15.
Había dormido perfectamente. Se había puesto el reloj del móvil a las nueve, y para
cuando salió de la habitación Lexa ya la estaba esperando en el pasillo. Parecía que la había escuchado levantarse, podía apostar a que llevaba más de una hora despierta.
Desayunaron y luego decidieron realizar una de las actividades que aquel pequeño hotel rural ofrecía.
Volvió a dar un paso hacia atrás mientras observaba el alto caballo. Lexa acariciaba su rostro con suavidad.
—Así que sabe montar, ¿eh? —preguntó el hombre del establo.
—Sí, desde pequeña —pronunció Lexa acariciando la negra crin del caballo.
El hombre colocó la silla de montar y luego miró a Clarke.
—A usted le daré una yegua. Suelen ser más dóciles.
—Oh, no, no… —se apresuró ella—. Yo no montaré, daré un paseo mientras ella disfruta.
Lexa se giró hacia atrás e inclinó una ceja mientras seguía acariciando al caballo.
—¿Cómo que no vas a montar? —preguntó sorprendida.
Ella sonrió algo tensa y miró de nuevo al hombre del establo.
—No, se lo agradezco, de verdad… pero me conformaré con mirar —dijo divertida.
—Pero si entra en el precio, señorita, no le voy a cobrar suplemento —volvió a insistir.
—Ya… no… no es por eso.
—¿Te da miedo? —preguntó Lexa con una sonrisa.
Ella le miró enfurecida.
—No me da miedo. —Posteriormente se removió nerviosa—. Me da respeto.
—Son animales muy dóciles.
—Ya, pero ya te dije que no había montado nunca.
—Tampoco yo había conducido —reaccionó rápidamente. Luego le miró sonriente y dio un paso al frente, acercándose a ella—. Vamos —Le rogó—. Me apetece mucho montar y no voy a dejarte aquí sola.
—No te preocupes por mí, iré a dar un paseo o al bar a tomar un café.
—¿Otro?
—Sí, otro.
Lexa chasqueó la lengua y miró de reojo al hombre del establo, luego recorrió con la mirada el resto de los caballos y fue hacia uno algo más pequeño que el que le habían dado a ella, de color blanco.
—Creo que esta servirá. Parece tranquila.
El hombre se acercó a ella con una sonrisa.
—Oh, y tanto, es una yegua muy buena, muy tranquila. Tanto que cada dos pasos se pone a pastar.
Lexa se giró hacia ella con una sonrisa un tanto diabólica. —Servirá.
Esta vez fue Clarke la que inclinó la ceja hacia ella mientras daba unos pasos hacia la puerta.
—Te he dicho que no pienso subirme a un caballo —pronunció con voz firme mientras
le señalaba, pues Lexa se acercaba a ella con aquella sonrisa maliciosa.
—Oh, sí… y tanto que lo harás.
—¡Que no! —gritó con voz aguda— ¡Que no he montado nunca! ¿Qué quieres? ¿Que me mate?
—Ja, ¿ahora temes por tu seguridad? La otra noche me pareciste más valiente. —Ella resopló—. Vamos, no pasará nada —dijo colocándose frente a ella. Cogió su mano con delicadeza y le sonrió tiernamente—. Yo estaré contigo —susurró.
Notó como la piel se le ponía de gallina.
—Eso no me tranquiliza.
—Pues debería —siguió pronunciando con voz dulce, intentando calmarla—. Vamos… — Le animó tirando un poco de su mano, pero ella no acabó de ceder.
—Ayyyy… no sé… mejor que no, de verdad —Se quejó temerosa—. Son muy altos y yo nunca…
—Bueno, se acabó el quejarse —pronunció con una voz más grave. Se giró muy sonriente, se agachó y se la echó al hombro.
—¡Lexa! —gritó mientras golpeaba en su espalda— ¡Bájame!
—Cuanto más te lo pienses peor será —dijo mientras se dirigía hacia la yegua ante la mirada asombrada y divertida del hombre.
—Así se hace, compañera —rió.
—Claro, usted encima anímele —se quejó ella.
Se colocó ante la yegua, se inclinó un poco para cogerla por la cintura mientras Clarke no dejaba de chillar como una histérica y la subió dejándola caer sobre ella sin mucha delicadeza.
Sus miradas se encontraron y Lexa sonrió desde allí abajo.
—Qué miedo, ¿eh? —se burló.
—Idiota —susurró ella mientras pasaba una pierna a cada lado y cogía la correa.
Lexa fue hasta su caballo, colocó un pie en el estribo y de un salto se subió, sin
problema alguno. Cogió la correa del animal y con un sutil movimiento le hizo colocarse al lado del suyo.
—Pues sí que sabe montar usted —pronunció el hombre mientras se dirigía hacia la puerta del establo para abrirla y dejar que saliesen al exterior.
—Ya se lo había dicho.
Cogió con la mano libre la correa de la yegua de ella y comenzó a tirar para que avanzase.
—Ayyyyy… —gimió Clarke cuando el caballo se adelantó echando la espalda hacia delante.
Lexa sonrió al verla.
—Espalda recta —ordenó—. Y culo apretado —pronunció más divertida. Ella resopló pero ignoró su comentario inclinándose más y sujetándose prácticamente al cuello de la
yegua—. Clarke… por favor…
—¿Qué? ¿Te da vergüenza que salga en esta posición? —Le retó—. Pues fastídiate, vas a querer esconderte debajo de las piedras.
Aquello provocó una risa en Lexa.
—Creo que esto va a ser muy divertido —pronunció saliendo del establo.
—Claro… te lo vas a pasar en grande riéndote de mí.
El hombre cerró el establo y se colocó al lado de Lexa con una sonrisa en sus labios.
—Bueno, cuando lleguen pueden dejar ustedes mismos los caballos aquí. Que
disfruten del paseo. —Y aquellas últimas palabras las pronunció mirando hacia Clarke con una sonrisa.
—Sí, claro, es muy amable —respondió con burla intentando ponerse algo más recta.
El hombre se marchó dejándolos solos. Lexa se giró para observarla, se movía de una forma temerosa, asustadiza…
Suspiró y se acercó totalmente a ella cogiéndola del brazo.
—Vamos, ponte recta —La ayudó mientras le entregaba su correa.
—No, no, no la sueltes.
—Debes controlar a la yegua con esto —le indicó.
—¿Controlar? Bromeas, ¿no?
—No, no bromeo —dijo dándosela. La cogió con una mano mientras con la otra se agarraba a la silla para sujetarse—. Vamos a ver —pronunció pensativa. Llevó la mano al
hombro de ella y lo tiró hacia atrás colocándola totalmente recta.
—Ayyyy… déjame —Se quejó queriendo golpearle la mano.
—Estoy intentando corregirte la postura —pronunció a la defensiva. A continuación, llevó la mano a la pierna de ella—. Aprieta los muslos. —Colocó posteriormente la mano en
su espalda, colocándola recta del todo, y le hizo dar un paso atrás a su caballo para tener una mejor perspectiva de ella. Tenía una postura totalmente tensa, no se le notaba nada relajada. Aquello hizo que sonriese.
—Te estás divirtiendo, lo sé —pronunció hacia Lexa mientras volvía a colocarse a su lado.
—No, lo divertido empieza ahora. —Acto seguido golpeó el trasero de la yegua con una
palmadita suave y comenzó a avanzar a paso lento.
—Ahhhhh… ¡Lexaaaa! —gritó desesperada echándose de nuevo hacia delante.
Lexa se colocó a su lado observándola. La yegua a duras penas daba un paso seguido de
otro y ella estaba gritando como una histérica—. ¡Bájame! ¡Bájame!
Lexa resopló y cogió de nuevo la correa, deteniéndola, pero la yegua echó su cuello hacia delante para comenzar a comer hierba, haciendo que Clarke gritase una vez más.
Lexa la sujetó chasqueando la lengua.
—Quieres hacer el favor de ponerte recta —repitió con bastante paciencia—. Por Dios, los niños de cinco años son menos escandalosos que tú.
Pero aquel comentario pareció ofenderla y le miró con furia poniéndose totalmente erguida.
—Eh, yo sé conducir un coche, tú sabes montar un caballo. Cada uno hace lo que le corresponde a su época.
—Sí, pero yo he conducido y no me he quejado tanto. —Ella rechinó de dientes—. Vamos a ver, colabora un poco, seguro que lo acabas disfrutando —pronunció con un poco
más de alegría—. Coge las riendas y vamos a ir muy despacio.
Ella lloriqueó de nuevo.
—Me da miedooooo —acabó reconociendo desesperada.
—Pues no te lo tiene que dar. Va. Llorica —dijo avanzando un poco.
La yegua elevó su cuello observando a su compañero de paseo y comenzó a avanzar lentamente.
—No corras eh, no corras —pronunció histérica mientras intentaba mantener el equilibrio.
—No voy a correr —dijo con paciencia.
—¿Y si se pone a correr la mía? —preguntó asustada.
—No va a hacer eso.
—Eso no lo sabes —gimió—. Ves, por eso no me gusta. Los coches los mueves tú, esto tiene voluntad propia, hace lo que quiere. ¿Y si se le va la cabeza y comienza a galopar?
Lexa resopló y puso los ojos en blanco, luego la señaló con la mano.
—Que no va a hacer eso —volvió a decir con paciencia.
—¿Pero y si lo hace? —gritó histérica.
—Pues si lo hace tiras de la correa hacia atrás para que se detenga y ya está.
—Esto no me gusta… no, no… no me gusta.
Lexa decidió dejar de mirarla, observando al frente, quizá si no la observaba dejaría
de quejarse. Tuvo razón, al menos las quejas no iban hacia ella, pero cada pocos segundos emitía algún chillido o gruñido que le hacían comprender que no estaba de acuerdo con aquello.
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Ojos verdes. (Clexa)
De TodoTrescientos años las separan. Todos los derechos a su autor.
