Viernes.
Para muchos, un día esperado. Para mí, solo otra unidad de tiempo marcando el paso. No me entusiasmaba particularmente el viaje ni el fin de semana. Me entusiasmaba aún menos tener que ver a tanto rostro brillante actuando como si los trenes fueran portales a nuevas vidas. A mí me costaba conectar con eso.
Mi cabello seguía viéndose mal. Aún tenía pigmentos secos de pintura adheridos a las raíces, a pesar de los lavados insistentes. Decidí no torturarme. Usé el beanie azul que me había dado Riot.
Era suave, un poco holgado en la parte de atrás. Un gesto simple, pero funcional. Supuse que era su forma de disculparse por no haber evitado lo que Miriam hizo.
O quizás era solo una prenda de repuesto. Nunca sabré con exactitud. No leo emociones, solo acciones.
Y su acción fue darme algo que tapara lo visible. Lo agradecí en silencio.
Con Caín no hubo conversación trascendental.
Hablamos de muchas cosas: arquitectura, la comida tailandesa, qué pasaría si el mundo tuviera gravedad invertida.
Pero nunca del rumbo.
Nunca de si esto era una relación, o una sala de espera.
Tal vez él tampoco sabía. Tal vez sí. Yo no podía preguntarlo. No sin sonar mecánica. Y él no lo decía. Así que flotábamos.
Cher fue la que apareció. Sin previo aviso, con su perfume floral que reconocí antes de verla. Me entregó un bolsito rosa de tela acolchada.
—Me dijo que te lo diera antes de que partas —dijo con una ceja alzada.
—¿Caín?
Asintió. Su tren salía antes. El mío no. Nos despedimos con un abrazo que duró lo suficiente para parecer sincero. Me recordó que si no nos veíamos más tarde, debía escribirle.
No prometí hacerlo.
El andén estaba agitado. Maletas rodaban. La gente hablaba más alto de lo necesario. Yo mantenía los ojos bajos y los hombros rectos.
Luego de unos cuarenta minutos de espera, un hombre con un silbato —probablemente pagado solo por saber soplar fuerte— anunció la salida del tren a Liverpool.
Subí.
El vagón tres me recibió con olor a plástico nuevo y tela vieja. Avancé hasta el fondo. La mayoría de los asientos ya estaban ocupados por compañeros de distintas carreras: algunos leían, otros dormían con los auriculares conectados a nada.
Tomé mi lugar junto a la ventana. Me dejé caer como si mi cuerpo tuviera memoria del asiento.
Entonces lo olí.
Riot Rowell.
El aroma era una mezcla entre menta y fuego. Había algo metálico también. Como si su piel recordara el frío de las herramientas o la tinta de los planos. Era molesto cuánto lo reconocía.
Se sentó a mi lado sin pedir permiso, con la misma naturalidad con la que la gente se acomoda en casa ajena.
No dijo "hola", ni "te molesta".
Solo dejó caer su mochila, se quitó la chaqueta y se hundió en el asiento.
Lo observé de reojo.
Su mandíbula tenía una línea de tensión que antes no había notado. Su muñeca tenía una curita blanca. Sus pestañas eran largas.
Esos son hechos. Medibles.
No emociones.
No sé si estaba feliz de estar a mi lado, incómodo, o en paz. Pero su pierna rozaba la mía sin intención de moverse. No parecía tenso. No parecía molesto.
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Novela JuvenilCuando Isabella llega a Inglaterra, los ecos de un pasado fragmentado la persiguen. Hay años de su vida que no logra recordar, vacíos que laten con fuerza tras la fachada perfecta de su realidad. Al reencontrarse con Caín McFeller, su enigmático y m...
