La trampa en la Joya
Killiam
En este momento solo tengo dos cosas en la cabeza: volarle la maldita cabeza al insulso ese y terminar lo que empecé hace un rato.
No me importa por qué lo empecé. No tengo tiempo para análisis baratos ni para justificar mis actos. Lo inicié. Punto. Y ahora tengo que terminarlo. Si fue por curiosidad, por rabia, por deseo, o porque estoy podrido de verla y no tocarla, me da lo mismo. Solo sé que si no lo acabo, voy a perder lo poco de autocontrol que me queda.
¿Y ahora esto? ¿Qué carajo hace Brott Harvey aquí? En medio de un puto pueblo fantasma, dentro de una mezquita destruida, después de un atentado que mató a tres de mis hombres. No puede ser coincidencia.
Las rutas eran clasificadas. El convoy estaba encriptado. Esta ubicación es imposible de rastrear... a menos que alguien abriera la boca. Y ese hijo de puta está aquí, sonriendo como si no supiera que lo voy a dejar sin dientes.
Bajo las escaleras con la sangre corriéndome por el brazo. El vendaje está hecho mierda. Estoy descalzo, el pantalón mal abrochado, con la rabia metida en la garganta. Lo veo ahí, parado, con su cara de muñeco, y se me olvida hasta respirar. Ni siquiera me doy el tiempo de pensar en lo que voy a hacer, hasta que ya lo estoy haciendo.
No pienso. Solo actúo.
—¿Dónde está Violett? —pregunta Harvey apenas me ve. Pero en cuanto nuestras miradas se cruzan, sé que ha leído mi expresión. Me vió. Me leyó. Y entendió que estoy a segundos de destruirlo.
No me contengo. Lo agarro por la camisa y lo reviento contra la pared con tanta fuerza que hasta la vela más cercana tiembla.
Si antes ya me costaba soportar su maldito nombre cada vez que mi tío lo mencionaba como si fuera un semidios de la medicina, desde que supe que es el prometido de Violett, escuchar su voz me provoca náuseas.
—Tienes diez segundos para explicarme, con detalles —gruño, cada palabra más baja y más amenazante que la anterior— cómo obtuviste las rutas de los camiones, cómo sabías cuál convoy usaríamos y cómo carajos llegaste a este sitio olvidado por Dios... antes de que te devuelva por partes al puto hospital donde operas.
Sus ojos se agrandan. Se pone aún más blanco de lo que ya era. Lo conozco. Conozco ese tipo de hombres. Son los que tiemblan con una orden firme, pero se creen valientes cuando hay una mujer de por medio.
Abre la boca, pero enseguida clava la vista detrás de mí y sus ojos grises se oscurecen de la rabia. No necesito girar para saber que es ella. La única razón por la que este imbécil ha venido hasta aquí.
Cobarde de mierda. Conmigo no se atreve ni a respirar, pero con ella se enoja.
—Será mejor que me suelte, Teniente Coronel —espeta, intentando zafarse. Ni idea tiene de lo cerca que está de que lo metan en una caja de madera, sin nombre.
Aprieto más fuerte. Su cuello se tensa. Mi rabia no se disuelve, se acumula.
—A partir de ahora te voy a tratar como a un traidor —escupo. No es una advertencia. Es un hecho. —Y si no me dices cómo llegaste aquí, te vas a tragar la culpa del atentado de esta mañana y de haber puesto en riesgo a todo mi equipo. Vas a cargar con cada muerte, cada gota de sangre. Y yo mismo me voy a encargar de arrastrarte hasta que lo entiendas.
Sus ojos vuelven a los míos, frunce el ceño.
—¿De qué mierda estás hablando? —pregunta —Soy un cirujano de renombre. El mejor neurocirujano del mundo. Tengo contactos en todas partes. No entiendo de que puto atentado me estás culpando.
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ARRITMIA (N)
RomanceTodos conocen su propio infierno, pero no todos logran salir de él. Violett Williams es una residente de cirugía brillante, ambiciosa y rota. Llega a Londres con una sola meta: convertirse en una de las mejores cardiocirujanas del país, pero el des...
