capitulo 22

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22.
Notó como el corazón se le aceleraba, comenzaba a faltarle el aire. No sería capaz, ¿verdad?
Abrió la verja del jardín y corrió hacia la puerta mientras buscaba en su bolso la llave
de su casa. No hizo falta que abriese, antes de meter la llave en la cerradura Lexa abrió, con un gesto realmente serio.
Se quedaron mirando unos segundos. Clarke tragó saliva. Su mirada avanzó unos
metros más allá de donde estaba Lexa, donde Finn la observaba asombrado.
Puso su espalda recta y pasó al lado de Lexa, con paso firme. Finn tenía una mirada
tensa, aunque parecía más bien avergonzado que enfadado.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó cruzándose de brazos.
—Vine a recoger la ropa y ella me abrió la puerta —Señaló tras ella.
Clarke se giró para observar como Finn se acercaba a ella lentamente, con una ceja enarcada.
—Lexa, mi nombre es Lexa —comentó poniéndose las manos en los bolsillos.
Finn se removió incómodo y la miró directamente.
—Lo siento —pronunció arrepentido—. No sabía que estabas acompañada. Solo venía a buscar la…
—La ropa de verano —le cortó Clarke. Afirmó lentamente y se giró para observar a
Lexa, le miraba fijamente, con cierto enfado—. Si esperas un segundo te la bajo.
Visto así, ya que estaba allí se la entregaría y acabaría todo. Necesitaba darle esa ropa y olvidarlo de una vez.
Subió con ansiedad los escalones, torció la esquina y tuvo que frenar en seco. ¿Pluto?
Al momento comenzó a ladrar de felicidad. ¿Qué hacía allí arriba? Se echó encima de
ella, pero en ese momento no tenía tiempo para entretenerse con él. Seguro que Lexa le
había ordenado que se quedase allí. ¿Cómo podía obedecerle tanto?
Fue hasta la habitación y abrió el último cajón de la cómoda mientras Pluto seguía saltando a su alrededor.
Bien, unos cuantos pantalones de verano, unas camisetas cortas….
Abrió el armario y cogió una de las bolsas de deporte. Mierda, ¿qué pasaba ahí? ¿Por qué pesaba tanto?
La abrió y observó la pistola y la espada de Lexa. Argggggg.
Las dejó sobre la cama y comenzó a meter toda la ropa de él hasta que escuchó las voces que venían de abajo.
—Y, ¿vives aquí? —Reconoció la voz de Finn.
—Más o menos.
Clarke irguió su espalda. Mierda, mierda, mierda…. Volvió a la cama y fue metiendo toda la ropa.
—¿Estáis juntas?
Clarke se detuvo al momento esperando la respuesta de Lexa.
—Aja.
Típica respuesta de Lexa cuando no sabía qué decir.
—Ya veo… —Suspiró Finn observándole de la cabeza a los pies—. Ella nunca ha perdido mucho el tiempo.
Lexa ladeó su rostro y se metió las manos en los bolsillos mientras daba un paso intimidante hacia él.
—¿Perdona?
Finn se removió incómodo.
—Nada.
—¿Nada? —preguntó más enfurecida. Cuando llamaron al timbre había decidido no
abrir, pero Pluto se había vuelto loco ladrando y saltando de un lado a otro y
posteriormente, había escuchado la voz masculina diciéndole a Pluto que tranquilo, que
esperaría ahí afuera a que Clarke llegase. Su sorpresa había sido cuando al abrir la puerta
había encontrado a un muchacho joven y trajeado. No había caído en quién era hasta que
le había dicho a Clarke que venía a buscar su ropa. Si lo hubiese sabido no habría abierto la
puerta a ese bastardo—. Verás, me ha parecido escuchar que ella no pierde el tiempo…
Finn lo observó confuso.
—Es una forma de hablar, amiga.
—No, no lo es, y no soy su amiga —pronunció dando otro paso hacia él—. Sé lo que le hizo a ella, asqueroso bastardo. —Finn abrió los ojos al máximo, impresionado por las
palabras que acababa de pronunciar.
—¿Qué?
—Lo que escucha. Así que no venga aquí juzgando a la gente de si va rápido o no.
Usted la engañó, lo cual no entiendo. Es una mujer preciosa, especial. ¿Cómo alguien en su sano juicio podría hacer algo así?
Finn se removió inquieto y le miró con rostro enfurecido.
—Usted no sabe nada.
—Y tanto que lo sé. —Clarke estaba hiperventilando al pie de la escalera. ¿De verdad estaba diciendo todo lo que estaba diciendo? La madre que le… —No hay que ser muy
listo. Usted la dejó por otra mujer.
—Eso no es asunto suyo. Yo solo he venido a…
—Claro que es asunto mío. Le ha hecho sufrir, y ella no lo merece.
Finn se giró para observar la puerta de salida.
—¿Sabe? Creo que será mejor que vuelva en otro momento…
—Eso, márchese, pero no vuelva, hágale ese favor.
—Será cretina —dijo Finn mientras salía por la puerta y pegaba un portazo.
—¡Que te he escuchado! —gritó Lexa dirigiéndose a la puerta, iba a abrir para darle
otro grito cuando se encontró a Clarke en medio de la escalera con los ojos llorosos y una mochila junto al cuerpo.
—¿Por qué has hecho eso? —le reprendió.
Lexa puso su espalda recta, sorprendida porque ella elevase tanto su tono.
—¿Cómo que por qué? Creo que es obvio, ¿no? Ese hombre te hizo daño…
—Pero tú no tienes porqué inmiscuirte —Le gritó. Luego apretó los labios mientras
bajaba las escaleras, apretando la mochila contra su pecho—. Lo siento —susurró—. Es
solo… solo que necesitaba darle esta ropa y olvidarme al fin. ¿Sabes lo duro que es abrir los cajones y ver…?
Se quedó callada cuando Lexa le arrebató la mochila de sus brazos y abrió la puerta.
Ni siquiera esperó a que ella le llamase la atención. Salió directamente con paso acelerado
hacia el jardín, atravesándolo con grandes zancadas.
—Lexa —gritó Clarke asomándose a la puerta.
—Eh, tú —gritó hacia Finn, que ya se subía al coche, aunque al momento giró su rostro hacia ella, asustado—. Te olvidas de algo —dijo con voz grave.
—Dile a Clarke que puede quedársela, no la quiero —gruñó mientras se metía en el coche y daba un portazo.
—Ni hablar —dijo Lexa. Fue directamente hacia la puerta trasera del vehículo, la abrió ante la mirada asustada de Finn y arrojó la bolsa en el asiento trasero, sin
contemplaciones—. Ya puedes irte. Y haznos un favor… no vuelvas a aparecer nunca por aquí.
Finn ni siquiera contestó, le aguantó la mirada hasta que Lexa cerró la puerta con un portazo y Finn se alejó a gran velocidad.
Clarke observaba todo desde la puerta, acompañada de Pluto, que se había sentado a
su lado y observaba la escena, confundido. Con todo, a la que Lexa se acercó Pluto comenzó a agitar frenéticamente su cola.
—Problema resuelto —sonrió con ironía hacia ella, que permanecía totalmente seria.
Pensaba que de aquella forma la había ayudado, pero ella más que estar agradecida se mostraba enfadada.
—Maldita seas —susurró antes de cerrarle de un portazo la puerta en sus narices.
—Ehhhh —gritó Lexa golpeando levemente la puerta—. ¿Por qué cierras? Abre, Clarke.
—Déjame. ¡No sé por qué has tenido que hacer eso! ¿Te crees que puedes ir por ahí gritando a la gente?
—¡Él se lo merece!
Ella rugió. Sí, se lo merecía, pero quería ser ella. Ella era la que quería haberle dado
cuatro gritos y decirle que jamás volviese a aparecer por ahí.
—¿Y qué? Eso es algo que me correspondía a mí —gritó.
Lexa se alejó un poco de la puerta y suspiró.
—Vale, perdona —respondió con paciencia—. Abre la puerta de una vez, por favor.
Aguantó unos segundos la respiración.
—No, ni hablar —gritó hacia la puerta—. Ahora me vas a escuchar tú a mí.
Lexa se pasó la mano por la frente y por su rostro mientras ella comenzaba a hablarle en un tono demasiado elevado.
Se alejó de la puerta y miró hacia arriba. Bien, la ventana volvía a estar abierta.
—Llevaba mucho tiempo esperando este momento —decía Clarke hacia la puerta—.
Muchísimo. Necesitaba decirle todo lo que me había hecho. Seguramente le daría igual,
¿sabes? A él solo le importaba en aquel momento probar cosas nuevas y vamos si las probó…
Lexa puso los ojos en blanco. Desde luego, cómo eran las mujeres de aquella época.
Dio un salto, se aupó hasta el pequeño tejado del portal y fue hacia la ventana.
—¡El muy cerdo! —siguió gritando. Apretó los labios cogiendo fuerzas—. Quería
decírselo, quería decirle todo lo que me había guardado durante estos últimos años, el
daño que me había hecho, por lo que había tenido que pasar… y decirle que ya no me
importaba nada, pero no… has tenido que entrometerte. Eso era algo mío, algo que me
pertenecía y que tenía unas ganas locas de hacer. ¿Pero qué pretendías comportándote así?
Lexa la observó desde lo alto de las escaleras y extendió los brazos hacia ella.
—Solo pretendía protegerte.
Clarke dio un brinco hacia atrás golpeándose contra la puerta.
—Pero… ¿qué? ¿Cómo demonios has entrado? —gritó con la mano en el corazón.
Lexa suspiró y bajó las escaleras a paso acelerado, aunque al final se frenó.
—Oye, solo intentaba protegerte. Sé que lo has pasado mal…
Ella lo observó con cierta ternura.
—Lexa, tú no puedes protegerme toda la vida, de hecho, en poco más de una semana te irás.
Ella inspiró y colocó las manos en la cintura mientras cerraba los ojos. Permaneció unos segundos así, pensativa.
—Al menos no vendrá a molestarte más —acabó diciendo— Y… —dio un paso hacia ella
—. Siento haberte robado esta oportunidad, no lo pretendía, pero… no quiero que te hagan
daño. Ella le miró fijamente y aceptó, intentando asimilar sus palabras.
—Ya, pero no puedes espantar a todos los chicos que se presenten en mi puerta
durante esta semana. ¿No te das cuenta, Lexa? Tú te marcharás y me quedaré sola —
acabó gimiendo. Lexa apretó los labios mientras la observaba fijamente—. Y no me
refiero a sola de no tener pareja… me refiero a sola de verdad…
—Tienes a Raven —pronunció no muy segura.
Ella puso los ojos en blanco y fue hacia el salón.
—Raven es una amiga, muy buena amiga, pero también hace su vida. Habrá un
momento en que ella tendrá una relación, se casará… —suspiró y se giró hacia Lexa—. No
tengo a nadie Lexa, ni siquiera tengo familia. ¿Lo comprendes?
Ella afirmó.
—Lo comprendo pero, ¿acaso querías volver con él? —preguntó sorprendida.
—No.
—¿Entonces por qué dices eso?
Ella se removió inquieta y se sentó en la silla del comedor. Suspiró y finalmente se
dejó caer sobre la mesa, como si fuese a comenzar a golpearse. Pero lejos de eso, se puso erguida mientras se mordía el labio.
—Es que…
—¿Qué? —preguntó acercándose a ella.
Le miró de reojo y suspiró.
—Nada —acabó diciendo. Se puso en pie de nuevo, cogiendo fuerzas—. Nunca tengo suerte. Nunca —acabó diciendo—. Es solo eso. —Se cruzó de brazos.
Lexa la miró con ternura, sabía a lo que se refería. No había tenido suerte en el
amor, y aunque no lo dijese sabía a lo que se refería. Ella sentía lo mismo. No había tenido
suerte hasta ahora, hasta que la había encontrado a ella, pero la perdería, para siempre.
Notó como un dolor se iba apoderando de su pecho al ser consciente de ello. La
dejaría sola, a ella, a Clarke. Ella solo quería que la quisieran, que la amasen… Ella podría
hacerlo si se quedase, se quedaría toda la vida junto a ella, pero aquello ya no dependía de ninguna de las dos.
Se acercó a ella y la abrazó. Sabía que debía ser duro. Tal y como ella había dicho ella tenía a su familia, pero ella no.
Se separó lentamente y la besó en los labios, le hizo una caricia en la nariz y le sonrió.
—Lo siento —susurró mientras acariciaba su cabello. Ella aceptó y sonrió—. Venga, vamos a cenar.
Lexa miró fijamente el teléfono. Sabía que Clarke había hablado por ahí con Raven,
pero por más que imitaba su gesto colocándolo en su oído y repetía el nombre de Raven no
lo conseguía. Ya había hablado una vez con ella, pero era ella la que había llamado. ¿Cómo narices se usaba eso?
Había pasado toda la noche abrazado a ella. Ahora lo sabía, lo tenía claro. No quería
dejarla. Aquella bruja le había ofrecido una nueva vida, y vamos que si se la había dado. El
tenerla entre sus brazos toda la noche no había hecho más que confirmar lo que venía
sospechando desde hacía un par de semanas. Se había enamorado de ella. La quería, y
pensar en dejarla sola no tenía cabida dentro de su mente. Necesitaba quedarse a su lado.
Ya no le importaba el pasado, aunque sí le importaba su familia, pero… ella, ella se había
instalado en su corazón de una forma tan profunda que dudaba que pudiese sacarla
alguna vez en su vida. No podría sobrevivir sin tenerla a su lado.
Cuando se había ido aquella mañana a trabajar no había tardado más de un minuto en
saltar de la cama. Debía poner solución a esa situación.
Volvió a observar el teléfono, las teclas con los números y gruñó. ¿Cómo narices se usaba eso?
Cogió un libro que había al lado y lo observó. En ese momento se dio cuenta, había muchos nombres con números al lado.
Encontró el nombre de Raven con los números. ¿Podía ser que eso funcionase así?
Se encogió de hombros y comenzó a marcar los números que aparecían al lado del
nombre de Raven, al momento unos tonos sonaron al otro lado del teléfono. ¿Eso era normal?
—Holaaaaa. ¿Qué pasa guarrilla? —reconoció la voz de Raven al otro lado de la línea.
Se quedó unos segundos aturdida, mirando el auricular.
—¿Raven? —preguntó sorprendida.
Ahora fue Raven la que se quedó callada.
—¿Lexa?
—Sí, ¿eres Raven? —volvió a preguntar nerviosa.
—Sí, claro… Oye, ¿estás llamando por teléfono tú sola?
—Sí —dijo mientras dejaba el libro sobre la mesa—. No es difícil.
—Qué espabilada… —pronunció sorprendida—. ¿Le ha pasado algo a Clarke?
—No —dijo pasándose la mano por el cabello, despeinándose—. No sabe que te estoy llamado —suspiró—. Pero… ¿por qué le llamas así?
—Ammm… mmmm… son bromas entre nosotras.
—¿Bromas? ¿La insultas y…?
—No es un insulto, Lexa. Son cosas divertidas que se dicen cuando tienes confianza con una persona —explicó con una sonrisa.
Lexa dudó, la verdad es que no comprendía ese lenguaje, pero prefirió cambiar de tema, tenía cosas más importantes en mente.
—Necesito que me hagas un favor.
A Raven le pilló desprevenida.
—Claro —respondió lentamente—. ¿Qué necesitas?
—¿Puedes venir a buscarme?
—¿A dónde quieres ir? —preguntó rápidamente.
Lexa suspiró.
—Necesito que me lleves a hablar con la bruja.
Raven se quedó unos segundos callada.
—¿Con la bruja? ¿La pitonisa?
—Sí.
—¿Para qué?
Lexa rugió. ¿Por qué no obedecían sin más?
—¿Puedes venir o no? —preguntó irritada.
—Ahora estoy en el trabajo, acabo a las doce. Si quieres te paso a buscar a esa hora.
—Sí, por favor. Y… una cosa más. No se lo digas a Clarke.
—Vas a tener que explicarme para qué quieres ir a hablar con ella —pronunció algo tensa.
—Vale, pero luego, cuando vengas —pronunció directamente, así se aseguraba de que iría a buscarle.
—De acuerdo, pues a las doce y media estate preparada. Por cierto, debes coger la
llave de la casa para cerrar, creo que tiene una guardada en el cajón del mueble que hay…
—Sí, ya lo sé —pronunció mirando hacia el cajón.
—Perfecto, aprendes muy rápido —pronunció divertida—. ¿Y sabes colgar el teléfono?
—Espero unos segundos la contestación—. ¿Lexa? Eh… ¡Lexa! ¿Estás ahí?
De acuerdo, sabía colgar.
Tal y como Raven le había prometido, a las doce y media le estaba esperando en la puerta. Raven conducía peor que Clarke.
—Tenía entendido que si el semáforo está en ámbar te has de parar —pronunció cogiéndose fuerte al asiento del vehículo.
Raven se encogió de hombros y le dedicó una extraordinaria sonrisa.
—Ni loca pienso parar. ¿Sabes lo que tarda ese semáforo en ponerse en verde otra vez? —preguntó a la defensiva.
Lexa negó mientras seguía observando preocupado la forma de conducir de Raven,
adelantando sin cesar y cambiándose de un carril a otro.
—Bueno, ¿vas a explicarme qué es lo que quieres decirle a la pitonisa?
Lexa la miró de reojo.
—¿Por qué no vas más lenta? —preguntó de los nervios.
—Oye, que voy bien —respondió a la defensiva.
—No, no vas bien —decía extremadamente nerviosa—. ¡Haz el favor de reducir la velocidad! ¡Estoy de los nervios!
Raven suspiró y soltó un poco el acelerador.
—Ya está, ¿más tranquila?
—No.
Ella volvió a sonreír.
—Venga, cuéntame.
Lexa suspiró mientras se pasaba la mano por el cabello.
—Prefiero hablar primero con la bruja.
Raven chasqueó la lengua.
—¿Tiene algo que ver con que no quieras irte? —preguntó con cautela.
Lexa la miró de reojo y suspiró.
—Puede —susurró.
—Oh —gritó ella elevando los brazos, lo cual asustó bastante a Lexa— ¡Lo sabía! ¡Te has enamorado de ella!
—Haz el favor de coger el volante, Raven —gritó de nuevo—. ¡Y frena! ¡Está en ámbar!
Raven miró al frente y frenó haciendo que los dos se echaran hacia delante.
—Por Dios… —susurró Lexa pasándose la mano por la cara, realmente estresada—.
¿Por qué os dejarán conducir a las mujeres?
—Así que no quieres irte… —continuó Raven, realmente emocionada sin importarle la
frase que había mencionado—. ¡Quieres quedarte con ella! —Lexa resopló y estuvo a
punto de poner los ojos en blanco— ¡Qué emoción!
Ella seguía contemplándola de reojo, más atento a los vehículos que se detenían a su
lado y al semáforo que a los movimientos de los brazos de ella, que no dejaba de gesticular.
—Prométeme que no le dirás nada.
A Raven le sorprendió aquel comentario.
—¿Por qué no?
—Porque no sé si será posible. Por eso quiero hablar primero con la bruja.
Ella lo comprendió finalmente.
—Soy una tumba. —Lexa la miró alzando una ceja—. Que no diré nada —le explicó.
Ella aceptó y volvió a señalarle con un movimiento de su rostro que el semáforo se había puesto en verde.
Diez minutos después aparcaba el vehículo en la zona de carga y descarga, frente al local de la pitonisa.
Lexa bajó del vehículo, sin esperar siquiera a que Raven apagase el motor.
—Espera —gritó ella desde dentro del coche—. ¿Quieres que te acompañe?
—No, espera aquí —pronunció sin girarse, marchando directamente hacia la puerta.
Un tintineo sonó al abrirse la puerta. El olor a cera de velas, hierbas y más potingues le embriagó durante unos segundos.
Miró de un lado a otro, todo estaba tal y como lo recordaba. Al momento, el sonido de
voces lo alertó y se giró para observar como Rosilyn salía acompañada de una mujer.
Segundos después sus miradas se encontraron.
—Lexa —dijo la pitonisa sorprendida de encontrarle allí. La mujer que lo
acompañaba debía rondar los cuarenta años de edad, y pareció también bastante
impresionada al verle. Le recorrió de arriba a abajo con una mirada lasciva mientras se
dirigía a la puerta —¿Qué estás haciendo aquí?
—Necesito hablar contigo.
Rosilyn aceptó mientras acompañaba a su última clienta a la puerta.
—Recuerda —le susurró a la mujer—. Repite la frase cada día tres veces durante una semana.
—Muchas gracias —pronunció la mujer mientras salía por la puerta, justo antes de volver a devorarle con los ojos.
Cerró la puerta tras de sí y se quedó observándole unos segundos.
—¿Estás tan enfadada como el otro día?
Lexa miró de soslayo, nerviosa.
—Necesito su ayuda —pronunció finalmente.
Ella le miró dudosa y se acercó hacia ella, colocándose detrás del mostrador.
—Está bien, dime —pronunció la mujer con una sonrisa.
Lexa se tomó unos segundos para comenzar a hablar.
—Quiero quedarme aquí —dijo directamente—. No quiero volver a mi época. ¿Cómo lo hago?
La pitonisa le miró fijamente y luego la ternura se fue apoderando de su mirada.
—Los espíritus del amor nunca se equivocan, ¿verdad? —pronunció con una sonrisa
tierna. Aquel comentario hizo que Lexa apretase los labios. La pitonisa suspiró y chasqueó la lengua—. Yo no puedo hacer nada, Lexa.
—¿Cómo que no puede hacer nada?
—Tú no perteneces a esta época, no puedo parar esto.
—Pero habrá alguna forma, ¿no?
Ella suspiró y le miró con tristeza.
—Yo no conozco ninguna. El conjuro genera una energía que poco a poco va desapareciendo.
—De acuerdo —dijo rápidamente—. Y… ¿no hay ninguna forma de hacer que esa energía no se marche?
—Eso escapa a mi comprensión.
—Pero usted me trajo aquí, usted lo hizo. ¿Por qué no puede hacer que me quede?
Usted es una bruja —acabó pronunciando con una clara súplica en la voz.
Ella le observó fijamente y se mordió el labio.
—Yo no te traje aquí, Lexa. No lo hice yo. Lo hicieron los espíritus. Ella hizo una llamada, tú respondiste. Lo único que hicieron los espíritus fue juntar las líneas temporales.
—¿Y no puede dejarlas unidas?
—Yo no dispongo de tanto poder.
—¿Usted habla con ellos? ¿Con los espíritus?—Ella se removió incómoda—. ¿No puede decirles que me dejen aquí?
—Ojalá pudiese, Lexa. De verdad, ojalá pudiese…
Ella volvió a removerse nerviosa por la tienda.
—No lo entiendo —comentó con sufrimiento—. De verdad que no lo entiendo. ¿Qué
sentido tiene traerme hasta aquí si no puedo quedarme? —La pitonisa siguió observándole
sin responder—. Haga algo, por favor, al menos inténtelo.
Ella suspiró y salió de detrás del mostrador, cogió la mano de Lexa con delicadeza y la acarició.
—Lo siento muchísimo, Lexa, pero yo no puedo hacer nada. Ojalá pudiese, pero esto
escapa a todo cuanto sé.
Lexa apartó la mano de ella como si le quemase, intentando controlar la ira que iba creciendo en su interior.
—No es justo —acabó diciendo.
—Las dos necesitabais saber lo que era el amor, tener una esperanza. Es mejor haberlo conocido al menos.
—¿Mejor? Es una crueldad —acabó diciendo—. Es lo más horrible que he visto hacer a
nadie. ¿Y de verdad son los espíritus del amor? Por mí, sus espíritus pueden irse con el mismísimo diablo.
La pitonisa apretó los labios y suspiró. Pero su mirada voló hacia atrás. Raven les observaba desde la puerta.
Lexa la miró fijamente y agachó su rostro mientras apretaba los puños.
—Vámonos Raven, aquí ya no tengo nada más que hacer —pronunció acercándose a ella.
Pero Raven pasó a su lado, sin siquiera mirarle, con una mirada triste posada sobre la pitonisa.
—Escuche —suplicó—. Sé que como bien dice esto escapa a su comprensión, lo único
que le pido es que les ayude —pronunció con voz tierna. Sacó su cartera y le entregó su
tarjeta—. Si se le ocurre algo, si recibe algún mensaje de esos espíritus, lo que sea para que
ellas puedan estar juntas por favor, llámeme.
La pitonisa suspiró y cogió la tarjeta lentamente, con cierta tristeza en su mirada.
—Lo haré.
—Gracias —pronunció Raven. Se giró y cogió a Lexa por el brazo para llevarle hacia la
puerta. Parecía que estaba afectada por todo aquello.
—Lexa —dijo la pitonisa llamando su atención, pero Lexa ni siquiera se giró—.
Quizá ahora no tenga sentido, pero en un futuro lo tendrá.
Lexa puso su espalda recta, aunque ni siquiera se giró para observarla. Lo único que
necesitaba era alejarse de aquella mujer, de todo aquel jaleo, y maldecir durante el resto
de su vida a aquellos espíritus que le habían hecho conocer el amor, y luego se lo habían
arrebatado. No tenía ganas de seguir hablando con aquella mujer, lo único que quería era
poner distancia entre ellas.
La pitonisa le observó. Realmente los espíritus del amor habían acertado. Habían
unido a dos almas gemelas, a dos personas que se amarían eternamente tanto si podían
estar juntas como si se separaban. Jamás podrían olvidarse, pero como bien sabía, aquel
conjuro tenía una cuenta atrás, y cuando llegase el momento Lexa los abandonaría para siempre.
Raven subió al vehículo sin pronunciar nada, observando a Lexa, la cual se movía de
forma tensa. Prefirió no decir nada al respecto. Condujo en silencio hasta la casa de Clarke,
observando de reojo como tensaba su mandíbula.
Cuando detuvo el vehículo frente a la casa de ella se giró para observarle.
—Lo siento, Lexa —susurró.
Ella aceptó sin mirarla, observando la casa de Clarke.
—Gracias por llevarme, Raven —pronunció antes de bajar del vehículo.

Ojos verdes. (Clexa)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora