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"...Ready For It?"

Campus Universitario de Manchester.

El rumor se deslizó entre los corredores y aulas con la velocidad de un incendio en un bosque seco. Isla Morgan lo había oído de boca de una compañera, quien a su vez lo había escuchado de una amiga que juraba haber visto a Caín McFeller preparándolo todo para la llegada de su novia. En cuestión de horas, ese susurro se convirtió en una ola imparable que barría los pasillos, los dormitorios y los cafés: Caín McFeller, el chico más temido y deseado de toda la universidad, tenía novia. Y no una cualquiera.

Caín era conocido en todo el campus y más allá. En tan solo un año en la Universidad de Manchester, se había labrado una reputación temible y atractiva a partes iguales. No era solo el chico salvaje y lleno de tatuajes con una lengua afilada y una actitud insolente; también era el nieto de Anthony Robert McFeller, un abogado británico despiadado que defendió a la Princesa de Gales y ahora al Príncipe Harry, además de haber representado a Deborah Lipstadt. Su apellido pesaba tanto como su carácter, y parecía disfrutar el caos que desataba simplemente con existir. Por encima de él estaba Caliban, su hermano mayor, la sombra imponente que siempre marcaba el paso y mantenía el control detrás de escena.

Pero la nueva novia era un misterio envuelto en más rumores que certezas. Algunos decían que Isabella Sprouse había llegado a la universidad para vigilarlo, atrapada en una red de infidelidades que Caín tejía con descaro. Otros susurraban que venía de un pasado oscuro, o que su belleza era lo único que la hacía digna del escándalo que rodeaba a Caín. Pero cuando Connor habló, desarmó todas esas ideas preconcebidas.

—Ella no es cualquier chica —dijo, con la voz baja, pero clara—. Isabella. Su padre es un político con tanta influencia y dinero como los McFeller. Tiene dos hermanas, y no es alguien con quien puedas jugar ni tomar a la ligera.

La voz de Connor fue un golpe de realidad. En ese instante, Riot Rowell sintió cómo el aire se le hacía más denso. Alto, de ojos azules y cabello rizado, su mirada calculadora no perdió detalle del cuerpo tatuado que descendía de la motocicleta con movimientos felinos. La morena que parecía desafiar el mundo con cada paso. Sus piercings brillaban como pequeños destellos de una historia sin contar.

—¿Es en serio? —murmuró Riot, entre incredulidad y una pizca de admiración.

—Sí. Y no solo eso —replicó Connor con una sonrisa tensa—. Ella tiene un aura que hace que hasta Caín baje la guardia.

Caín se encontraba recostado contra su camioneta negra, brazos cruzados y expresión relajada, observando el desfile de miradas que se clavaban en él. Sabía el efecto que causaba y, aunque le divertía, esa tarde parecía ligeramente inquieto. Su mandíbula apretada y la forma en la que se mordía el interior de la mejilla revelaban un leve rastro de nerviosismo.

El aire estaba cargado de una mezcla de humedad y el aroma a café fuerte que escapaba de la cafetería cercana, mientras hojas secas rodaban en remolinos por el campus, arrastradas por una brisa fría de otoño. Los estudiantes se agrupaban en pequeños círculos, cuchicheando con emoción contenida, sin perder de vista a los protagonistas de aquella historia.

Pero mientras todos los ojos seguían a la morena tatuada, la verdadera revelación apareció: una rubia bajita, de rostro suave y gafas de montura dorada, se acercó a Caín con pasos seguros pero contenidos.

Suéter de lana grueso, ligeramente holgado hasta la mitad de los muslos, falda plisada beige y medias opacas, zapatillas clásicas desgastadas. Su estilo tenía ese aire sofisticado, casi europeo, que contrastaba con la informalidad del campus, pero que hablaba de un mundo al que pocos allí tenían acceso. No era la típica "novia del chico malo"; su porte era tranquilo, su mirada firme y desafiante, pero sin necesidad de alzar la voz.

Caín dejó escapar una sonrisa que nadie en ese campus había visto jamás: cálida, auténtica y completamente desarmada. Algunos alcanzaron a notar un leve rubor en sus mejillas antes de que él la abrazara, inclinándose para dejar un beso rápido en sus labios. Aquello dejó a todos perplejos; era como si el depredador más temido del campus hubiese sido domesticado por un gatito blanco asustado.

Riot sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. La escena no tenía ningún sentido. Caín McFeller y una chica que parecía más una bibliotecaria que la novia del líder de Kpa-T, la fraternidad más controvertida y temida del campus.

Mientras tanto, Caín y Isabella subieron a la camioneta. El silencio entre ellos era denso, cargado de palabras no dichas. Cuando Caín le colocó el cinturón de seguridad, sus rostros quedaron a centímetros. Isabella sostuvo su mirada, desafiante.

—¿No quieres que me entere de algo, Caín? —preguntó, clavando sus ojos en los de él.

El silencio fue un cuchillo. Caín apretó la mandíbula, sus dedos se tensaron contra el rostro de Isabella, y su advertencia fue un susurro que quemaba más que cualquier grito:

—No juegues conmigo.

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