10

521 64 50
                                        

Slaithwaite. Un pueblo minúsculo, húmedo y lleno de recuerdos que preferiría enterrar. Mi lugar de nacimiento y, al mismo tiempo, el lugar del que huí cuando me convertí en lo que mi padre consideraba un fenómeno. Nunca lo dijo en voz alta, pero lo veía en sus gestos, en cómo me miraba como si yo fuese algo defectuoso que debía esconderse detrás de su impecable campaña política.

Andrew Sprouse, mi padre, y Abel McFeller, el de Caín, eran la dupla perfecta. Se presentaban como hombres distintos a los demás políticos: cercanos al pueblo, con promesas que a veces cumplían. Y aunque me costaba admitirlo, eso los hacía diferentes... más reales.

El tren avanzaba con sacudidas rítmicas, faltaba media hora para llegar. Caín estaba recostado en mi hombro, los ojos cerrados, como si no existiera nada más que ese momento. Yo me descubrí con la mano sobre su mejilla, rozándola con los dedos. No sabría explicar por qué lo hice. Había visto ese gesto en películas, parecía algo que se esperaba en situaciones así. Tal vez quería probar si funcionaba.

Él no se movió para apartarme. De hecho, sus labios se curvaron apenas, como si estuviera disfrutando.

Mi estómago se contrajo. No de la manera en que la gente normal describe "ternura" o "mariposas". No sé cómo llamarlo, pero era una presión rara, incómoda y agradable al mismo tiempo.

—Ridículo —dije en voz baja, casi automática.

—¿Yo o tú? —preguntó de pronto, sin abrir los ojos, con esa voz adormilada que parecía más un suspiro que una frase.

Lo miré de reojo.
—Tú. Nadie en su sano juicio sonríe porque le acaricien la cara como si fuera un gato abandonado.

Abrió un ojo y me observó, lento, con esa calma que a veces me irritaba.
—Pues a mí me gusta. Y a ti también.

Fruncí el ceño.
—Yo no siento nada.

—Claro que sientes. Solo que no lo reconoces.

Desvié la mirada hacia la ventana, observando los campos que se extendían afuera.
—No empieces con tus análisis, McFeller. No soy tu experimento.

Él rió suavemente, acomodándose un poco más contra mí.
—No eres un experimento, Isabella. Solo eres tú. Y créeme, eso es más complicado que cualquier cosa que pueda estudiar.

Lo dejé ahí. No sabía qué responder. Mi mano seguía en su mejilla, y aunque podría haberla apartado en cualquier momento, no lo hice.

—¿No crees que es raro que ahora Riot se ande cogiendo a Miriam? —preguntó.

—No, quizás siempre lo hizo —respondí.

—Hmm —se queda en silencio unos segundos—. Mierda, entonces eso hace más raro ahora el tema del rumor.

—Rumor —dije. No tenía muchas ganas de hablar del tema.

Caín se aleja de mí mientras negaba lentamente buscando su celular empezando a textear. Intenté echar un ojo, pero no pude ver nada.

—No, Isabella. Esto quiere decir muchas cosas

—¿De qué hablas? —pregunté—. Soy lenta, perdón.

—Ya te vas a enterar.

No hice más preguntas, no me importaban las cosas que tuvieran que ver con otras personas. Era chismosa pero no tan chismosa cómo podía serlo Caín.

Luego de unos minutos llegamos a la estación de Slaithwaite y, tras un breve trayecto en taxi, estábamos frente a lo que alguna vez llamé "mi casa". La reconocí de inmediato, aunque se sintió ajena, casi como si la hubiese visto en un sueño viejo. La construcción seguía siendo ridícula: demasiado grande, con columnas y detalles italianos que no tenían nada que ver con el pueblo ni con Inglaterra. Una imitación pretenciosa que mi padre siempre defendía como símbolo de progreso.

Empty (1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora