8. Enferma.

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Mirando un poco a la otra muchacha, me di cuenta de su físico. Tenía el cabello negro y largo, pero des peinado. La vi delgadísima porque parecía enferma. Quise darle algo de comer a la pobre. Sus pantalones no se llenaban y el saco de lana que llevaba puesto le quedaba a unas tres tallas más grandes. De verdad que parecía una miserable. Odiaba tener que decirlo de esa manera, pero parecía de la calle.

La muchacha enferma se había descubierto la cara un momento no tan corto. Estaba riendo y soltando una carcajada, subiendo la pierna izquierda y abrazando su estómago.

Wow...

Quise abrazar a niña enferma. Quise hacerla reír mucho más.

Pero que linda es esa niña. Quisiera quitarle todas esas malas cosas que tiene encima.

Creo que ni siquiera se había dado cuenta de que se estaba riendo porque de inmediato se tapó la cara.

No pude aguantar.

—   Baco, mire —le dije a mi amigo sin notar que había hablado lo suficientemente fuerte para que ella me escuchara.

Empezamos a reír porque su apariencia no era la de una anciana y coincidimos que era muy linda para verse enferma.

La muchacha enferma lentamente y abriendo un poco los ojos, nos miró a los dos. Luego enderezó la cabeza y haciendo como si se fuese a asfixiar, empezó a inhalar y exhalar fuerte y rápido. Parecía toser.

Me dio un fuerte dolor en el pecho, no quería verla así. Parecía estar grave.

Luego en un momento inoportuno Andrés hizo un chiste que desgraciadamente me hizo reír. Para luego conseguir mesura.

La muchacha enferma se levantó del pasto y después de tratar de correr se cayó al suelo.

Estaba preocupado. Salté del pasamanos y di unos pasos para ayudarla.

—   Sebas, no vaya. Ese no es su problema.

Estaba alerta.

—   ¡Al, que te pasa!

Gritó la rubia a la enferma.

Tenía que ayudarla.

—   ¡Pero se cayó! —dije preocupado

—   Sí, pero ella ya está bien. Mire —me hizo girar la cabeza—. No se estrese.

Me quedé y me volví a hacer en el puente de la casita hasta que ellas volvieran a donde estaban. Pero no fue así. Se quedaron hablando más o menos media, a una hora hablando.

Después de ver que ellas estaban mejor, decidí irme al apartamento, pues creía que mi papá ya estaba en casa y que después de hablar un rato con él, me iría a dormir.

Abrí la puerta del apartamento y encontré la luz de la sala encendida. Mi mamá se había ido. Quizás mi papá se la había llevado a comer o a ver una película. Fui a la cocina a ver si mi mamita me había dejado algo de comer. Puede ser que después de haber colgado el teléfono se hubiera puesto a hacer otra cosa y se le olvidó dejarme de comer.

Pero en mi cabeza estaba...

Amor, ya tienes diecinueve años. Puedes cocinar por tus medios. 

En la nevera había huevos, queso, leche. Y verduras.

Iré a comprar algo que complemente mi comida.

Mientras salía y bajaba hasta el primer piso, pensaba lo que debía comprar.

Bueno, puedo hacer huevos revueltos con pan tostado en la sartén y chocolate con queso.

Solo tenía que comprar el chocolate y algo de golosinas. Ah... también unas palomitas de maíz para ver una película de acción.

Entré en la tienda del conjunto y el señor no estaba. Una muchacha pequeñita estaba jugando a quién sabe qué pero luego interrumpí a la muchacha.

—   ¡Buenas! —dije casi al oído de la muchacha.

La reacción que esperaba de la muchacha no era como esperaba. Esperaba que se sobresaltara y pegara un grito ahogado. Pero no fue así.

Se giró lentamente la muchacha y lo primero que vi fue su nariz respingada, luego sus ojos en el suelo mirando lentamente hacia arriba para verme. Vi que sus manos —que no estaban visibles por su saco— estaban escondidas. Me dio la cara. Era la enferma.

Me miró a los ojos.

Wow... es muy bonita.

Mi corazón dejó de palpitar, o por lo menos no lo sentía.

Sus ojos eran grandes y azules, con las pestañas largas y lisas hacia abajo. Sus cejas eran gruesas y espesas. Tenía muchas ojeras —lo que la hacía ver más enferma aun— pero se veía bien. Su tez era blanca como la leche. Y su cabello largo y despeinado la hacía ver como una loca. Era negro azabache. Tan negro que brillaba. Era pequeñita, si pusiera adivinar su estatura, diría que medía uno con cincuenta y cinco.

Me quedé mirándola como un idiota.

Ella hizo lo mismo.

Sin querer apagué un poco los ojos y sonreí.

Pero luego se fue. Se fue corriendo. ¿Huía de mi acaso?

Me sacó de la ensoñación de momento. Había pasado más o menos dos minutos para ver si la muchacha volvía. Pero no.

El señor de la tienda salió.

—   Y la niña que estaba aquí, ¿que se hizo? —preguntó el señor.

—   N... no s... —me aclaré la voz—. No sé. Se fue...

—   Ah, carajo. Dejó las vueltas del billete —dijo poniendo una mano en la cintura.

Miré a todos lados a ver si la muchacha aparecía.

Después de estar en la tienda por diez minutos esperando a que apareciera la enferma, pedí mis cosas y me fui caminando despacio con la esperanza de verla otra vez.

Otra vez tú.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora