Capítulo 18

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Ganas

Violett

"Dulce y perversa mensajera, que la muerte consigo trae,

En el corazón tres espadas, y dos bestias a las que atrae"

—¡Desfibrilador! —mi voz retumba en la sala mientras comprimo el pecho del hombre una y otra vez, sintiendo el esternón cada vez menos flexible bajo mis manos. No voy a perderlo. No hoy.

Me acercan el desfibrilador y agarro las paletas con las manos empapadas de sudor y sangre ajena.

—Carga a 200 Joules—ordeno sin dudar—, ¡Despejen!

Todas las manos se apartan. Coloco las paletas en el tórax abierto y pulso el disparo. El cuerpo del paciente se arquea en un espasmo brutal que corta el aire de la habitación.

Miro el monitor. Asistolia. Ni un maldito latido.

—Carga a 250 —exijo, más fuerte—. Despejen.

Descargo otra vez, sintiendo cómo la vibración viaja hasta mis antebrazos. Esta vez, un parpadeo en el electro me hace contener la respiración.

—¡Tenemos ritmo! —anuncia mi enfermera, con la voz temblando por la adrenalina.

Dejo las paletas en su bandeja y vuelvo a hundir las manos en la cavidad abdominal. Aún sangra. Mucho.

Necesito encontrar el punto exacto antes de que se me muera en la mesa.

Abro más el campo y recorro el intestino con movimientos rápidos, casi automáticos, pero mis pensamientos corren más rápido que mis manos. Yo estoy operando a ciegas. Y cada segundo que pierdo es sangre que él no tiene.

—Aumenta la transfusión —ordeno sin levantar la mirada.

Deslizo mis dedos por la serosa hasta notar la humedad caliente del sangrado arterial. Ahí está. Por fin.

—Hilo.

Me pasan las suturas y empiezo a cerrar el desgarro con precisión mecánica, retirando la bala en cuanto la siento atrapada entre mis pinzas. Cuando la sangre deja de brotar y el intestino recupera su color, una descarga fría me recorre la columna. No sé si es alivio o agotamiento, pero sigo cosiendo hasta que todo queda hermético.

Sólo entonces permito que mis pulmones vuelvan a funcionar.

Me enderezo y miro al equipo: dos enfermeras, un anestesiólogo y una mesa llena de instrumentos que podrían escribir la historia de los últimos minutos.

—Le salvó la vida, doctora —dice la enfermera pecosa, con esa cara que siempre pone cuando se le mezcla el miedo con la admiración.

—Gracias a ustedes que me ayudaron en esto —termino de cerrar la cavidad mientras cuentan las gasas para asegurarse de que todo quedó bien.

Los días que han pasado han consistido en eso: cirugías, mandar a más soldados que luego regresan heridos, y una vez se recuperan, vuelven a ser enviados. Un círculo vicioso sin fin.

No he tenido pesadillas, tal como dijo el muerto de mi bañera, pero sigo sin poder dormir. Brott ocupa la mitad de mis pensamientos llenos de odio, y la otra mitad las ocupa el teniente coronel, que, tal como prometió, no me ha vuelto a buscar.

Al tercer día ya estaba arrepentida de mi decisión, pero ya la había tomado, y seguro fue lo mejor.

Me repito a cada hora que él quita vidas y yo las salvo. Polos opuestos, mundos opuestos, carreras opuestas y distinta moral.

ARRITMIA (N)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora