El aula magna estaba llena a reventar. El aire olía a libros viejos y a café derramado, y el murmullo de decenas de estudiantes se mezclaba con el golpeteo impaciente de bolígrafos contra las bancas de madera. Yo entré casi de manera automática, sin saber por qué, quizá buscando distraerme de todo lo que venía arrastrando estos días.
Pero entonces escuché su voz.
Grave, clara, proyectada con seguridad.
—El derecho no puede ser un disfraz para el poder —decía Caín desde el centro del estrado—. Si las leyes se usan para someter, entonces no son justicia, son cadenas.
Me quedé helada, y sin pensarlo, avancé hasta sentarme en la tercera fila. No era la primera vez que lo veía discutir, pero sí era la primera vez que lo veía en su terreno. Allí, entre códigos y principios, parecía más grande, más fuerte, como si toda la sala le perteneciera.
Vestía camisa blanca, corbata oscura y un saco perfectamente ajustado a sus hombros. Su postura erguida, la mano derecha ligeramente alzada mientras enumeraba argumentos, lo hacían ver como alguien que no pedía atención, sino que la exigía. Y la conseguía.
Su contrincante, un chico demasiado correcto y nervioso, intentaba contraatacar, pero cada palabra que pronunciaba se estrellaba contra la calma cortante de Caín.
—Usted habla de obediencia —replicó Caín, con media sonrisa que heló la sala—. Pero la obediencia ciega nunca ha salvado a una nación, solo la ha encadenado más rápido.
Los aplausos estallaron de inmediato.
Yo, en cambio, no aplaudí. Me quedé observando, con la barbilla apoyada en mi mano, fingiendo indiferencia, aunque dentro de mí algo se revolvía. Esa forma de mirar directo, esa seguridad arrogante... me molestaba y, al mismo tiempo, no podía apartar los ojos.
Entonces ocurrió.
En medio de la ronda de preguntas, cuando uno de los jueces le pidió precisar un artículo de la constitución, Caín giró levemente la cabeza... y me encontró.
Su mirada me atravesó como si el resto de la sala desapareciera. No fue una distracción accidental. Me miró como si hubiera sabido todo el tiempo que yo estaba ahí.
Y habló mirándome.
—El derecho, en esencia, es un pacto entre seres humanos. Y ese pacto se rompe cuando olvidamos que estamos aquí para proteger a las personas, no para exhibir un código como si fuera un dogma.
La sala aplaudió de nuevo, pero él seguía mirándome, con esa expresión entre reto y curiosidad. Como si yo fuera parte de su argumento, como si quisiera que entendiera algo solo para mí.
Sentí calor en las mejillas y desvié la vista de inmediato, fingiendo que anotaba algo en mi libreta.
Cuando el debate terminó, los compañeros se agolparon alrededor suyo, felicitándolo, intentando hablar con él. Pero yo sabía que me estaba buscando entre la multitud. Su mirada me encontraba, aun cuando me deslizaba hacia la puerta.
Y lo confirmé cuando, apenas crucé el pasillo, escuché sus pasos apresurados detrás de mí.
—¿Así que te quedaste a verme humillar a un pobre idiota? —su voz, cargada de ironía, me alcanzó antes de que pudiera escapar.
Me giré con lentitud, levantando una ceja.
—Estaba aburrida, nada más.
Él rió bajo, inclinándose un poco hacia mí, lo suficiente para invadir mi espacio.
—¿Aburrida? No me mires así si de verdad te aburrí. Tus ojos dicen otra cosa.
Tragué saliva, intentando mantener el gesto neutro.
—Te sobrevaloras.
—O quizá tú me subestimas —replicó, acercándose aún más. Su sonrisa era casi peligrosa—. Pero no te preocupes, Isabella, tarde o temprano me vas a admitir lo obvio: me estabas mirando a mí, no al debate.
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Empty (1)
Fiksi RemajaCuando Isabella llega a Inglaterra, los ecos de un pasado fragmentado la persiguen. Hay años de su vida que no logra recordar, vacíos que laten con fuerza tras la fachada perfecta de su realidad. Al reencontrarse con Caín McFeller, su enigmático y m...
