Domingo por la mañana...
Manchester amanecía con esa clase de frío que se mete en los huesos sin pedir permiso. El cielo era un solo bloque gris, compacto, y el aire cortaba. El otoño aquí nunca fue bonito. No tenía los colores ocres de postales ni el romanticismo de los libros. Aquí, el otoño era lluvia sucia, veredas resbaladizas, dedos entumecidos y una humedad que te abrazaba como una soga.
Salí de la terminal sin decir nada a nadie. Había dormido poco en el bus, o tal vez nada. El tiempo había pasado sin que yo lo sintiera del todo, como si lo hubiera vivido con la mente fuera del cuerpo. Solo supe que era hora de bajar cuando el conductor gritó mi destino con ese acento áspero que siempre me pareció ridículo.
Aferrando mi mochila con fuerza, salí a la calle. Estaba prácticamente vacía. Solo un par de personas cruzaban con apuro, y uno que otro auto hacía ruido al pisar los charcos. Busqué con la mirada algo que reconociera, y entonces lo vi.
El Jeep.
Oscuro. Estacionado de forma ligeramente torpe, como si quien lo manejara hubiera estado demasiado distraído para corregir el ángulo. Me acerqué un poco más y me detuve a observar la placa. Coincidía.
Era él.
Caín.
No me había llamado. No había forma de avisarle. Supongo que eso no importó para él. Si vino fue porque quiso. Si está congelándose, también. Nadie lo obligó. Nadie le pidió que jugara a ser rescatador de princesas.
Yo no soy una princesa.
Y él no es ningún héroe.
Me acerqué sin apuro. La acera estaba resbalosa, y mis botas no eran precisamente nuevas. Mientras caminaba, imaginé qué diría una de esas protagonistas de novelas dulces: "Aw, vino a buscarme aunque no le avisé."
Pero yo no lo dije. Solo lo pensé. Como si pudiera hacer que esa ternura no me tocara si no la pronunciaba en voz alta.
A unos metros del Jeep, sin embargo, alguien me detuvo.
Un chico. Unos dos o tres años mayor que yo, quizá. De estatura media, delgado. Cabello castaño, desordenado por la humedad, y unos ojos color miel que me sorprendieron por lo opacos que eran. No había luz en ellos. Nada. Casi como un espejo empañado. Me recordó a mí.
Se plantó justo delante mío. No de forma agresiva, pero sí directa.
—Isabella —dijo. Su voz era tranquila. Demasiado tranquila. Como si estuviera narrando algo que ya sabía de memoria.
Me detuve en seco. Lo miré.
Sus labios eran finos. Su mandíbula, delgada. Y su mirada, esa, no la entendí.
Y eso era raro. Porque si algo sé hacer bien, es leer a la gente. Tal vez no los sentimientos propios, pero los ajenos... los descifro. Los destripo. Los anticipo.
Pero este tipo...
Nada.
Ni rastro.
Él me miraba como si me conociera. Yo no podía decir lo mismo.
—¿Isabella?
—Ah, yo... —dije mirándolo fijamente—. ¿Nos conocemos?
—Soy Connor, Connor Carson.
—Un gustó en verte, estás más grande—intente sonreír—. ¿Cómo se encuentra tu padre?
Actúa normal Isabella, actúa normal. Nunca me había topado con alguien que conociera a la pequeña y risueña Isabella que huyo de aquel pueblo.
—¿Qué? —su ceño se frunce un poco—. Isabella, sabes que mi padre murió.
—Espera, ¿Desde cuándo nos conocemos? —pregunté intentando obtener esa información valiosa.
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Empty (1)
Teen FictionCuando Isabella llega a Inglaterra, los ecos de un pasado fragmentado la persiguen. Hay años de su vida que no logra recordar, vacíos que laten con fuerza tras la fachada perfecta de su realidad. Al reencontrarse con Caín McFeller, su enigmático y m...
