Emociones clandestinas

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Azra no lo había tenido más fácil esperando a Can en frente de su secretaria. Había abierto una revista que había sobre una mesa contigua para hacer más amena la espera, pero lo cierto es que había paseado su vista por las hojas sin leer nada de nada. No había forma de concentrarse.

Tan pronto cruzó el umbral de la oficina de Can, comprobó que él estaba arrellanado en una enorme silla tras un igualmente enorme escritorio.

- Pasa Azra – ordenó Can al ver que ella dudaba junto a la puerta.

Ella asintió un tanto turbada y cerró la puerta tras de sí.

- Tú dirás – indicó Can mirándola fijamente, pero sin invitarla a sentarse.

Le pareció de mal gusto sentarse si él no se lo había ofrecido, además que ella había insistido en que sólo serían 5 minutos.

- No quisiera importunarte.

- Si eres breve, tal como dijiste, no deberías llegar a importunarme – contestó lacónico.

- Bueno... este... yo... - vaciló - La visita de la Fundación me sorprendió muchísimo ayer y estoy algo preocupada por el destino de la escuela. Somos la última alternativa para muchos de los chicos que ahí asisten.

- No entiendo a qué viene eso. Lo que me dices nos lo dijo ayer el señor Yilmaz – la cortó Can - ¿Vienes a repetir lo que ya sabemos?

- No. Me imagino que el señor Yilmaz les dio ayer un detalle de nuestra situación – señaló Azra.

- ¿Entonces cuál es tu punto? – inquirió Can sin quitarle la mirada de encima.

Azra tragó saliva, porque tenía temor de lo que debía decir a continuación, pero lo que tenía que decir constituía la razón de su visita y de su inquietud y sabía que no se quedaría tranquila si no lo decía, así que desviando la mirada de Can y centrándola en su abrigo, que en ese momento estrujaba en sus manos producto de la ansiedad, agregó lo siguiente:

- Sé que tienes motivos muy justificados para pensar lo peor de mí y para detestarme. Espero no ofenderte por lo que voy a decir, pero no quisiera que el hecho de que yo trabaje en esa escuela perjudique las posibilidades que esos chicos tienen de recibir la ayuda de la Fundación.

Habló rápido porque sentía genuino temor de no poder terminar la frase. Pero en el momento en que terminó de hablar, había levantado la mirada para comprobar la reacción de Can. Éste no dejaba ver ni asombro, ni molestia, si no que más bien indiferencia.

- No sabía que tuvieras tan mal concepto de mí – señaló Can.

- ¡Oh no! No quise ofenderte – agregó Azra.

- ¡Y no lo haces! – la interrumpió Can – Para ofenderme debería importarme tu opinión y la verdad es que me tiene sin cuidado.

Azra resintió el golpe que esas palabras significaban y sintió como se encogía. Quiso agregar algo, pero comprobó con horror que tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar.

- Sin embargo, para tu tranquilidad, mi voto no pesa más que el de otro miembro del consejo de administración de la Fundación y todos los casos se deciden por mayoría simple. A pesar de lo que puedas pensar de mí, creo que las ideas que tienen para la escuela son bastante buenas y el tipo de proyecto se conecta con los principios que inspiran a la Fundación, por lo que es muy posible que sean beneficiados. Ayer los miembros del consejo que me acompañaban en la visita quedaron muy satisfechos. Obviamente no puedo garantizar que serán efectivamente favorecidos con fondos, porque todavía debemos votar, pero sí te puedo adelantar que la impresión fue positiva.

La redención de AzraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora