Capítulo 11

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Termina la espera

Violett

Chris había encendido un fuego con restos de madera vieja que habían encontrado en una de las habitaciones de la casa. Las llamas chisporroteaban de forma irregular, haciendo que las sombras bailaran sobre las paredes y las mochilas apiladas en el rincón. En el centro, una lata de frijoles estaba abierta y apoyada cerca del fuego, calentándose sobre una cuchara de metal que uno de los soldados había doblado para improvisar un soporte. Olía a humo, a óxido, a grasa, pero lo mejor de todo: olía a comida. Tenía muchísima hambre.

Yo estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y los brazos envueltos alrededor del estómago. El hambre me tenía con un nudo en la garganta, pero la culpa me apretaba todavía más. Había pasado la tarde evitando pensar, pero no se podía esquivar una memoria que ardía debajo de la piel.

No sabía si temblaba por el frío o por lo que casi había ocurrido.

Selma estaba cerca de mí, removiendo otra lata con la punta de un cuchillo. Sardinas esta vez. La grasa flotaba encima, espesa, y el olor metálico se mezclaba con el del humo. Uno de los soldados murmuraba algo entre dientes, hablando con el herido, también por mi culpa, que por cierto ya se encontraba mejor; le había hecho bien descansar. La enfermera apenas hablaba, sentada en un rincón, con los ojos hundidos en unas ojeras que dejaban ver lo arrepentida que estaba de haber venido a esta misión. Todos tenían razones para querer irse de aquí; yo tenía más razones para quedarme y no quería seguir repasándolas, simplemente quería que todo saliera bien al final del camino.

Entonces, la puerta crujió. Y lo supe antes de verlo.

Él no había salido de su habitación en todo el día, lo cual había sido muy bueno para mí. Su presencia hacía que me carcomiera a mí misma. Necesitaba que los otros grupos ya nos vinieran a rescatar, porque así habría más personas y ya no podría estar a solas con él. Ese era mi principal problema: estar a solas con él.

Killiam apareció en el marco de la puerta, con la chaqueta medio abierta, las botas cubiertas de polvo, la mirada clavada en todos. Los observó uno a uno antes de simplemente...

Me estremecí sin querer.

No dijo nada. No se movió.

Simplemente... nos observó. A mí. A la escena. A nuestras manos manchadas de grasa, a la lata que borboteaba suavemente sobre el fuego, a los rostros agotados y a los murmullos que se tragaban la incomodidad.

Chris fue el primero en romper el silencio.

—Asumo que tienes hambre, pero puedes dejar de mirarla así.

Su comentario tenía un doble trasfondo que me hizo levantar el rostro.

—Me refiero a la lata de comida.

Aunque corrigió rápidamente su comentario, fue suficiente para que los cuatro comprendiéramos a qué se refería y mis mejillas se encendieran. Ni Selma ni él saben lo que ha estado a punto de ocurrir dos veces, pero creo que el Teniente Coronel y yo no somos tan buenos ocultando la tensión creciente entre los dos.

¿Pero por qué? Me lo he preguntado todo el día desde que estuve rodeada de gente. No me gusta: es mala persona, sanguinaria, tiene ínfulas de Dios, me ha tratado mal algunas veces... No es como que yo sea masoquista ni que me gusten los hombres que me tratan mal. Simplemente no tiene sentido que las dos veces que he estado a solas con él haya estado a punto de ceder así, sin más, sin contenerme, ¡Me da vergüenza!

—Necesitamos un plan de contingencia por si hay otro ataque —Killiam ignoró el comentario y volvió a ponerse ese escudo inquebrantable de hombre serio con un tema importante.

ARRITMIA (N)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora