3era Persona
Londres, 10 de Noviembre de 1997
Eran alrededor de la una de la mañana cuando Killiam volvió a escuchar a sus padres discutir.
El sonido no era nuevo. Las voces alzadas, el portazo contenido, el silencio tenso después. Lo había escuchado antes, muchas veces. Lo odiaba porque siempre terminaba igual: su madre llorando en algún rincón de la casa, con los ojos rojos, respirando mal, tratando de no hacer ruido. Killiam odiaba eso más que los gritos. Los gritos al menos terminaban. El llanto no.
Pero esa noche era distinta.
No solo discutían. Esa noche la pelea era peor, más larga y más dura. Había algo en las voces que no estaba antes, algo definitivo, algo que no sonaba a una discusión común.
El niño, que ese mismo día había cumplido ocho años, se levantó de la cama con cuidado. Caminó descalzo por el pasillo, el suelo frío pegándosele a la planta de los pies. Avanzó despacio, conteniendo la respiración, hasta detenerse cerca de la habitación de sus padres. Quería entender. Necesitaba saber por qué gritaban así.
—¡Es el cumpleaños de tu hijo! —gritó su madre.
La voz de Amethyst estaba enronquecida. Lloraba sin ningún intento de ocultarlo. Las lágrimas se mezclaban con el rímel negro y le corrían por las mejillas, manchándole el rostro. Killiam sintió que el pecho se le apretaba. Ver a su madre así siempre le dolía, pero esa noche fue distinto. Fue peor.
Él la amaba demasiado.
El Teniente Coronel Enric Anderson la observaba en silencio. De pie frente a ella, serio, rígido, con la expresión contenida de quien está acostumbrado a no mostrar emociones ni siquiera en su propia casa. Esperó a que ella terminara de hablar antes de responder.
—Lo sé —dijo al fin—. Sé que es su cumpleaños. Pero tengo que salir mañana de viaje con los ministros. Esta es mi oportunidad de conseguir los votos para ascender a coronel general. Es nuestra oportunidad.
Ella lo miró con una ira que Killiam nunca le había visto.
—Killiam ni te reconoce —respondió—. Han pasado años desde la última vez que jugaste con él. No has pasado un solo día con tu propio hijo. Ni conmigo. Me hiciste una maldita promesa. Dijiste que hoy te quedarías todo el día en la casa.
El niño sintió un golpe seco en el estómago.
«Es por mí. Están peleando por mí», pensó.
La culpa apareció de inmediato, pesada, sofocante. Ya no quería escuchar más. No quería que discutieran, y mucho menos que fuera por su cumpleaños. Deseó no haber nacido, solo para que su madre no llorara y su padre no gritara. No quería ser la razón por la que los sueños de nadie se rompieran.
Killiam amaba demasiado a su madre, la hermosa Amethyst James. Ella había dejado todo por él. Había renunciado a su sueño de convertirse en la mejor pianista del mundo cuando quedó embarazada. Ambos habían sido padres demasiado jóvenes. Enric tenía diecinueve años. Amethyst apenas dieciocho cuando lo tuvieron a él.
Killiam lo sabía. Nadie se lo había dicho directamente, pero lo sabía. Por eso, en su cabeza, había decidido convertirse en pianista, para compensarla. Para devolverle algo de lo que había perdido o eso quería creer. La verdad era que amaba el piano. Amaba sentarse junto a ella, tocar, escucharla corregirlo con paciencia. El piano era el único lugar donde no se sentía un problema.
Y se lo recordaba siempre a Chris.
Los Anderson habían adoptado a Chris, que era un año mayor que Killiam, para que no creciera solo, para que tuviera con quién jugar todos los días. En la práctica, jugaban poco. La mayor parte del tiempo peleaban.
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ARRITMIA (N)
RomantizmTodos conocen su propio infierno, pero no todos logran salir de él. Violett Williams es una residente de cirugía brillante, ambiciosa y rota. Llega a Londres con una sola meta: convertirse en una de las mejores cardiocirujanas del país, pero el des...
