamento. No sabía si atribuir ese hecho a que el teniente coronel me dejaba casi muerta o por otra razón.
—Yo también te extrañé —su voz se escucha más robótica y áspera que antes, y sin quererlo levanto la cabeza para enfrentarme a mi verdugo personal.
El piso se siente frío como siempre. El cemento y la llave goteando me acompañan en mi desilusión.
—¿Me reconoces, ángel? —sus ojos fríos están sobre mí. Esta vez tiene una apariencia completa: va vestido de traje, cabello negro bien peinado hacia atrás y sus ojos negros me miran con odio.
—Ay, claro que sí, ¿Eres el hombre que estaba en mi bañera, verdad? ¿Me puedes decir quién te mató y dejarme en paz? —al parecer mis palabras irónicas no le agradan del todo, porque en ese momento siento una punzada de dolor en el brazo, y mi hueso se rompe mientras un grito desgarrador escapa de mi garganta.
—Veo que hoy estás de mejor ánimo —murmura sin dejarme responder porque el dolor es agobiante.
Pero me vuelvo a reír a pesar del dolor, por dos razones: una, sé que es una pesadilla y que el dolor no es real, aunque se siente como uno muy real. Dos, estoy harta de verlo. Desde que apareció en mi bañera lo he visto casi todos los días sin falta.
—Creí que ya me habías dejado tranquila —vuelvo a hablar desde el piso, mientras me retuerzo y trato de levantarme.
—En parte sí y en parte no —murmura, y empieza a pasearse alrededor de la habitación.
Escucho las suelas de sus zapatos sonar con cada paso que da. Volteo para poder observar algo de su figura y lo único que alcanzo a ver son sus zapatos, que también son negros como todo lo que lleva puesto, pero me recuerdan a unos que Brott solía usar en las cenas importantes que daba su hospital.
Asumo que son caros, porque Brott nunca usa algo de menos de cinco o seis cifras.
—Y bueno, ¿Qué me vas a decir hoy? ¿Que tengo dos lobos persiguiéndome? Siempre que vienes me dices algo raro: tres espadas clavadas en el corazón, mensajera de la muerte, ¿Hoy qué te toca?
Escucho cómo sus pasos se detienen por un segundo y vuelve a andar, pero ahora acercándose a mí.
Siento el tirón doloroso de mi cabello, haciéndome jadear y levantándome del piso.
—Te equivocas, ángel, no son dos lobos. Son dos bestias, y enhorabuena ya conociste a una —mis piernas están estiradas y mi mandíbula tensa tratando de soportar el dolor del tirón, mientras él me sisea todas estas porquerías cerca del rostro—. Tu destino está trazado.
—¿Dos bestias? Definitivamente no sé si más loco estás tú o más loca estoy yo por escuchar algo de un muerto que me habla en sueños —me vuelvo a reír y su agarre en mi cabello se intensifica, haciéndome gritar.
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ARRITMIA (N)
RomanceTodos conocen su propio infierno, pero no todos logran salir de él. Violett Williams es una residente de cirugía brillante, ambiciosa y rota. Llega a Londres con una sola meta: convertirse en una de las mejores cardiocirujanas del país, pero el des...
