Cuando Isabella llega a Inglaterra, los ecos de un pasado fragmentado la persiguen. Hay años de su vida que no logra recordar, vacíos que laten con fuerza tras la fachada perfecta de su realidad. Al reencontrarse con Caín McFeller, su enigmático y m...
Incapacidad para reconocer o expresar sentimientos. Eso dice Wikipedia. También lo repite el señor Robert, mi psicólogo. Según él, todos tenemos algo que nos hace especiales.
Algunos lugares se vuelven inolvidables por sus vitrales de colores que filtran la luz como si fuera un secreto, por sus escalinatas de mármol desgastadas por siglos de pasos, por los techos abovedados que parecen contener el eco de antiguas promesas. Las personas también tienen lo suyo: recuerdos, cicatrices, traumas, talentos. Pero yo —según Robert— soy especial por no sentir nada en absoluto. Ni rabia, ni amor, ni pena. Solo una quietud estéril.
La mayoría no lo entiende. Para muchos, soy fría, distante, extraña. Claramente, no siempre fui así; tengo un recuerdo lejano y desdibujado de lo que se sentía ser feliz. Es como tratar de atrapar humo con las manos: sé que alguna vez estuvo ahí, pero se escapó antes de poder entenderlo.
El señor Robert dice que hay ventajas en mi condición. Que tal vez nunca gane un Nobel ni llegue a la luna, pero tampoco tendré el corazón roto ni lloraré al leer
The Seven Husbands Of Evelyn Hugo. Dice que mi mente es como una fortaleza inexpugnable, inmune al dolor. Yo pienso que es más bien una cárcel; fría, vacía y con las puertas bien cerradas.
Mi ubicación actual: noroeste de Inglaterra, Universidad de Manchester. Hace dos días llegué y ya estoy instalada. Mi departamento es pequeño y funcional, impersonal, como sacado de un catálogo. Las paredes son de un blanco inmaculado, apenas roto por las sombras de las pocas pertenencias que logré traer. Afuera, los edificios están cargados de historia: fachadas neogóticas con pináculos que arañan el cielo gris, arcos Tudor que conectan pasillos como si el tiempo los hubiese entretejido a propósito. Hay una torre con reloj que marca las horas con una melodía suave, como si el tiempo en esta ciudad no pasara, solo se repitiera.
Regresar a Inglaterra se siente extraño. Los pasillos, los acentos, el clima húmedo que se mete en los huesos... todo parece cargado de algo que debería recordar pero no logro alcanzar. Caín dice que cuando teníamos dieciséis años, este lugar era nuestro sueño. Lo dice con tanta seguridad y orgullo que casi me hace sentir culpable por no compartir ese entusiasmo. No sé si creerle o asumir que mis recuerdos están tan rotos como yo.
Caín es complicado. Es magnético, encantador y manipulador en dosis iguales. Dice que me conoce mejor que nadie, que entiende lo que pasa en mi cabeza, pero a veces siento que usa ese conocimiento para mantenerme atrapada. Hay algo inquietante en su sonrisa, algo que me hace dudar de todo lo que dice. Pero él asegura que me ama, y yo no sé si debería sentirme agradecida o atrapada.
El señor Robert estuvo de acuerdo con seguir mi tratamiento a distancia, así que aquí estoy, cumpliendo un sueño olvidado, rodeada de recuerdos que no me pertenecen y enfrentándome a un pasado que parece más mito que realidad.
Dicen que regresar a un lugar conocido debería sentirse como volver a casa, pero cuando no puedes sentir nada, cada lugar se siente igual de frío y vacío.
Y entonces apareció Riot Rowell, con sus preguntas incómodas y sus verdades disfrazadas de casualidades. Su presencia es como un hilo del que no debería tirar, pero la curiosidad —o tal vez la necesidad de entenderme a mí misma— me empuja a hacerlo. Porque si hay algo peor que no sentir... es no recordar.
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Aunque la enfermedad de nuestra protagonista está basada en una real quiero aclarar que no es exactamente igual y que no busco irrespetar a nadie con esto.
Disfruta la historia de Isabella, comenta, vota si quieres y sobre todo espero la ames como yo lo hice al escribirla.
Sentia que debían existir escenas, que debía poner ciertas cosas y aclarar unas tantas. Espero disfruten de la edición.
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