Una línea. Otra línea.
Y una última más.
Brotan tantas lágrimas, y con ellas también los sentimientos.
Negro, rojo, más rojo aún.
Cuando la soledad invade, les facilita la entrada a ellos: Invasores aéreos, caminando sobre nubes metálicas y filosas que atraviesan los pensamientos.
¿Acaso alguien más puede verlos? ¿Es tan difícil entender el ardor de la piel resurgiendo una y otra y una última vez?
Se ha vuelto tan recurrente imaginar dichas lágrimas y el recordar momentos fugaces donde todas las hirientes palabras en forma de dolor desaparecían. Así fuese por un momento, pero lo hacían.
Tengo miedo de mí misma.
No quiero volver a ello.
